El poder de la imaginación

Sentado frente a la casa de su padre, un tal Miguel de Cervantes Saavedra, este personaje de bronce a tamaño real parece encandilar al gentío de Alcalá de Henares que quiera pararse a escuchar sus andanzas. Y como buen narrador de historias que no siempre se tienen por qué atener minuciosamente a la realidad, parece disfrutar tanto o más contando sus historias de caballero andante. Es fácil hacer un retrato a una estatua: nunca parpadean, están quietas y su pose siempre es la perfecta. Lo difícil es ambientar la escena acorde con la época del fotografiado. En realidad nada de lo que vemos existía cuando Cervantes aún respiraba: su casa (que vemos al fondo, ahora convertida en museo) fue destruida hace décadas, y lo que hoy vemos no es más que una reconstrucción de mediados del Siglo XX. Fiel, pero reconstrucción. Pero ¿y qué más da si ni el mismo Don Quijote merodeó en realidad por ninguna tierra manchega dispuesto a batirse en duelo con ningún molino de viento? Afortunadamente siempre nos quedará la imaginación. Y ella me hace escuchar las palabras de este extraño personaje, imaginarme su voz y su timbre contando lo que ha visto, lo que ha hecho y deshecho en sus aventuras tierra adentro.

Sin importarme que sus ojos jamás se hayan movido.

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