Una historia inventada en Cádiz

El coche aún marchaba lento cuando ella se bajó corriendo, entre risas y gritos de alegría. “¡Tendrás que cogerme, tendrás que cogerme!”, gritaba jocosa. El vestido rojo, recogido en su mano derecha, se tambaleaba sumisamente, mientras el peinado de sus cabellos dorados parecía mágicamente anclado a su cabeza, y no se descolocó ni por un momento. Él, con su impoluto traje negro y su corbata roja, paró el coche y saltó asombrado, inseguro pero convencido por alguna fuerza interior (que nunca había sentido) de que debía seguirla allá adonde fuera, allá adonde le llevara. Con paso uniforme la miraba de lejos. Ella, coqueta, hizo esfuerzos para no mirar atrás, concentrada en no resbalar con los adoquines de la empedrada callejuela que hervía con el calor del verano gaditano. El gentío obviaba su juego amoroso en la distancia; una escena callejera sólo es importante para sus protagonistas, absortos en su propia realidad ajena al resto del mundo. La luz del sol, como un gran aliado del joven trajeado, impactaba contra el rojo intenso del vestido para que no perdiera su objetivo. Y aquel rojo intenso parecía incrementarse a cada paso, como los latidos de su corazón. En su mano izquierda aún sujetaba la carta de amor que él le había entregado justo antes de saltar del coche, y que finalmente les uniría para siempre, cuando ella diera por finalizada aquella divertida persecución inventada de la que quería perder cuanto antes.

Y finalmente ambos ganaron. Aunque todo no sea  más que la invención de un fotógrafo con demasiada imaginación.

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