El reventón

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Tan al sur de Castilla-La Mancha que se pueden divisar en la distancia tierras andaluzas, se localiza uno de los parajes naturales más espectaculares de nuestro país: el nacimiento del Río Mundo (Riópar, Albacete). El principal afluente del Segura inicia su vida con estruendo y por todo lo alto: una cueva como una inmensa boca colgada a trescientos metros de altura completamente vertical, de la que se precipita el agua tras haber recorrido unos cuarenta kilómetros de cuevas subterráneas (que se sepa hasta hoy). Ladera abajo, el espectáculo continúa con diversas cascadas de caprichosas formas y niveles, todo arropado por un manto espeso de bosques perennes. Pero, por si fuera poco (que no lo es), el Río Mundo entraña un gran misterio: “El reventón”. Es un fenómeno natural que sólo se produce después de entre seis y diez días de lluvias copiosas: el caudal aumenta de golpe, en una exagerada proporción de hasta doce mil veces más el volumen normal en pocos minutos. El agua entonces sale como una explosión sin previo aviso, y así permanece durante un día completo, inundándolo todo a su paso. En realidad no sería un misterio, pues la ciencia ha explicado que se trata de una variación de un conocido caso natural llamado “trop plein”, por el que se descargan los acuíferos que se llenan de agua. Sin embargo, el Río Mundo (cómo no) va más allá, y deja perplejos a los científicos cuando comprueban con precisas mediciones que el agua desembalsada es superior a la recogida por el acuífero. Entra aquí (y sólo se ha podido jugar hasta ahora con especulaciones y teorías para explicarlo) un complejo, complicado, enrevesado y casi infinito sistema de sifones, cavernas, emisarios, acuíferos y dispositivos complementarios, todos conectados quién sabe cómo entre sí.
El Río Mundo no significa planeta, sino que proviene del adjetivo latino “mundo”, que significa limpio o claro. De hecho, la palabra inmundo es su antónimo. La primera vez que visité el lugar fue hace quince años; yo tenía 16. En ese mismo momento sentí la fuerza de aquel lugar, la recarga de energía que desprendía (algo nada místico, sólo personal), esa imagen del inmenso cortado del que lloraba el Mundo dejándose caer a la tierra… se clavó en mis pupilas. Desde entonces habré repetido en unas cuatro ocasiones. Y cada vez el caudal es diferente; unas veces, decepcionante. Otras, generoso. Hoy, por el motivo que sea, vuelvo a pisar esta tierra perennemente empapada y a respirar su ambiente cargado de partículas de agua en suspensión; y me parece que no ha pasado el tiempo.

Y sólo por una fracción de segundo soy feliz viendo llorar al “mundo”.

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