Archivo para noviembre, 2012

Sorpresas en cada esquina

La gente viene y va por la Calle Francos. En pleno centro, la tienda conocida como “Casa Rodríguez” ofrece sus artículos religiosos desde tiempos inmemoriales. Hace un mes escaso se declaró patrimonio etnológico de Sevilla. La fachada del edificio es de un llamativo color amarillo, y su entrada está cuidadosa y elegantemente decorada. Tanto que los paseantes se detienen para contemplar la estampa. Miran el escaparate, quizá tiran alguna foto… Obviando que encima de ellos, en una de las esquinas, una “figurita” asoma desde su curioso pedestal al aire libre. Es una representación de María con el niño Jesús. Mientras me despedía de la ciudad buscando ángulos nuevos, el rojo contraste del fondo me llamó la atención. Así que desenfundé mi cámara, metí el 200mm. y vi esta imagen. Traté de equilibrar lo mejor posible la simetría, compensé la difícil iluminación de claroscuros y realicé el descubrimiento de la tarde. Hay un efecto curioso cuando uno porta una cámara de fotos y apunta hacia algo que está fuera de los objetivos normales de los turistas: si alguien apunta a la Giralda, nadie se da la vuelta para verla. Pero si uno apunta hacia un objetivo desconocido, donde teóricamente “no hay nada”, los más cercanos al fotógrafo se giran y atisban qué diantres está tratando de inmortalizar esa cámara perdida. Esta vez es una joven, que me ve subir la cámara y descubre ella también la “figurita”; se lo comunica a su pareja con una expresión de sorpresa.

Y es que en cada esquina se puede esconder una sorpresa.


La concepción

Madera y piedra son los elementos predominantes de la Plaza Mayor de Segovia. Dentro de sus soportales parece que se ha parado el tiempo. Viejos y nuevos comercios se dan la mano manteniendo la estética marcada por la regulación urbana local. Estaba claro, pero la sombrilla de color rojo chillón del cochecito de bebé de la derecha me convenció del todo para usar el blanco y negro y hacer desaparecer su impertinente protagonismo. Hay un piano a la entrada de este restaurante, la Concepción (aunque se le conoce como “la Concha”), pero sospecho que hace tiempo que nadie se atreve a pulsar sus teclas, y probablemente esté desafinado. Las vigas de madera del techo están demasiado estropeadas, y piden a gritos una restauración.

Tengo la impresión de que si alguien toma una fotografía desde este ángulo dentro de veinte años, seguramente será igual que ésta.


Lo que vivimos en Sevilla

El pegajoso calor del verano. Las tapitas en la calle. Esquivar ramitas de romero melosas. “Las Columnas”. El salmorejo y los chorizos a la sidra en Triana. Los restos de la Expo y el “Petitt Suisse”. Los partidos de voleibol y pimpón. Las tranquilas noches con relinchos. Esa luna inmensa sobre el Guadalquivir. Mis estúpidas bromas. Las olas y la tranquilidad de Punta Umbría (ya: era Huelva). Confesiones inconfesables a la luz del alcohol. Risas y humor bajo el sol. Nuestras debilidades, miedos y preocupaciones recorriendo Sierpes. Las tortitas de camarones. Ver la ciudad con ojo crítico. Ver el río con ojo escéptico. Mi último “mojito”. Las barcas en la Plaza de España. La cerveza “Duff”. Mis tímidas clases de fotografía improvisada (porque me da palo hablar demasiado). Lo que imperdonablemente ahora me olvido (pero siempre recordaré).

Buen viaje.

Hasta siempre, “sevilla.”


25-N

Después de lo que he considerado un tiempo prudencial de silencio para no ser ni oportunista ni sensacionalista, creo que al fin puedo expresar lo que pienso:

  • Una niña de 13 años entabla una relación íntima con un hombre de 40.
  • Tras un tiempo, la chica decide terminar la relación.
  • Queda con el hombre para comunicárselo amistosamente.
  • El hombre la mata a tiros.
  • Conclusión de la sociedad y de los “expertos”: una chica de 13 años no tiene la madurez para tener una relación con un hombre mayor.

Ya lo dijo Fito: “No sé si el mundo está al revés o soy yo el que está cabeza abajo.”

El problema no es la edad, sino la mentalidad. No al machismo. No a la violencia.

25 DE NOVIEMBRE, DÍA INTERNACIONAL CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO.

(En la fotografía: mural realizado para el V Certamen Nacional de Grafitis en el casino centenario de la ciudad ciudadrealeña de Argamasilla de Alba para hacernos reflexionar “sobre la belleza del mundo femenino, la niña, la madre, la compañera… la ternura, el amor; criminalizando cualquier acción violenta contra ese universo femenino que un día nos dio la vida.” Pocos meses después de tomar esta fotografía, debido a las inclemencias meteorológicas, se derrumbó toda la fachada -sin causar daños personales-. Ojalá fuera tan fácil echar abajo los malos tratos.)


