Archivo para julio, 2013

El bufón

HEC_0018 (Copy)“Aquí estoy otra vez vestido de bufón, buscando una mentira que me haga sonreír, que se lleve el dolor, y vuelva la poesía aquí. Aquí estoy otra vez vestido de payaso buscando un artificio que oculte mi fracaso. Aquí estoy otra vez. Me vestí de bufón sólo para intentar disfrazar con mis atuendos a las lágrimas que se me quedan dentro. Me vestí de bufón sólo para llamar la atención con mi silencio porque nadie me escuchó gritar por dentro. Por qué quiero llevar la cabeza tan alta, a quién quiero engañar. Si no puedo escuchar a nadie sin mirar mi soledad.”

El bufón, La sonrisa de Julia

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El teatro vuelve a las corralas


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Las sensaciones se mezclan: el calor sofocante de una noche de verano, el deseo de dar rienda suelta a una afición (la fotografía) que exige concentración, la admiración hacia un amigo que ha llevado a buen puerto (entradas agotadas) un proyecto cultural único… Y esa impresión en el cuerpo de estar viendo algo que disfrutaron mis padres y abuelos, hace muchos años, y que con el paso del tiempo habíamos perdido: teatro en las históricas y centenarias corralas del Real Sitio y Villa de Aranjuez. Mientras busco una ubicación para poder fotografiar sin molestar ni a actores ni a público me percato de que nada es convencional: ni la adaptación en sí (Fuenteovejuna, ensayo desde la violencia, de la compañía Alma Viva) ni su escenario ni su público. Y todo lo hace más mágico si cabe: no hay escenario propiamente dicho; el escenario lo es la propia corrala en sí. Y el público es el pueblo, es Fuenteovejuna, forma parte del acto. Todos estamos dentro del teatro; somos teatro. Los actores, jóvenes, muy jóvenes, entregados en alma viva, enérgicos, vitales, brillantes. La organización, perfecta, acogedora, íntima, cariñosa, familiar. Los vecinos, baluartes de esta pequeña joya, de una iniciativa que debería cuajar en tiempo y espacio. Comienzan los diálogos y la cámara también se mueve, buscando luces y sombras, ángulos y tomas. Pero pronto la fuerza de los actores me atrapa. Y me dejo apresar por el teatro. Casi no me doy cuenta de que llega el inesperado final (en todos los sentidos) y compruebo que apenas he disparado. Quería disfrutar de la obra plenamente, y buscar encuadres me distrae. Tampoco me he dado cuenta de que he pasado toda la obra en pie y no estoy cansado. Aun así, alguna toma humilde quedó impresa en nuestra retina de cristal como testigo de una noche en la que, una vez más, comprobamos que los sueños pueden hacerse realidad. Con ilusión, siempre con ilusión y pasión.

Enhorabuena.

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Palabras ajenas: ignorancia

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“El instante que le niegan a escuchar y aprender es el mismo que jamás podría yo perder con él. Ya no contesto, no tengo ganas de explicar que uno se calla cuando se ignora la verdad.”

“Un día y otro”, de Antonio Vega Tallés.
Ilustraciones: Antonio Vega Tallés.
Fotografía de la composición: “La Retina”.


