Nadar con la corriente

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Cuando alguien me dice que va a Ruidera en verano, le contesto: “Es la peor época”. Insufrible, caótico, desesperante, horrendo, masificado, descontrolado… Este tranquilo edén (Parque Natural, que a muchos se les olvida) ha enamorado a artistas durante siglos, pero no es ni su propia sombra en el estío. Y cada año es igual: el viajero llega cansado de la carretera deseando bajarse del coche, pero como no puede aparcar en el mar de bólidos estacionados en una explanada que antaño fue un bosque, se arrima lo más posible a un manantial. Luego llega otro que quiere asomarse al acantilado, pero no puede porque (tras años y años de pisoteos) se han instalado barreras de maderas para proteger una zona especialmente frágil que hay que preservar. Así que no sólo decide saltar la valla, sino echarla abajo y destruir los carteles que prohíben el acceso para que todo el mundo pueda también pisotear, destruir y acabar con la zona protegida. Llega un dominguero, aparta un pato, se sube a una barca con forma de cisne y se siente súper amigo de los animales. A otro le molesta el sol, así que decide clavar una especie de carpa plegable en plena cascada. Más abajo, al lado de un arroyo, alguien tiende una tienda de campaña, ignorando (o no) que está completamente prohibido. En la desembocadura del arroyo, niños, mayores y jóvenes disfrutan de su ruidoso baño entre tumbonas, barcas de plástico, cubos y palas de juguete (muchos de estos objetos acabarán flotando en el agua); alguien enciende un aparato de música y lo pone a todo volumen para intentar acallar el insoportable sonido de las cigarras y los somormujos. Todos ellos volverán a casa y escribirán en sus redes sociales que son súper amantes de la Naturaleza. Como los turistas así lo piden, el empresario de turno ha instalado mesas y sillas de cemento en plena ribera, tras arrasar los juntos y carrizos (y cobrando el baño a 4 euros en un río público sin que lo sepan los incautos turistas…). Otro ha asfaltado en plena madrugada para que no le descubran. Más arriba, una coqueta playa ha desaparecido y ahora es una piscina (literalmente) de cemento, con escaleras de hierro y aparcamiento de asfalto. A poco que sube el nivel del agua, y varios establecimientos quedan literalmente dentro de las lagunas, porque edificaron sin permisos en zonas públicas. Y así, un año tras otro, desde hace décadas, ente todos, han ido haciendo un poco menos natural este parque, con la importante ayuda del turismo, que nunca pidió calidad ni conservación, limpieza ni control, que sólo quiso ir a un Parque Natural como si fuera a una playa masificada. Un Parque que cada año reconozco menos gracias a la desidia de la administración. Y es que existe una auténtica red de extorsiones e intereses empresariales para que nada cambie, y para que nadie se atreva a alzar la voz. Y si la levantas, te matan al perro, te atropellan o te pintan la casa con insultos. Y uno sólo puede pensar para dentro: “Valientes hijos de puta.” 

Y luego está el otro bando, el “bando blando”, el “déjalo, da igual”, el que te llama aguafiestas cuando te cabreas ante tantas tropelías (“con lo rica que está el agua”), al que le parece muy bonita una maldita barca con forma de cisne en pleno lago natural (“tampoco es para tanto”), el que cree que todo esto es bueno para la economía (“cuantos más coches, mejor”). Me pregunto por qué todas (todas, a la vez) estas tropelías sólo se consienten en este lugar y no en otros, como las Tablas de Daimiel, Ordesa y Monte Perdido, Islas Cíes, Lagos de Covadonga, Aigüestortes, Lago de Sanabria… Me pregunto por qué nos indignamos cuando maltratan mínimamente cualquier lugar verde del mundo, pero consentimos toda fechoría en las Lagunas de Ruidera. Me pregunto por qué está bien defender cualquier espacio verde… excepto éste. Me pregunto por qué cuando uno lo hace resulta que es un radical, un exagerado o un hipócrita. Quizá porque cuando aprieta el calor en la meseta nos gusta tener un lugar que menospreciamos al que acudir para que no nos toquen nuestros lugares preferidos. Porque se nos ha inculcado desde pequeños que esto es una parque acuático, no un Parque Natural. Es más fácil y refrescante callarse, ponerse el bañador y nadar… con la corriente. 

Sí al turismo. Al turismo sostenible. Es bien distinto.

Cascada y zona inundable invadida

Cascada y zona inundable invadida

Antaño era una ribera natural

Antaño era una ribera natural

Aparcamiento desorganizado en una zona protegida

Aparcamiento desorganizado en una zona protegida

Chiringuito en suelo público con inundación de coches

Chiringuito en suelo público con inundación de coches

Antaño esto era una ribera de masiegas y carrizos

Antaño esto era una ribera de juncos y carrizos

Manantial invadido por coches

Manantial invadido por coches

Esto era un bosque de sabinas y carrascas

Esto era un bosque de sabinas y carrascas

Esta es una frágil cascada tobácea, única en España

Esta es una frágil cascada tobácea, única en España

Cartel destruido: "Zona protegida. No pasar". Al fondo, la zona protegida. El blanco suelo se debe a la erosión de años de pisoteo.

Cartel destruido: “Zona protegida. No pasar”. Al fondo, la zona protegida. El blanco suelo se debe a la erosión de años de pisoteo.

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