La esfera bioclimática

La esfera “bioclimática” era el icono de la Exposición Universal celebrada en Sevilla en 1992 (más conocida como “Expo 92”). Tenía quinientos micronizadores que pulverizaban gotas de agua que caían sobre los paseantes sin llegar a empaparlos, para aliviar el intenso calor de la ciudad española en pleno verano. Durante aquel año fue un auténtico símbolo innovador, cuyo funcionamiento fue pionero en investigaciones presentes. Yo tenía 10 años cuando estaba en funcionamiento (lo estuvo mientras duró la exposición: seis meses), pero nunca llegué a verlo en directo, sino sólo por medio de la televisión, los periódicos y las revistas. Si para un adulto parecía llamativo, para un párvulo era casi mágico; y más todavía: entrañable. A principios de los ahora tan lejanos años 90 se hablaba de las Olimpiadas de Barcelona y de la “Expo 92”. Para quienes éramos niños, al no haber tenido consciencia para vivir otros acontecimientos importantes, la “Expo 92” fue uno de los primeros contactos con la “realidad”. Por eso está presente, sin ser algo personal, como un entrañable recuerdo de nuestra infancia (Curro, Cobi…). A pesar de ni siquiera haber estado allí. Yo, por ejemplo, realicé un trabajo en EGB sobre la “Expo 92” a base de recortar fotografías de los periódicos (no existía Google).
Este verano se han cumplido veinte años de la “Expo 92”. Por cosas de la vida, sin haberlo planeado, me encuentro paseando por entre los restos de aquella exposición por la que tan orgullosos estábamos de nosotros mismos dos décadas atrás. Y por cosas de la vida, sin haberme nunca interesado especialmente por esta “Expo 92” durante este tiempo, reconozco lugares que nunca he visitado, edificios en los que nunca he estado, símbolos arquitectónicos que jamás había pisado y fuentes cuya agua jamás me había mojado. Y, sin embargo, todo es tan familiar; es como si hubiera viajado en el tiempo y estuviera literalmente viviendo dentro de mis propios recuerdos de mi infancia. Aunque estén en ruinas.
Hoy tengo 30 años y el sudor me resbala por la espalda. La cinta de mi cámara se me pega al hombro como los tentáculos de un pulpo, y me deja marcas del intenso calor, que me cuece la piel. Tengo el cuello rojo pero, al alzar la vista, veo la inmensa esfera bioclimática. Ya no parece tan inmensa ni hay visitantes refrescándose debajo; de hecho, toda la zona está desierta. Ahora es un espacio puramente empresarial, sin turistas ni lugareños. Las plazas y los parques están vacíos, y todo tiene un intenso hedor a abandono. Ya no le interesa a nadie. Tengo esa extraña sensación (que he tenido durante toda mi vida) de llegar siempre tarde a todo, incluso a mis propios recuerdos. Si me he citado conmigo mismo, llego veinte años tarde. Me mojo las manos en las pocas fuentes que aún funcionan, me empapo la cabeza y dejo que el agua me chorree por la espalda; hace tanto calor… Alzo la vista, saco la cámara de la funda, me sitúo encima del borde de unas de las fuentes y disparo. Imponente pero inerte, la esfera sigue presidiendo el lugar, impasible a la desolación que la rodea.

Y extrañamente me siento bien, como si hubiera cumplido una promesa que jamás realicé.

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