Vivian Maier

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Desayuno esta mañana primaveral con mi tradicional periódico dominical. Ya no interesan las noticias en la prensa, sino los reportajes. Y en uno de ellos me topo por primera vez con “ella”. Creo que jamás olvidaré lo que sentí al leer el reportaje de Elsa Fernández Santos en El País sobre Vivian Maier: una mezcla de sorpresa y fascinación por su obra, pero más todavía por su historia. La niñera que escondía un tesoro no es la que aparece en la fotografía del periódico que reposa en la mesa de mi casa. La niñera que escondía un tesoro está detrás de la cámara; es la fotógrafa. En realidad su tesoro lo estamos viendo en forma de imágenes. Un tesoro oculto durante décadas hasta que murió.
La vida de Vivian Maier era anónima: hija de padres franceses, cuidaba niños en Nueva York desde la mitad del siglo pasado hasta su vejez. Dicen que no se relacionaba con casi nadie, sólo entablaba amistad con los pequeños a los que cuidada, de ahí que la llamaran la Mary Poppins de la fotografía. Sí, de la fotografía, porque dejó casi cien mil negativos a cual más maravilloso. Y sin decírselo a nadie. Lo más sorprendente (quizá) es que su historia era desconocida hasta hace bien poco.
Todo empezó en 2007. Un joven había comprado en una modesta subasta en Chicago por 300 euros un archivo de negativos para realizar un libro sobre su barrio. Quien le vendió el maletín no sabía qué contenía, sólo que había estado dormido durante décadas en su guardamuebles. El joven desechó el contenido y publicó el libro. Dos años más tarde, ya sin las prisas de la publicación del libro, recuperó el maletín para echarle un vistazo. Al no tener ni idea de fotografía ignoró en un primer momento el valor que pudiera tener. Pero cuando vio las imágenes con más detenimiento, quedó fascinado. Así que abrió un blog en el que publicaba las imágenes que poco a poco iba revelando. Las visitas crecieron sin parar. Todos quedaron fascinados con las fotografías, así que el joven buscó en Internet el nombre que había encontrado entre los negativos: Vivian Maier. Ante su desolación, apareció su esquela; había muerto ese mismo año, sólo unos meses antes, en la más absoluta soledad y anonimato.
Vivan ya se había ido sin saber que su legado iba a causar revuelo en todo el mundo de la Fotografía. Pero quedaron sus tomas. Aquellas fotografías de los años 50 y 60 no eran de Robert Capa, ni de Cartier Bresson, ni de Doisneau… Pero eran igualmente maravillosas. Demostraban un talento y un dominio natural de la composición, los tonos, las formas… No tenía estudios, pero se sabe que estuvo en contacto Jeanne J. Bertrand, una pionera de la Fotografía surrealista. Y eso, sin duda, la inspiró para desarrollar sus dotes. En sus fotos, las escenas callejeras se suceden una tras otra, a cual más original, junto con autorretratos en los que la autora siempre aparece de “refilón”, en reflejos, semioculta, intuyéndose… Nunca claramente. Esa característica sería un calco de su propia vida: tratando de pasar desapercibida, sin llamar la atención, sin pretensiones, sólo por el puro placer de fotografiar su propio mundo. Vivian era feminista y vivía modestamente en un pequeño cuarto alquilado que cerraba con llave. La represión y opresión de la clase burguesa de entonces convirtió a Vivian en una observadora silenciosa. Eso le hizo aliarse con los pequeños a los que cuidaba; se sentía una niña grande, que no había terminado de crecer, o que deliberadamente no quería crecer y formar parte de ese mundo frívolo del adulto remilgado, siempre preocupado por ostentar y buscar su hueco en una sociedad llena de envidias y resentimientos. Tal fue la amistad que entabló con los pequeños que en los años 90 tres de ellos a los que cuidó le compraron un apartamento cuando Vivian se quedó sin techo y sin dinero. Allí pasó el resto de su vida, atendida por los niños ya mayores que ella misma había cuidado décadas atrás, que llevaron sus cuentas y su vida hasta que murió plácidamente en 2009.
Creo que como en todas las disciplinas, en muchas ocasiones, las obras de los grandes “nombres” están sobrevaloradas. No siempre, pero sí a menudo. Cuando supe de la historia de Vivian, creí que sus imágenes serían prescindibles. Pero todavía no he visto ni una pequeña parte de su obra y ya me ha cautivado. Eso me hace pensar que hay pedestales demasiado altos; pero vacíos. Y entonces aparece una mujer pobre, completamente desconocida, que fotografiaba por pura pasión, y hay que reescribir la historia. Maier no podía revelar sus propias fotografías: carecía del dinero suficiente. Así que disparaba consciente de que jamás vería su propia fotografía. Y eso me martillea la cabeza: simplemente enfocaba, componía, apretaba el botón y la imagen quedaba impresa… en su cabeza. Nunca la veía en realidad. Como su propio éxito. Pero seguía buscando la siguiente imagen, sin perder el aliento.

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