Estar a la última

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Un hombre (no demasiado mayor) camina por las callejuelas casi de ensueño de un pequeño pueblo de la sierra, cerca de los míticos paisajes de las Hurdes. Tierras otrora odiadas, temidas, arrinconadas, discriminadas, objeto de burlas y miedos a partes iguales, por estar habitadas por la pobreza y la ignorancia. Pero el Siglo XXI ha llegado; y con él, el turismo rural; y todo ha cambiado. El frío, sin embargo, es el mismo: corta la cara y quema la piel. Nuestro hombre porta un periódico doblado bajo su brazo. De los tejados llueve nieve derretida que produce un sonido constante al que el oído se acostumbra; como al de la lluvia de otoño; como al del murmullo incesante de un río cristalino. Los pasos rebotan por los muros de piedra y madera; casas ancladas en el terreno y en el tiempo. Cuando tomo la fotografía aún no lo sé, pero este hombre ávido de información impresa acude a una simple cita con su familia, al calor de una chimenea de dimensiones generosas, detrás de esos muros impenetrables para el forastero, detrás de esas ventanas cerradas a cal y canto, detrás de esas puertas de madera verticales como murallas medievales. Y así descubro que no: no es un pueblo fantasma; hay vida en el interior de esas casas mudas. Es humo, y no vaporosos fantasmas, lo que sale de las chimeneas. Son risas y miedos lo que se comparte tras esas paredes acaso centenarias, legadas de abuelos a padres y a hijos. Y pienso que nada podría ser más simple y complicado, al mismo tiempo, que la vida en el campo. Y pienso que, de vuelta a mi casa en la ciudad, no voy a mitificar, ensalzar ni a falsear la dureza de la crueldad de una vida en un pueblo aislado desde mi cómodo asiento acolchado con ordenador conectado con ADSL y pantalla de plasma, climatización en toda mi casa y placa de inducción en la cocina, con el súper, la farmacia y el centro comercial al alcance de un paseo. Pero ¿por que será que, aun así, tengo envidia de este solitario hombre que no sabe ni le importa un mísero pimiento qué es un “iphone” o un “smartphone”, una “tableta” o un 3G; que guarda en su propio ser la calma de quien no tiene prisa por vivir, por alardear, por aparentar, por presumir ni por molestar?

Sólo cuando nuestros pies pisan la tierra y el aire huele a humo nos damos cuenta de lo poco que importa estar a la última si nadie sabe qué es lo último.

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