Reajuste de programación (ante un claro error técnico)

Somos los desterrados, los desposeídos, los condenados al olvido. Y desde luego no tenemos derecho a quejarnos. Por eso reptamos en silencio a nuestra cloaca para no molestar al mundo. Pero molestamos cuando respiramos, y por seguir vivos nos acribillan. No deberíamos tener derecho a comida, casa ni sueldo. Somos farsantes, ladrones de una sociedad especializada. Deberíamos estar todos muertos. Somos la causa de la crisis, somos a quien echarle la culpa. Les encantaría vernos en la miseria, porque es lo que nos merecemos. Nos lo dicen constantemente los periódicos, la televisión, los vecinos, hasta los niños. Somos sólo robots bien engrasados que deberían pudrirse en soledad y en la inmundicia. ¿Por qué nos empeñamos en vivir dignamente? Nadie lo comprende. Por eso reptamos en silencio hasta reunirnos en secreto cada noche, a las afueras de la ciudad, para sobrellevar nuestra existencia a la luz de la luna. Y cuando todos duermen, los robots se mueven.
Esta noche hay fiesta en la fábrica: un compañero se va. Lleva tres décadas dejándose los riñones cada día, haciendo lo que nadie quiere. Viejo robot que sigue dando la talla, pero con menor rendimiento y demasiadas ideas propias. Llevamos toda la vida viéndole trabajar a nuestro lado, (casi) siempre sin perder el humor. Por él hoy todos paramos aunque tengamos que darle cuentas al patrón. Merece la pena para darle una sincera despedida y desearle mucha suerte. No querían los humanos del despacho permitir esta fiesta de diez minutos, aunque nos la descuenten de nuestro sueldo; pero uno de ellos se rebeló y nos la autorizó. Y así los robots podemos decirle adiós a nuestro compañero, en la clandestinidad de la noche. Se ha quedado con nosotros el humano compasivo del despacho (ese que casi nunca vemos por dentro), y nos guarda el secreto. Es extranjero, alemán, y sonríe con esa superioridad de una especie por encima; afortunadamente es simpático y bromea con nosotros: “En Alemania decir que no se engorda cuando se come en compañía”, nos comenta sonriendo, con su entrañable acento, al ver un par de bandejas de pastelitos. Pero ha notado algo extraño en todos nosotros: algo raro late en nuestros pechos. Algo brilla en nuestros ojos. ¿Y por qué nos tiembla la voz?

“Habrá que reajustarles la programación”, piensa para sí preocupado.

[En la fotografía: “Obreros de la fábrica de Renault de Boulogne Billancourt (Francia), 1945”, de Robert Doisneau, entre mi estúpida mano de robot ladrón.]

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