مدجّن

(Mudaÿÿan)

En una época en la que el racismo está más patente que nunca (“gracias” en gran parte a ese cáncer de la actualidad que llamamos políticos, cuya principal característica es ponernos los unos contra los otros y acentuar nuestras diferencias hasta convertirlas en odio visceral para conseguir un puñado de votos sucios), es importante acudir a aquellos fragmentos de la historia que nos dan buenas lecciones. Y no es que cualquier tiempo pasado siempre fuera mejor; en absoluto: la historia está llena de barbaries y salvajadas que hay que recordar para no repetir errores. Pero en ocasiones nos da ejemplos de los que todos deberíamos aprender.
Cuando el avance cristiano hacia el Sur de la Península Ibérica (denominado Reconquista) empezó a ocupar extensos territorios y ciudades en la Edad Media, a los musulmanes que se quedaron bajo el control político cristiano se les denominó “mudéjares”, palabra proveniente de la original árabe مدجّن (Mudaÿÿan), que se podría traducir como “al que se le permite quedarse”. A pesar de prevalecer en territorio reconquistado, los “mudéjares” podían mantener su lengua, su religión e incluso su organización social. Se inició así una convivencia pacífica que deparó en un arte muy especial, que combina soluciones estéticas cristianas, musulmanas y judías. Luego todo se estropeó, para variar, y la ambición humana rompió y corrompió esta equilibrada armonía. Pero esa es otra historia.
Durante ese período de “amnistía” (que es lo que nos interesa) la humanidad nos regaló obras de arte, principalmente arquitectónicas, como los Reales Alcázares de Sevilla (913-1366). Una joya en la que se mezclan estilos diversos de épocas diferentes. Pero por alguna razón es la parte musulmana la que más poderosamente me llama la atención: esa elaborada creación de murales, de azulejos artesanales, de grabados, increíbles mocárabes  y yeserías maravillosamente elaboradas… La cámara no sabe quedarse quieta, pero los ojos tampoco. Me acerco a un palmo de distancia para imaginarme esas manos tallando el yeso con infinita paciencia, durante meses… Y me alejo para ver el precioso resultado final: un entrelazado laberinto de formas retorcidas que atrapa la mirada y el alma. Soy incapaz de reconocer un solo símbolo, de conocer su significado, pero mi admiración es respetuosa y sincera. Si, pese a todo, estas joyas han llegado hasta nosotros bien preservadas, qué mejor que recapacitar y darnos cuenta de que seguimos siendo los mismos hombres pisando la misma tierra; y que los odios (siempre inventados y politizados) no sirven para nada más que para dar poder a quien nos engaña mientras nosotros nos matamos. Metafórica y físicamente.

Y si nos dejamos engañar y nos sigue invadiendo el odio hacia quienes son diferentes, somos nosotros los únicos culpables.

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