El otro acueducto

Ya había visto el archifamoso Acueducto de Segovia en varias ocasiones. Pero en realidad me pasó como al noventa por ciento de los turistas: en realidad siempre había contemplado sólo su parte central, la más famosa, la que sale en las típicas postales. Sin embargo, ese tramo de la Plaza de Azoguejo se trata sólo de una pequeña parte del recorrido completo; sí, es la más espectacular, con casi treinta metros de altura y doble arcada, pero no la única.  Antes de volver a Segovia este verano, me había interesado por la otra parte del acueducto. Y poco más pude averiguar aparte de que existía y fue restaurada hace tiempo por su mal estado de conservación. Pude ver (gracias a esa herramienta que nos permite pasear virtualmente por las calles de cualquier ciudad del mundo) que se adentraba por entre las edificaciones más modernas, creando un curioso contraste entre pasado y presente. Y, al contrario que el turismo acomodado, no me lo quise perder.


Al llegar a Segovia por una de sus calles principales, cuando el calor del estío todavía reinaba, allí estaba la espectacular estampa del acueducto con su inseparable turismo masificado: fotos rápidas mal encuadradas, gente mirando hacia arriba con la boca abierta, niños pequeños jugando entre los arcos, camareros demasiado insistentes invitándonos a sentarnos en las terrazas… Pero cuando rechacé la masificada ruta de las escaleras de la muralla, y conforme fui ascendiendo la cuesta hacia la prácticamente desconocida Plaza Día Sanz (donde el acueducto realiza un curioso giro), el bullicio fue desapareciendo, y quedamos solos mi cámara, unos pocos vecinos en sus quehaceres diarios y yo. Pero el acueducto, considerablemente de menor altura, seguía siendo impresionante, como una serpiente de piedras retorciéndose por entre los edificios del casco urbano. Me llamaron la atención las señales viarias con sus calles, esquivando a tramos el acueducto, y los balcones de las viviendas a escasos metros del monumento. Pensé en el siempre difícil tema de la conservación y la funcionalidad de las ciudades, y sobre todo en esos afortunados moradores que, con tan sólo abrir las persianas de sus casas, podían disfrutar a diario de una vista privilegiada hacia una construcción de unos dos mil años de antigüedad.

En la pequeña caminata, de unos setecientos metros de ida y otros tanto de vuelta, pensé en  el turismo. Ese extraño invento que da de comer a tanta gente. De cómo nos descubre lugares magistrales del arte o la técnica de la antigüedad y, al mismo tiempo, no nos deja disfrutarlos plenamente. El turismo nos enseña una porción del tesoro, pero son los lugareños quienes realmente conocen en profundidad lo que guardan con mimo (si existe sensibilidad en la población heredera). Las guías nos dan un par de reseñas y nos vamos contentos a casa creyendo haberlo visto todo. No digo que tengamos que recorrer los quince kilómetros originales del Acueducto de Segovia, pero tampoco tenemos por qué conformarnos con migajas; no cuesta nada recorrer al menos el escaso kilómetro de su recorrido al descubierto, aunque nos lleve por calles desconocidas y solitarias, sin bares, comercios ni bancos. Así descubriremos, por ejemplo, “El caserón” (la cisterna que recogía las aguas del manantial de la Fuenfría que alimentaba el monumento) o la “Casa de aguas”, donde se decantaba y desarenaba el agua antes de proseguir su viaje con un uno por ciento de desnivel a través del acueducto.

Durante el recorrido he notado que una pareja de turistas (perfectamente reconocible por su cámara de fotos y su actitud de asombro), me ha estado siguiendo. Se van haciendo fotos mutuamente por entre los arcos. Como yo, recorren todo el tramo del Acueducto mientras algunos vecinos nos miran con cara rara, como creyendo que nos hemos perdido. Leyendo los paneles explicativos instalados en esta parte, pienso que casi nadie que contempla el tramo central del Acueducto sabe realmente para qué servía y por qué se construyó.

¿Tiene sentido explicarlo en un blog?

Arriba: parte inicial del Acueducto de Segovia, donde se aprecia en su centro el canal de agua que alcanza 28 metros de altura en el centro de la ciudad. 

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