La crisis es un gatillazo

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El Alcázar de Sevilla es una maravillosa obra de arte. Puede servir para muchas metáforas. Pero no para justificar una crisis ideada, organizada, perpetrada y mantenida para sacar adelante ideas y proyectos que no tendrían cabida de ninguna otra manera que no fuera aprovechando la vulnerabilidades de un pueblo muerto de hambre. Al contrario de lo que dicen para que nos estemos calladitos aguantando sus impertinencias y tropelías, las grandes obras no se levantan piedra sobre piedra, sino piedra junto a piedra, todos unidos, todos apoyándonos unos en otros. No pisándonos unos encima de otros para lograr intereses personales, políticos o comerciales. No dejando abajo las piedras y levantando encima de ellas necias estatuas ineptas e inútiles. Porque, debajo, las piedras también sienten. Y, aunque les moleste hasta la rabia de épocas pretéritas, en pleno siglo XXI esas piedras siempre menospreciadas también pueden hablar. Y si se mueven, las estatuas se tambalean. Eso es lo que les da miedo. Por eso aplastarlas es mejor que dejarlas opinar o, más peligroso todavía, rebelarse. Si su plan es que las piedras aplastadas se sacrifiquen para que las estatuas sigan lustrosas, si es lo único que se les ocurre y no tienen un “plan b”… quizá el arquitecto no reúna las cualidades suficientes para esta empresa común; o quizá su empresa no sea común. Porque los ladrillos, las piedras y hasta el cemento han demostrado sobradamente estar bien preparados para aguantar la lluvia, la nieve, el sol y hasta sus mentiras. Pero las estatuas  de porcelana o yeso son frágiles, muy frágiles.

No es una crisis; es un gatillazo: nos están jodiendo por encima de nuestras posibilidades.

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