La Alberca (III)

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La nieve que nos recibió ayer se va derritiendo y desaparece del paisaje que contemplo desde el hotel. Pero sigue haciendo mucho frío. Enfrente, la piscina completamente helada de un polideportivo. Al fondo, la impactante sierra presidida por la Peña de Francia. El solitario radiador de la habitación ha sido suficiente y no he pasado frío. En el cafetín del hotel me sirven chocolate caliente y yo mismo me preparo un par de tostadas con mermelada. El camarero no lo recuerda, pero repite la misma broma de ayer: “¿Quieres un cuenco más grande para la leche? ¿No? Bueno, en cualquier caso se puede repetir hasta catorce veces.” Le vuelvo a reír la gracia porque es simpático y muy amable. “¡Ahora, a caminar!”, me anima a mí y a mi pareja cuando nos disponemos abandonar el hotel.
Las botas de nieve son aún necesarias; todo está resbaladizo. Hoy, tras descansar del agotador viaje, compruebo que la Alberca es efectivamente un pueblo emblemático. La arquitectura de la zona tiene aquí su mejor representación, y uno no puede llegar a comprender del todo cómo es posible que estas casas, estos muros, estas vigas, esta aldea casi de cuento de hadas haya podido resistir al duro paso de las nieves, los vientos, las guerras y los tiempos durante siglos. Entro a un bar para tomar un café caliente; miro al techo y compruebo que las vigas de madera se apiñan unas encima de otras, se apoyan irregularmente, se cruzan entre sí, a diferentes niveles, y parece que las han colocado sin ningún miramiento. En los muros se mezclan piedras, ladrillos, columnas y algún que otro material que no identifico, sin orden, sin cordura. Eso crea un ambiente extraño: parece que todo se va a venir abajo en cualquier momento, pero al mismo tiempo presenta un sólido aspecto que desafía algunas cuantas leyes físicas y arquitectónicas.
Queda una hora para medianoche pero ya no hay nadie por el pueblo. Nos acercamos a la imponente Iglesia parroquial de “Nuestra señora de la Asunción” (Siglo XVIII). Llama poderosamente la atención la torre aledaña (unos doscientos años más antigua que la iglesia), y sobre todo un par de calaveras enjauladas tras una hornacina en la fachada posterior, iluminadas con lámparas de aceite y con escaleras de piedra incluidas. La vida, la muerte, la superstición, la religión… Todo vuelve a fundirse en un rincón que no deja de estremecernos cuando cae la noche y nos hallamos completamente solos. Será ese silencio omnipresente… Dicen los lugareños que las calaveras están dedicadas a las ánimas benditas. Este es el punto de partida a una tradición antiquísima (y recientemente recuperada): la “moza de las ánimas”, un recorrido realizado por señoras del pueblo cada anochecer, que van parando en cada esquina para entonar un viejo salmo acompañado del tañer de una campana de mano. No tuvimos suerte, pues nosotros no las vimos (ni a las mozas ni a las ánimas). Aunque sí contemplamos el modesto monumento al “marrano de San Antón”, un cerdo de piedra que conmemora una tradición medieval curiosa que aún pervive: soltar a un puerco por las calles, con una campana al cuello, que es alimentado y cobijado por todo el pueblo, para matarlo el día de San Antón (17 de enero) y entregarlo a la familia más pobre; hoy se subasta con papeletas, y los beneficios se destinan a alguna ONG.
Andar quitándome y poniéndome los guantes cada vez que quería hacer una foto me retrasaba. Así que, tras disparar decenas de fotografías, he aprendido a manejar los controles de la cámara sin quitármelos. Antes de abandonar el lugar compruebo que el cielo está agitado: el viento lleva las nubes con rapidez, pero por entre ellas trata de asomarse la luna llena. Busco un punto de apoyo firme (pues no me traje el trípode), acomodo la cámara, ajusto una larga exposición de algún que otro segundo de duración y dejo que la luz impregne el sensor. La iglesia y su torre adquieren un tono dramático que refleja muy bien el verdadero ambiente de esta noche misteriosa, en la que me he dejado llevar por la imaginación, pensando en los antiguos pobladores de estas indómitas tierras, sus penurias, sus miedos a la luz de candiles centelleantes… La moza de las ánimas, las mismas ánimas vagando por las callejuelas sombrías con el incesante sonido del agua escurriéndose con un persistente eco de ultratumba, las calaveras mirándome con sus cuencas vacías…

Quizá por eso, pese a que los dedos de mis pies piensan lo contrario, no tengo frío.

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