Archivo para diciembre, 2012

La Alberca (y V)

HEC_0051 (Copy)

Siempre que me marcho de un lugar siento cierta sensación de tristeza: se acaban los días de descanso, que en realidad no lo son, pues las ganas por descubrir lugares me tiene todo el día de uno a otro. Pero tras pasar un par de noches en el mismo lugar, uno es capaz de reconocer calles, edificios, montañas e incluso algunas personas. Sé que poco a poco, con el paso de los años y los viajes, terminaré olvidándolos; pero la despedida es inevitable. No puedo evitar, siempre que visito un lugar durante días, imaginar cómo viviría yo en esos rincones. Cómo sería mi casa, mi vida, mis quehaceres diarios, mi trabajo, mi tiempo libre por calles desconocidas tan diferentes a mi ciudad, mi relación con los vecinos… Cómo me adaptaría a esas tradiciones, a ver las montañas por las ventanas… Y justo cuando engaño a mi propio cerebro creyéndome un albercano más, llega el momento de partir. Y es extraño marcharse de un lugar tan pequeño, tan familiar, tan unido entre sus gentes, tan cálido… sin decirle adiós a nadie más que a la mujer del pequeño hotel, cuya amabilidad es sólo fruto de su profesión. No hay ningún “tened cuidado con la carretera” ni algún “llamad cuando lleguéis” ni siquiera el típico “os he preparado esto para el camino”. No hay besos ni apretones de manos. No hay nada, sólo un modesto pueblo que sigue su vida como si tal cosa, igual que yo voy en busca de la mía.
Las dos partes de una calle se presentan ante mí divididas por una gran cruz. Las fotografío ambas: las inscripciones religiosas en las piedras de las puertas, por un lado. La empinada cuesta empedrada, por otro. Una pareja en la distancia se abraza, y por un momento dudo si es un reflejo de nosotros mismos regresando a nuestro hogar.

Y me pregunto quién ha tomado la fotografía.

HEC_0052 (Copy)


La Alberca (IV)

HEC_0005 (Copy)

Ayer comimos en un típico restaurante de dos plantas con vistas directas a la hermosa plaza principal. La camarera (y probablemente dueña) era risueña, pausada y afable, casi maternal. Degusté por primera vez las patatas “meneás” (o “revolconas”), un sencillo y en sus orígenes humilde plato típico de Salamanca, ideado siglos atrás por pastores para saciar el hambre a base del tubérculo más abundante y barato: la patata (pero roja, por supuesto, de Ávila). Hoy se ha convertido en un apreciado guiso cuyo nombre proviene de su elaboración: se menea la sartén hasta que las patatas cocidas forman una especie de puré, pero más consistente, aderezado con ajo, torreznos, chorizo y los ingredientes que cada variante (que son muchas) exija.
La plaza es el centro social, con la gran cruz a un lado. Bajo los balcones se esconden los comercios. En uno de ellos (un supermercado de pueblo de esos en los que se puede encontrar casi cualquier cosa) la dependienta, una persona ya mayor, presume de su longevidad como vecina y como propietaria: “Treinta años llevo detrás del mostrador”, asegura. Y también tiene su propia visión del turismo: “Antes no venía nadie, pero desde hace dos años esto se llena. A principios de este año llegó uno de esos del fútbol, que sale en las revistas… ¿Cómo se llamaba…?”, trata de recordar sobre la visita que Vicente del Bosque realizó en enero de 2012. “¡La de gente que vino! Pero nadie se quedó”, se lamenta. Y también se lamenta del turismo masificado: “Todo el mundo viene en verano, pero para conocer La Alberca hay que venir en invierno.” Tiene toda la razón: la plaza hoy está completamente vacía. Quizá no sea tan agradable ni tan cómodo, pero el viento cortante, las temperaturas bajo cero y el silencio… Ese silencio infinito, casi dañino, casi hiriente, casi irreal… cambian completamente el ambiente y el pueblo, y destapan su verdadera esencia. No tengo que esperar, como en muchos sitios turísticos, a que la gente se aparte para fotografiar la plaza desde cualquier ángulo: nadie molesta, porque no hay nadie.
Si por el día la plaza llama la atención, por la noche (con la iluminación artificial) cobra otro protagonismo. Juegan dos niñas alrededor de la cruz, encaramándose a ella, entonando canciones prohibidas y persiguiéndose. Dentro del bar y de las casas, los mayores ven un partido de fútbol “súper transcendente”. Yo prefiero quedarme fuera esta noche, con los niños, jugando con mi vieja cámara de atrapar momentos, sabiendo que este lugar seguirá su propia historia, y que yo me iré mañana para contar lo que he visto a quien me quiera escuchar… O leer.

Y es que todo tiene su momento y su lugar. Hasta las personas.

