Aranjuez

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Hacía tiempo, mucho tiempo, que no recorría el Aranjuez turístico y monumental. Quizá porque hace meses que pasear por sus jardines no me llenaba fotográficamente, pues un paisaje acaba “desgastándose” al haberlo escudriñado mil veces. Y aunque siempre encontraba un ángulo interesante o una escena digna, finalmente me marchaba a casa con las manos vacías. Y eso me frustraba. Pero la niebla espesa y persistente del invierno más gélido de los últimos días de diciembre me animó a salir temprano de casa por dos razones: la niebla da un toque especial a las fotografías y, al ser día laborable y tan temprano, no habría casi nadie molestando. Y así fue: nada más abrirse las puertas del Jardín de la Isla, con el sol todavía amaneciendo, inauguré la solitaria mañana. Mi estancia en La Alberca (Salamanca) me entrenó para manejar la cámara con guantes. Aun así, la situación era más dura: la intensa humedad rompía los huesos y se colaba por la garganta amenazando mis últimos días de vacaciones con un catarro. Pero seguí adelante ante un paisaje tan irreal que parecía desvanecerse con la propia niebla: el río Tajo quería evaporarse creando nubes por doquier. Incluso de los estanques de las fuentes y de sus chorros se escapaban bancos de niebla espesos. Casi no sabía por dónde empezar a degustar toda esa riqueza fotogénica.
Normalmente cualquiera de estas composiciones las habría descartado para insertarlas en este blog, pues serían típicas postales insulsas, estampas que se venden en los puestos ambulantes en la salida del pueblo. Pero la niebla lo cambia todo: la luz filtrada suaviza  las sombras hasta hacerlas desaparecer, y el ambiente es único. Ningún fotógrafo de postales acudiría a Aranjuez un miércoles de diciembre a las 8.30 de la mañana con una niebla tan espesa a hacer fotos para postales. Esta no es la imagen que uno tiene en la cabeza de los Jardines de Aranjuez. Pero es la imagen que vemos los lugareños que tenemos la suerte de vivir aquí. Y es la imagen que quería capturar.
Ha pasado una hora desde que entré al jardín. Y habría estado más tiempo si no tuviera quehaceres ineludibles. En la salida me encuentro con un par de amigos y me preguntan: “¿Qué haces tan temprano por aquí?” Les explico que es el mejor momento para hacer fotos. Asienten mientras se adentran en la espesura de la niebla. Por supuesto, les tomo una fotografía atravesando el puente. Yo regreso a casa y me doy cuenta de que he disparado ciento cincuenta veces.

Sonrío y me reconcilio con Aranjuez. Un café caliente es inevitable.

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