40 años de un mito

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En los años 60 un adolescente tímido aprendió a tocar la guitarra al ser incapaz de comunicarse con palabras. Cuando su madre dio a luz a un niño con síndrome de Down que acabó falleciendo y ella cayó en una profunda depresión, el joven sólo quería encerrarse en su habitación con su guitarra. El divorcio de sus progenitores agravó sus ataques de pánico, y las drogas terminaron por atormentarlo del todo. Un día se puso un vinilo de su hermana. Ante sus ojos estupefactos, aquel joven parecía que hubiera descubierto el Santo Grial: aquellas melodías, esas suites elaboradas y magistrales, esas piezas instrumentales maravillosas iban más allá del rock y el pop que todo el mundo hacía. Siempre que volvía a casa de sus padres para recuperarse de una sobredosis o un ataque de pánico, sólo esos discos le hacían recuperar el equilibrio. Un día se fijó en una portada y aquel nombre le acompañaría para siempre como fuente de inspiración: Johann Sebastian Bach.
A principios de los años 70, ese mismo adolescente había compuesto una obra clásica con instrumentos modernos que le servía de medicina cuando perdía el control. Había ensayado hasta dominar los más variados instrumentos musicales. Sin ordenadores, tuvo que ingeniárselas para bloquear el cabezal de borrado de su vetusta grabadora con un cartón de tabaco para poder interponer varios instrumentos. Con todos interpretó, grabó y produjo una maqueta que no se parecía a nada. Así que nadie quiso publicarla. Sólo un joven emprendedor apostó por él y creó su propia discográfica en la que le daría una oportunidad. Pero también tenía sus dudas, e intentó que incluyera baterías, estribillos, letras y canciones pop para hacerlo comercial; el adolescente se negó. Y tenía razón: el mundo adoró esa obra tan extraña y genuina, aunque estuviera hecha a toda prisa y contuviera tantos fallos técnicos que el joven tardaría 25 años en volver a grabarla a su gusto. En la portada y sobre el fondo azul del cielo, la magnífica obra de un artista fotográfico (Trevor Key): una campana doblada, imitando el ruinoso estado en el que acabó el instrumento de percusión que el joven había tocado con una maza de hierro. Un triángulo metálico convertido en un símbolo: el símbolo de quien va más allá de los parámetros ortodoxos, de quien se atreve a romper moldes digan lo que digan, de quien experimenta y aprende durante toda la vida sin complejos. El símbolo de un genio, de un Maestro, de un Músico con mayúscula.

El joven es Mike Oldfield.
El disco, Tubular Bells.
La fecha, 25 de mayo de 1973.

Su madre no pudo ver nada de todo esto: murió en un hospital víctima de su propia tristeza.

Primera actuación de Mike Oldfield en solitario (Extracto de Tubular Bells, 1974).

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