Nadar con la corriente

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Cuando alguien me dice que va a Ruidera en verano, le contesto: “Es la peor época”. Insufrible, caótico, desesperante, horrendo, masificado, descontrolado… Este tranquilo edén (Parque Natural, que a muchos se les olvida) ha enamorado a artistas durante siglos, pero no es ni su propia sombra en el estío. Y cada año es igual: el viajero llega cansado de la carretera deseando bajarse del coche, pero como no puede aparcar en el mar de bólidos estacionados en una explanada que antaño fue un bosque, se arrima lo más posible a un manantial. Luego llega otro que quiere asomarse al acantilado, pero no puede porque (tras años y años de pisoteos) se han instalado barreras de maderas para proteger una zona especialmente frágil que hay que preservar. Así que no sólo decide saltar la valla, sino echarla abajo y destruir los carteles que prohíben el acceso para que todo el mundo pueda también pisotear, destruir y acabar con la zona protegida. Llega un dominguero, aparta un pato, se sube a una barca con forma de cisne y se siente súper amigo de los animales. A otro le molesta el sol, así que decide clavar una especie de carpa plegable en plena cascada. Más abajo, al lado de un arroyo, alguien tiende una tienda de campaña, ignorando (o no) que está completamente prohibido. En la desembocadura del arroyo, niños, mayores y jóvenes disfrutan de su ruidoso baño entre tumbonas, barcas de plástico, cubos y palas de juguete (muchos de estos objetos acabarán flotando en el agua); alguien enciende un aparato de música y lo pone a todo volumen para intentar acallar el insoportable sonido de las cigarras y los somormujos. Todos ellos volverán a casa y escribirán en sus redes sociales que son súper amantes de la Naturaleza. Como los turistas así lo piden, el empresario de turno ha instalado mesas y sillas de cemento en plena ribera, tras arrasar los juntos y carrizos (y cobrando el baño a 4 euros en un río público sin que lo sepan los incautos turistas…). Otro ha asfaltado en plena madrugada para que no le descubran. Más arriba, una coqueta playa ha desaparecido y ahora es una piscina (literalmente) de cemento, con escaleras de hierro y aparcamiento de asfalto. A poco que sube el nivel del agua, y varios establecimientos quedan literalmente dentro de las lagunas, porque edificaron sin permisos en zonas públicas. Y así, un año tras otro, desde hace décadas, ente todos, han ido haciendo un poco menos natural este parque, con la importante ayuda del turismo, que nunca pidió calidad ni conservación, limpieza ni control, que sólo quiso ir a un Parque Natural como si fuera a una playa masificada. Un Parque que cada año reconozco menos gracias a la desidia de la administración. Y es que existe una auténtica red de extorsiones e intereses empresariales para que nada cambie, y para que nadie se atreva a alzar la voz. Y si la levantas, te matan al perro, te atropellan o te pintan la casa con insultos. Y uno sólo puede pensar para dentro: “Valientes hijos de puta.” 

Y luego está el otro bando, el “bando blando”, el “déjalo, da igual”, el que te llama aguafiestas cuando te cabreas ante tantas tropelías (“con lo rica que está el agua”), al que le parece muy bonita una maldita barca con forma de cisne en pleno lago natural (“tampoco es para tanto”), el que cree que todo esto es bueno para la economía (“cuantos más coches, mejor”). Me pregunto por qué todas (todas, a la vez) estas tropelías sólo se consienten en este lugar y no en otros, como las Tablas de Daimiel, Ordesa y Monte Perdido, Islas Cíes, Lagos de Covadonga, Aigüestortes, Lago de Sanabria… Me pregunto por qué nos indignamos cuando maltratan mínimamente cualquier lugar verde del mundo, pero consentimos toda fechoría en las Lagunas de Ruidera. Me pregunto por qué está bien defender cualquier espacio verde… excepto éste. Me pregunto por qué cuando uno lo hace resulta que es un radical, un exagerado o un hipócrita. Quizá porque cuando aprieta el calor en la meseta nos gusta tener un lugar que menospreciamos al que acudir para que no nos toquen nuestros lugares preferidos. Porque se nos ha inculcado desde pequeños que esto es una parque acuático, no un Parque Natural. Es más fácil y refrescante callarse, ponerse el bañador y nadar… con la corriente. 

Sí al turismo. Al turismo sostenible. Es bien distinto.

Cascada y zona inundable invadida

Cascada y zona inundable invadida

Antaño era una ribera natural

Antaño era una ribera natural

Aparcamiento desorganizado en una zona protegida

Aparcamiento desorganizado en una zona protegida

Chiringuito en suelo público con inundación de coches

Chiringuito en suelo público con inundación de coches

Antaño esto era una ribera de masiegas y carrizos

Antaño esto era una ribera de juncos y carrizos

Manantial invadido por coches

Manantial invadido por coches

Esto era un bosque de sabinas y carrascas

Esto era un bosque de sabinas y carrascas

Esta es una frágil cascada tobácea, única en España

Esta es una frágil cascada tobácea, única en España

Cartel destruido: "Zona protegida. No pasar". Al fondo, la zona protegida. El blanco suelo se debe a la erosión de años de pisoteo.

