Consumir, preferentemente. (Freeganismo)

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Un cliente se acerca a un mostrador de frutas y rechaza una manzana cuya piel aparece ligeramente ennegrecida, y escoge otra verde, limpia, que casi reluce. Ese cliente soy yo. Y ese cliente, como tantos miles, es culpable (soy culpable) de parte de los miles de kilos de comida perfectamente comestible que se desecha cada día en tiendas y hogares. ¿El problema? Leemos poco y vemos mala tele. Pero “El escarabajo verde” (Televisión Española, segunda cadena) nos abre los ojos de vez en cuando, y de vez en cuando nuestra mente también se abre. Todo es tan sencillo entonces…
Desde pequeños, desde muy pequeños, se nos ha inculcado hábitos de compra simples: buscar lo barato. Pero esa máxima no tiene en cuenta de dónde viene dicho producto, si ha atravesado miles de kilómetros de viaje absurdo (cuando quizá en nuestra propia comunidad tenemos una granja o un huerto con el mismo producto), si ha explotado a sus obreros o si implica maltrato animal. Como nadie paga por esos “factores productivos”, el producto es más barato. Pero ¿no es más caro globalmente?
Según un estudio de Intermón Oxfam, con la comida desechada por Norteamérica y Europa se podría dar de comer cuatro veces a la población mundial que pasa hambre. Comida en perfecto estado, por supuesto. Comida que tiramos a la basura porque está a punto de caducarse (sin tener en cuenta que en muchas ocasiones la fecha indicada es sólo orientativa o recomendable) o porque, más increíble todavía, visualmente no es atractiva. Como si fueran modelos de pasarela. Y viendo el reportaje de “El escarabajo verde”, me doy cuenta de que si yo, culpable como el que más, no rechazara esa manzana en el “súper”,  los comercios no tirarían alimentos en perfecto estado. Es más: por mi actitud los propios  establecimientos ya están rechazando a sus proveedores dichos productos antes de que lleguen a las estanterías, porque saben que no los venderán: latas de refrescos manchadas (pero cuyo contenido está perfectamente), cartones de leche ligeramente deteriorados, calabacines “feos”, plátanos con manchas… Si comprásemos estos productos (completamente comestibles), los comercios no los tirarían. Pero, seamos francos: pudiendo elegir, por qué escoger lo menos atractivo. Cambiemos entonces las tornas y dejemos en balón en manos del comercio: rebajar el precio de la comida que va a caducar y de los productos visualmente poco atractivos podría ser una buena manera para incentivar el consumo responsable; todo con tal de no tirar nada en buen estado a la basura. Las tiendas defienden que no están dispuestas a asumir posibles denuncias de los consumidores por intoxicaciones. Las organizaciones no gubernamentales demuestran que no hay ningún riesgo para la salud, que una mancha en la piel de una mandarina no afecta a su interior, y por eso creen que es más bien un problema de imagen de marca, pues son las de más “prestigio” las que se niegan a vender estos productos, mientras que otras ya están aplicando proyectos de recuperación de alimentos tirados a la basura. De hecho, en realidad ya hay centenares de personas que se alimentan principalmente de esta comida desechada que perfectamente cumple con los niveles mínimos de calidad exigidos: se llaman “freeganistas” (del inglés “free”, gratis). No son pobres, sino personas que consideran un desperdicio y una aberración ecológica y moral tirar alimentos en buen estado “con la que está cayendo”. En octubre de 2011, los principales defensores del “freeganismo” organizaron una multitudinaria comida para gente necesitada en la que únicamente se sirvieron alimentos encontrados en contenedores de basura (sí: directamente de nuestras calles), previa selección y clasificación. Más de cinco mil personas comieron gratis aquel día en Inglaterra. Nadie cayó enfermo.
En los últimos años es más frecuente encontrarnos con gente buscando en la basura “algo” con lo que alimentar a los suyos. Y no hablamos de gente sin papeles o en pobreza extrema; ahora todos podemos caer en esta terrible necesidad a golpe de despido improcedente; la clase media está más amenazada que nunca, y vive en una burbuja que en cualquier momento puede explotar. En algunos comercios de Barcelona hay una cierta cultura arraigada de clasificar y facilitar a esta gente necesitada la comida que cada noche arrojan a la basura. Es una lógica tan aplastante (la de no tirar comida buena) que empieza a cundir el ejemplo en varias ciudades; pero en muchos comercios con cierto “nombre” todavía son reticentes, por miedo a que se les identifique como si ofrecieran “comida para pobres”; así de denigrante es nuestra sociedad, que prefiere no ser solidaria a cumplir una función social de coste cero.
Y nosotros, como consumidores, también tenemos mucho que decir en este asunto, que implica no sólo desperdicio en forma de basura, sino exceso de producción y, por ende, de consumo de recursos naturales que acaban en la basura sin pasar por la boca de nadie. Podemos ayudar fácilmente, no sólo comprando exclusivamente lo que vamos a consumir, sino siendo menos picajosos con productos expuestos en las tiendas que son perfectamente válidos. Al fin y al cabo, ¿no tenemos todos nosotros fecha de caducidad, imperfecciones en nuestra piel y decenas de defectos corporales (y mentales)?

Por la misma regla de tres, deberíamos estar todos en la basura.

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