Qué haría mi animal…

“¿Cuál podría ser mejor, cuál de mis tesoros el peor? Balanza tan igual, siempre condenada a bascular. Nunca pudo decidir; siempre tuvo cerca su botín. El sueño era fugaz, con un ojo abierto y otro en paz. Suena un despertador, y él da la vida sin ser dios, por una antigua vocación.  ¿Qué haría mi animal si comprendiera que es genial? No dejaría de pensar, no. ¿Cuál sería el menor, cuál de mis tesoros el mayor? Me inclino por dudar, de los adjetivos la verdad. Suena un despertador, y él se divide en dos, por una antigua vocación. ¿Qué haría mi animal si no supiera interpretar todas mis formas de mirarle? (…)”

“Tesoros”, Antonio Vega Tallés. Nunca una canción dedicada a un gato fue tan fidedigna. Y nunca la había entendido mejor hasta que Senna llegó a mi vida.


Reajuste de programación (ante un claro error técnico)

Somos los desterrados, los desposeídos, los condenados al olvido. Y desde luego no tenemos derecho a quejarnos. Por eso reptamos en silencio a nuestra cloaca para no molestar al mundo. Pero molestamos cuando respiramos, y por seguir vivos nos acribillan. No deberíamos tener derecho a comida, casa ni sueldo. Somos farsantes, ladrones de una sociedad especializada. Deberíamos estar todos muertos. Somos la causa de la crisis, somos a quien echarle la culpa. Les encantaría vernos en la miseria, porque es lo que nos merecemos. Nos lo dicen constantemente los periódicos, la televisión, los vecinos, hasta los niños. Somos sólo robots bien engrasados que deberían pudrirse en soledad y en la inmundicia. ¿Por qué nos empeñamos en vivir dignamente? Nadie lo comprende. Por eso reptamos en silencio hasta reunirnos en secreto cada noche, a las afueras de la ciudad, para sobrellevar nuestra existencia a la luz de la luna. Y cuando todos duermen, los robots se mueven.
Esta noche hay fiesta en la fábrica: un compañero se va. Lleva tres décadas dejándose los riñones cada día, haciendo lo que nadie quiere. Viejo robot que sigue dando la talla, pero con menor rendimiento y demasiadas ideas propias. Llevamos toda la vida viéndole trabajar a nuestro lado, (casi) siempre sin perder el humor. Por él hoy todos paramos aunque tengamos que darle cuentas al patrón. Merece la pena para darle una sincera despedida y desearle mucha suerte. No querían los humanos del despacho permitir esta fiesta de diez minutos, aunque nos la descuenten de nuestro sueldo; pero uno de ellos se rebeló y nos la autorizó. Y así los robots podemos decirle adiós a nuestro compañero, en la clandestinidad de la noche. Se ha quedado con nosotros el humano compasivo del despacho (ese que casi nunca vemos por dentro), y nos guarda el secreto. Es extranjero, alemán, y sonríe con esa superioridad de una especie por encima; afortunadamente es simpático y bromea con nosotros: “En Alemania decir que no se engorda cuando se come en compañía”, nos comenta sonriendo, con su entrañable acento, al ver un par de bandejas de pastelitos. Pero ha notado algo extraño en todos nosotros: algo raro late en nuestros pechos. Algo brilla en nuestros ojos. ¿Y por qué nos tiembla la voz?

“Habrá que reajustarles la programación”, piensa para sí preocupado.

[En la fotografía: “Obreros de la fábrica de Renault de Boulogne Billancourt (Francia), 1945”, de Robert Doisneau, entre mi estúpida mano de robot ladrón.]


El caracol

Con casi tres metros de altura, y suspendido del suelo a considerablemente más altura, un caracol parece trepar por las angostas calles del centro de Sevilla. Pero es de metal; y su existencia, artificial: Chiqui Díaz la realizó para la Feria del Libro de 2008, junto con otras esculturas que representaron la exposición “Arte animalista del Mediterráneo”, promovido por la Consejería de Medio Ambiente. Pero de todas ellas, sólo este caracol se indultó. Y ahí sigue, colgado del edificio, como cuelgan o colgaron en su día otras esculturas con la misma temática en ciudades como Alcázar de San Juan (Ciudad Real), reivindicando la escultura dinámica, que se pueda mover, tocar, sentir, ver desde diferentes ángulos. Este caracol (al contrario que otras de sus obras) no se mueve; y sólo está al alcance de los vecinos del balcón aledaño. Pero sin duda deja con la boca abierta a quien pasa por esta esquina y alberga un mínimo de curiosidad e imaginación  en su cabeza.

Los demás, pasan de largo.