Cartel destruido: “Zona protegida. No pasar”. Al fondo, la zona protegida. El blanco suelo se debe a la erosión de años de pisoteo.


Paseo expiatorio

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Se apagó el cielo y se encendieron las farolas. Como el rayo mortal que golpea un infortunado árbol, el escalofrío le recorrió de norte a sur, de la azotea a los cimientos de un cuerpo vapuleado por la cruel soledad de quien dice siempre la incómoda verdad. Se sentía tan abandonado y amargado como la luz mortecina que inundaba los centenarios arcos de la iglesia dormida que atravesaba de madrugada y de puntillas. “Yo, que siempre fui sincero”, se repetía una y otra vez. “Yo, que siempre dije la verdad”. Un gato, a lo lejos, arañó sus oídos con un desagradable grito parecido al llanto de un bebé recién nacido. La tapa de un cubo de basura se estrelló contra el suelo, causando un gran estruendo que le sacó de sus sombríos pensamientos. Se detuvo, alzó la vista y fijó sus pupilas en la bombilla del gran farol que pendía sobre su cabeza, mecido levemente por una brisa fresca y agradable. Mantuvo la mirada en el resplandor blanco hasta que le quemó la vista. Cuando bajó la cabeza y vio aquella mancha blanca deshacerse con el paso del tiempo, comprendió que la verdad no es la verdad, sino una verdad. Que hay muchas verdades, muchas sinceridades. Tantas como personas. Y asumió también que no se puede ser sincero para con los demás sin serlo nunca consigo mismo, sin dejar jamás que los demás también le critiquen a uno. Sin comprender, en definitiva, que la sinceridad a veces es manipulación, inconcreción, opinión o simple crueldad. Y que la verdadera sinceridad pasa por escuchar al damnificado para ayudarle, no para hundirle, mofarse irónicamente o creerse mejor.

Y de repente empezó a amanecer y todo se llenó de gente.


