Paseo expiatorio

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Se apagó el cielo y se encendieron las farolas. Como el rayo mortal que golpea un infortunado árbol, el escalofrío le recorrió de norte a sur, de la azotea a los cimientos de un cuerpo vapuleado por la cruel soledad de quien dice siempre la incómoda verdad. Se sentía tan abandonado y amargado como la luz mortecina que inundaba los centenarios arcos de la iglesia dormida que atravesaba de madrugada y de puntillas. “Yo, que siempre fui sincero”, se repetía una y otra vez. “Yo, que siempre dije la verdad”. Un gato, a lo lejos, arañó sus oídos con un desagradable grito parecido al llanto de un bebé recién nacido. La tapa de un cubo de basura se estrelló contra el suelo, causando un gran estruendo que le sacó de sus sombríos pensamientos. Se detuvo, alzó la vista y fijó sus pupilas en la bombilla del gran farol que pendía sobre su cabeza, mecido levemente por una brisa fresca y agradable. Mantuvo la mirada en el resplandor blanco hasta que le quemó la vista. Cuando bajó la cabeza y vio aquella mancha blanca deshacerse con el paso del tiempo, comprendió que la verdad no es la verdad, sino una verdad. Que hay muchas verdades, muchas sinceridades. Tantas como personas. Y asumió también que no se puede ser sincero para con los demás sin serlo nunca consigo mismo, sin dejar jamás que los demás también le critiquen a uno. Sin comprender, en definitiva, que la sinceridad a veces es manipulación, inconcreción, opinión o simple crueldad. Y que la verdadera sinceridad pasa por escuchar al damnificado para ayudarle, no para hundirle, mofarse irónicamente o creerse mejor.

Y de repente empezó a amanecer y todo se llenó de gente.

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