HEC_0054 (Copy)

HEC_0057 (Copy)


La Alberca (III)

HEC_0011 (Copy)

La nieve que nos recibió ayer se va derritiendo y desaparece del paisaje que contemplo desde el hotel. Pero sigue haciendo mucho frío. Enfrente, la piscina completamente helada de un polideportivo. Al fondo, la impactante sierra presidida por la Peña de Francia. El solitario radiador de la habitación ha sido suficiente y no he pasado frío. En el cafetín del hotel me sirven chocolate caliente y yo mismo me preparo un par de tostadas con mermelada. El camarero no lo recuerda, pero repite la misma broma de ayer: “¿Quieres un cuenco más grande para la leche? ¿No? Bueno, en cualquier caso se puede repetir hasta catorce veces.” Le vuelvo a reír la gracia porque es simpático y muy amable. “¡Ahora, a caminar!”, me anima a mí y a mi pareja cuando nos disponemos abandonar el hotel.
Las botas de nieve son aún necesarias; todo está resbaladizo. Hoy, tras descansar del agotador viaje, compruebo que la Alberca es efectivamente un pueblo emblemático. La arquitectura de la zona tiene aquí su mejor representación, y uno no puede llegar a comprender del todo cómo es posible que estas casas, estos muros, estas vigas, esta aldea casi de cuento de hadas haya podido resistir al duro paso de las nieves, los vientos, las guerras y los tiempos durante siglos. Entro a un bar para tomar un café caliente; miro al techo y compruebo que las vigas de madera se apiñan unas encima de otras, se apoyan irregularmente, se cruzan entre sí, a diferentes niveles, y parece que las han colocado sin ningún miramiento. En los muros se mezclan piedras, ladrillos, columnas y algún que otro material que no identifico, sin orden, sin cordura. Eso crea un ambiente extraño: parece que todo se va a venir abajo en cualquier momento, pero al mismo tiempo presenta un sólido aspecto que desafía algunas cuantas leyes físicas y arquitectónicas.
Queda una hora para medianoche pero ya no hay nadie por el pueblo. Nos acercamos a la imponente Iglesia parroquial de “Nuestra señora de la Asunción” (Siglo XVIII). Llama poderosamente la atención la torre aledaña (unos doscientos años más antigua que la iglesia), y sobre todo un par de calaveras enjauladas tras una hornacina en la fachada posterior, iluminadas con lámparas de aceite y con escaleras de piedra incluidas. La vida, la muerte, la superstición, la religión… Todo vuelve a fundirse en un rincón que no deja de estremecernos cuando cae la noche y nos hallamos completamente solos. Será ese silencio omnipresente… Dicen los lugareños que las calaveras están dedicadas a las ánimas benditas. Este es el punto de partida a una tradición antiquísima (y recientemente recuperada): la “moza de las ánimas”, un recorrido realizado por señoras del pueblo cada anochecer, que van parando en cada esquina para entonar un viejo salmo acompañado del tañer de una campana de mano. No tuvimos suerte, pues nosotros no las vimos (ni a las mozas ni a las ánimas). Aunque sí contemplamos el modesto monumento al “marrano de San Antón”, un cerdo de piedra que conmemora una tradición medieval curiosa que aún pervive: soltar a un puerco por las calles, con una campana al cuello, que es alimentado y cobijado por todo el pueblo, para matarlo el día de San Antón (17 de enero) y entregarlo a la familia más pobre; hoy se subasta con papeletas, y los beneficios se destinan a alguna ONG.
Andar quitándome y poniéndome los guantes cada vez que quería hacer una foto me retrasaba. Así que, tras disparar decenas de fotografías, he aprendido a manejar los controles de la cámara sin quitármelos. Antes de abandonar el lugar compruebo que el cielo está agitado: el viento lleva las nubes con rapidez, pero por entre ellas trata de asomarse la luna llena. Busco un punto de apoyo firme (pues no me traje el trípode), acomodo la cámara, ajusto una larga exposición de algún que otro segundo de duración y dejo que la luz impregne el sensor. La iglesia y su torre adquieren un tono dramático que refleja muy bien el verdadero ambiente de esta noche misteriosa, en la que me he dejado llevar por la imaginación, pensando en los antiguos pobladores de estas indómitas tierras, sus penurias, sus miedos a la luz de candiles centelleantes… La moza de las ánimas, las mismas ánimas vagando por las callejuelas sombrías con el incesante sonido del agua escurriéndose con un persistente eco de ultratumba, las calaveras mirándome con sus cuencas vacías…

Quizá por eso, pese a que los dedos de mis pies piensan lo contrario, no tengo frío.

HEC_0061 (Copy)


La Alberca (II)

HEC_0013 (Copy)