Cortarse el pelo para perder peso

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En los últimos años en que la crisis nos golpea a todos con más o menos fuerza, se está asentando en nuestra sociedad la conciencia de que, puestos a salvarse, primero “los de aquí”. Literalmente. Es decir: en cuanto a ayuda humanitaria, la prioridad la tiene el español. Argumento esgrimido, defendido y puesto en práctica por políticos, sobre todo, y sus secuaces instalados en las columnas de opinión de publicaciones conservadoras o reaccionarias. Lo triste es que es una posición que está adoptando peligrosamente un cierto bando de la población de a pie tradicionalmente sensibilizada con las buenas causas, y ahora intoxicada por intereses de terceros. El resultado: hoy está mal visto ser solidario. Los reaccionarios nos llaman “buenistas” por no llamarse a sí mismos racistas, xenófobos o fascistas. Siempre es más fácil ridiculizar “al otro” que mirar la negrura de nuestra alma para seguir durmiendo con la conciencia tranquila.
“Lo primero que aparece en mi sueño”, asegura José María Vera, director general de Intermón Oxfam en España, “es que rompamos la confrontación en la que algunos líderes políticos y de opinión nos quieren colocar: ahora toca a los de aquí.” Para José María, el asunto está claro: “Quieren enfrentar a pobres contra pobres”. Es una táctica envenenada de retórica que posibilita que, mientras nosotros (víctimas de la crisis que ellos han fabricado) nos peleamos, ellos siguen haciendo sus políticas de recortes, desmantelando del Estado del Bienestar, acabando con la conciencia solidaria asentada en nuestra sociedad desde hace décadas… para seguir siendo unos pocos los ricos, los que se comen el pastel mientras nos tiran las migajas, por las que nos pelearemos como hermanos alentados por sus propios padres.
Los políticos del siglo XXI han conseguido, excusándose en esta maldita crisis estafa, derrumbar conceptos antaño inamovibles. Y encima atacan a los solidarios acusándoles de “buenismos”; es decir: dan la vuelta a la tortilla para no reconocer que son ellos, en definitiva, las defecaciones humanas que abochornan a nuestra sociedad, para poder dormir tranquilos con sus ideas inhumanas, insolidarias y egoístas. Eso sí que es una crisis: una crisis ética y cultural, que nos distancia y nos pone más trabas para progresar como pueblo multicultural y evolucionado, es decir: civilizado. 
No es nueva la creencia de que primero hay que arreglar la casa propia para luego ayudar al vecino. En realidad se ha esgrimido dicha política insolidaria desde hace décadas. ¿Por qué? Porque todos sabemos perfectamente que una mancha de humedad siempre habrá en esta casa, porque es imposible arreglar completamente un hogar tan grande. Eso les permite a los egoístas justificar su egoísmo eternamente. ¿Dónde nos han llevado después de tantos años? Somos seis millones de parados. No es culpa del inmigrante que huye porque la alternativa era morir de hambre o de las guerras. Es culpa de los de aquí: Bárcenas, Caso GIL (1.000 millones de euros públicos), Nueva Rumasa, Caso Zamora, Caso Malaya, Caso Gürtel (160 millones), Caso Petroria (44 millones), Caso Nóos… Todos españoles, y bien españoles. Ellos son el problema. Sumen todo el dinero estafado a las arcas públicas y verán que la enfermedad no viene de fuera, sino que está enquistada en aquellos que se consideran muy patriotas, que quieren defender “lo nuestro” frente al extranjero y luego nos dan lecciones morales. Valientes hipócritas.
En dos años, el Gobierno español ha recortado un 70% la ayuda oficial al desarrollo. Somos el país que más ha recortado esta partida, según Intermón Oxfam. Afortunadamente, los datos dicen que España (sus habitantes) no es menos solidaria: pese a los continuos mensajes xenófobos y racistas de los dirigentes, nuestro pueblo sigue estando concienciado: los Bancos de Alimentos han visto incrementados los donativos un 20% cada año. Cando se producen crisis de hambruna concretas, como recientemente en Etiopía, Kenia y Somalia, el pueblo se vuelca: Intermón Oxfam batió su récord de recaudación al conseguir seis millones de euros en 2011. Y cada vez más gente da la espalda a la banca tradicional y prefiere meter sus ahorros en la banca ética, que creció un 35% en la primera mitad de 2012.
El gobierno español justificó el recorte de partida presupuestaria a la ayuda a los países pobres asegurando que, o hacía eso, o recortaba las ayudas a servicios sociales en España. “¿Es la solidaridad un lujo que sólo podemos permitirnos cuando sobra el dinero?”, se pregunta Anna Argemí, periodista de la ONG Intermón Oxfam. “¿O es una obligación ética de la que deberían beneficiarse tanto los pobres de aquí como los que viven en los países en desarrollo?” España fue un país en vías de desarrollo hasta hace bien poco. A principios de los años 80 recibíamos ayuda internacional y teníamos un PIB por habitante inferior al de Argentina o Venezuela. Pero eso se nos ha olvidado. O hacemos que se nos ha olvidado. Hemos sido receptores de ayuda oficial extranjera como país en vías de desarrollo y ahora nos negamos hacer lo propio con quienes nos necesitan. “El problema”, asegura la Federación Catanala de ONG para la Paz, “es que la clase política piense que hace falta sacrificar la cooperación para encontrar una salida a nuestros males.” Otra falacia: lo que España destina a ayuda humanitaria a otros países sería insuficiente si se destinase a solucionar los problemas internos, pero resulta fundamental para evitar las muertes de miles de personas fuera de nuestras fronteras. Jeremy Hobbs, director general de Oxfam Internacional, pone un ejemplo muy gráfico: recortar el presupuesto destinado a ayuda humanitaria y destinarlo a solucionar la crisis interna es “como cortarse el pelo para perder peso”.


Flores (y 3)

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