Ruinas

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Aquel día estaba en la fábrica de aceite de oliva de mi hermanaEran las tres de la tarde y estábamos tomando café. Hubo un ruido. El edificio tembló. ¿A qué se debía? Miré al cielo y vi un avión. Quería volver para reunirme con mi familia, pero había un buen trecho hasta casa. Me encontré con un familiar que iba en moto. Me subí con él. Nos caímos. Vimos dieciséis casas arrasadas por las llamas. Fue terrible.” *

Las ruinas son extrañas: si tienen más de doscientos años las fotografiamos y estudiamos como prodigios del pasado que sobreviven al transcurrir de los años, para comprender nuestra propia historia. Si son recientes y ocurrieron en alguna ciudad occidental, abren los informativos y copan las portadas de los periódicos. Si las sufren países sumidos en guerras incómodas que no importan a la sociedad y molestan al tan idolatrado mercado internacional, simplemente miramos para otro lado. Pero eso no significa que no existan. Las ruinas son extrañas: piedras derruidas por causas diversas. Algunas, conservadas; otras, olvidadas. Ambigüedades en un mismo mundo cargado con enormes diferencias culturales, económicas y políticas. Cadáveres de una época que se mantienen en pie para mostrar orgullo, en ocasiones; vergüenza, en otras. Este castillo del abandonado pueblo de Riópar Viejo (Albacete, Castilla-La Mancha) poco o nada tiene que ver con el actual conflicto de Siria. Pero, por lo que sea, al contemplarlo me vienen a la cabeza horrores que no he visto, matanzas que no he vivido e injusticias que no padezco.

Y comprendo que no sabemos valorar que nuestras ruinas sean sólo atracciones turísticas.

*Narración del diario de una adolescente que cuenta las desventuras de una familia siria en plena guerra, publicado por Médicos sin Fronteras. 

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