Alegoría del verano muerto

Estoy de nuevo a tu lado. Hay un extraño ambiente de verano terminado. De verano muerto que quiere descansar, pero que sigue dando coletazos. No hay nadie que nos moleste. Nada rompe este musitado silencio que nunca debería desaparecer. Alguna garza se alza mientras el sol desciende; lenta, tan lentamente, que creo que ambos están acompasados. Cierro los ojos y dejo que la brisa me despeine; inflo mis pulmones y puedo reconocer tu aroma, puedo sentir tu ser en mi frente. Aroma a carrascas, a encinas; aroma a laguna viva. Ese olor de agua que casi se mastica. ¡Cuánto tiempo sin probarlo! Abro los ojos y la claridad del cielo inmenso me hace daño en las pupilas. Pero el paisaje me protege: no hay edificios, no hay carreteras, no hay peatones, semáforos ni carreras por las aceras. Todo es tranquilidad; la tranquilidad del paso del tiempo por puro placer. Me quedaría toda la vida simplemente tumbado en tu regazo de tierra y piedras, fundido en tu cuerpo inerte, para saber cómo desaparecer completamente y no volver a ser encontrado. Me asomo a tu solitaria orilla y me sorprende un despliegue de turquesas, de verdes esmeraldas y profundos azules imposibles; creo que ningún impresionista sería capaz de mezclar esta paleta en un lienzo creíble. Han pasado diez meses desde que mis ojos se llenaron de tus colores por última vez, y me parece una eternidad. No sé si rompí alguna promesa de primavera, pero todo apunta a que sí. La promesa de mi fidelidad hacia tu fragilidad. Hoy te he venido a buscar y me esperas con un cielo de nubes juguetonas, que pintan figuras abstractas, iluminándose caprichosas con el ocaso, creando y destruyendo obras de arte efímeras que se reflejan en tus aguas. Y soy incapaz de apresarlas con mi cámara.
Esta noche te he escuchado llorar. Una lluvia de agua que me anuncia el otoño. Y el otoño cae a plomo, de un día para otro, sin previo aviso, congelando mi cuerpo. Lejos de arroparme, salgo afuera para sentir tu fuerza en mi piel. Es temprano por la mañana y el sol ya ha nacido, pero las nubes ocultan su fuerza tras cortinas de lluvia. Escucho el estruendo del viento y el agua golpeando el suelo. Dejo que me riegues, y lo haces sin compasión: la fría agua se estrella contra mi pelo, resbala por mi espalda y acaricia mi cuello. Completamente empapado, sé que es hora de marcharme, igual que el verano. Y sé también que no lloras por mí, pues no soy más que un viajero que ha regresado, pero que volverá a abandonarte una y otra vez, eternamente, porque ese es mi destino. Y el día que me muera seguirá habiendo garzas, seguirá reinando el silencio, volverá a morir el verano, seguirán los turquesas y esmeraldas, seguirá cayendo la lluvia…

Y no me echarás de menos.

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