Cuatro horas de viaje nos llevan a una tormenta de niebla y nieve a pocos kilómetros de nuestro destino. Para más INRI, el acceso normal al pueblo está cortado, y ya no sirven ni GPS ni mapas. Vamos guiados sólo por señales temporales, de esas amarillas que inspiran poca confianza. La carretera se hace menos halagüeña a cada kilómetro. Atravesamos bosques blancos lamidos por la espesura de una niebla que oscurece el propio día. De las copas de los árboles más altos caen cúmulos de nieve ocasionalmente, cargando el ambiente de magia. Finalmente, algunas construcciones de pastoreo nos anuncian el fin del camino. Diversas ermitas nos dan la bienvenida; ya desde el primer metro las fachadas de las casas nos sorprenden: una mezcla muy visual de tablas de madera, piedras y conglomerados geométricos. No faltan los soportales y portalones antiquísimos. Desde el primer paso que damos respiramos el cargado ambiente religioso, con inscripciones en la mayoría de los portales grabados en la piedra que datan de hace cien, doscientos, trescientos años… Hay cruces de granito diseminadas por doquier, presidiendo plazas, acopladas a las aceras, en las esquinas… La mezcla de creencias se remonta a los primeros pobladores prerromanos. De hecho, el nombre original del lugar (“Al-Bereka”) es una mezcla del artículo árabe “al” y el sustantivo hebrero “bereka”, que quiere decirnos algo así como “el lugar de aguas.” No le falta sentido: el líquido elemento discurre por las calles, atraviesa puentes y da vida a la comarca de mil maneras, dejando a su paso el alegre susurro tintineante de las gotas libres y frías.
Vamos camino del centro. Desde las afueras, donde tenemos nuestro hotel, quiere decir que en no más de tres minutos andando habremos llegado. La plaza es el lugar más famoso del pueblo. Pero por el camino descubrimos rincones no menos encantadores. Y pese al hambre y al cansancio del viaje, no podemos evitar detenernos a contemplar alguna casa llamativa, alguna callejuela empedrada, alguna cruz perdida o algún portalón centenario. Nos cruzamos con el joven cartero, que va echando el correo por debajo de las rendijas de las puertas de madera que no cuentan con buzón; nos saluda amable, con ese sentido del respeto hacia el forastero inexistente en las grandes ciudades. Más adelante nos cruzamos con otro lugareño, anciano, pero va sumido en sus pensamientos y pasa de largo sin ni siquiera alzar la cabeza; nos ignora con esa superioridad altiva pero al mismo tiempo respetuosa que tampoco se encuentra en las grandes ciudades; todo parece aquí extraño y contradictorio. No veremos a nadie más en nuestro camino:  hace frío, mucho frío, y las calles duermen al mediodía porque quienes las recorren no tienen más remedio. En 1940 este municipio fue el primero en España en lograr la distinción de “Monumento histórico-artístico”, un importante paso para la conservación de su casco antiguo. Una pequeña plaza se abre ante nosotros, con una cruz de piedra en medio. Desenfundo la cámara y me quito los guantes; un ejercicio de fe para un friolero confeso como yo. Las manos en seguida se me enfrían y casi no siento los dedos que, torpes, tratan de manejar los botones de la cámara; no debe de haber más que un solitario grado en el ambiente. Busco el encuadre y, tras disparar varias tomas decepcionantes, encuentro un hueco entre los edificios; me agacho y sitúo la cruz en él. El contraste de la cruz con el cielo blanco y los edificios a los lados me termina gustando. Disparo. Ya es mía. Rápidamente me enfundo los guantes.

Quizá yo no contribuya realmente a su conservación, pero siento que también he hecho inmortal este rincón del pueblo. O, al menos, este instante.


La Alberca (I)

HEC_0001 (Copy)

Gracias a la generosidad de mis amigos, me encuentro* en el pueblecito salmantino de La Alberca, un pequeño municipio casi aislado del mundo cerca de la Peña de Francia, rodeado de paisajes y parajes naturales de ensueño. Incluso el más céntrico punto de esta comunidad de no más de mil doscientos habitantes tiene un ambiente quedo casi irreal. Quizá sea esa inmensa tranquilidad invernal (y no la falsa del turismo rural de pueblos insulsos) la que más impulse al viajero a descubrir los más pequeños rincones que le depara el camino sin prisas. Y así aparecen ante mí casas de cuentos de hadas, rincones propios de películas medievales, señales y supersticiones casi extinguidas en la tecnológica era moderna, calles que se confunden con caminos… Me llaman más la atención los pequeños pueblos como este porque, al contrario que las grandes urbes o monumentos famosos, no han sido tan fotografiados, no aparecen con frecuencia en libros ni revistas, y su estampa no está impresa en nuestra conciencia como lo están lugares en los que ni siquiera hemos tenido la suerte de estar (Machu Picchu, París, Isla de Pascua, Ámsterdam… en mi caso). Son, por tanto, lugares mucho más estimulantes fotogénicamente, porque uno no tiene referencias, no ha visto la obra de otros fotógrafos que pasaron por aquí, y siente que tiene un mundo, casi un universo, por explorar. Y sabe que no repetirá fotografías vistas hasta la saciedad.

Por eso, desde hoy y en las próximas publicaciones, “La Retina de Cristal” dedicará sus entradas no sólo al pequeño pero al mismo tiempo inmenso universo de La Alberca, sino también a costumbres e identidades reservadas al viajero pausado. Abríguense y cálcense las botas; la nieve es nuestro camino.

*Narraciones escritas en noviembre durante mi estancia en La Alberca. 


Imagen

Nada que tender

HEC_0036 (Copy)


Devorado por la niebla

Sólo mi amigo Carlos podía musicalizar lo que ven mis ojos y lo que siente mi corazón.

Mil gracias.