El “Efecto oreja” (2ª Parte). “La oreja de Van Gogh”

Hace más de dos años (¿ya?) esta “Retina de cristal” asistió al concierto de “La oreja de Van Gogh” en Aranjuez. Como no podía ser de otra manera, compartí aquella noche con todos vosotros. La sorpresa fue que el propio grupo español publicó en su muro de “Facebook” un vínculo de mi blog. El resultado fueron más de quinientas visitas en un solo día (ochocientas en veinticuatro horas), más de diez veces la media de este rincón virtual. Entonces escribí que era consciente de que el mérito no era mío, sino que la expectación que suscita el propio grupo hizo que la avalancha de visitas me abrumara (aunque he de deshacerme de la falsa modestia para pensar que las fotos tenían la calidad suficiente como para agradar a los músicos donostiarras -acostumbrados a lidiar con profesionales de todos los ámbitos- y publicar el enlace de mis fotos en su página oficial).

Sea como sea esta mañana me levanto como cada día demasiado pronto, tras cansarme de dar vueltas en la cama (por otros motivos). Tras desayunar mientra va amaneciendo, comprobar el correo y ponerme más o menos al día de lo que los periodistas quieren hacer pasar por noticias, entro al “taller” de mi blog para preparar otra entrada. Pero el gráfico de visitas (que aparece automáticamente en una barra superior) me llama la atención por sus extrañas formas. Cuando entro a ver qué pasa, sorpresa: ayer este blog (gracias a la entrada de “La oreja de Van Gogh en Alcorcón“) registró 1.608 visitas. Esta vez no ha habido vínculo desde la página oficial de “La oreja de van Gogh” (que calificaron el recital como “conciertazo épico”); han sido los propios aficionados los que han buscado y compartido mi blog entre ellos hasta lograr este registro. Hermanos de habla hispana de Chile, Argentina, Ecuador, Colombia, Puerto Rico, México, Perú y Paraguay, además de Estados Unidos, Francia y Brasil, se han pasado por esta humilde morada virtual.

No me obsesionan las visitas; es absurdo cuando normalmente sólo registro unas cincuenta al día. No gano dinero con este blog y, después de cuatro años compartiendo mis fotos públicamente, sé que ya no voy ser un reconocido profesional. Pero uno no puede sentir vergüenza al intuir un extraño cosquilleo al saber que cientos de personas han visto mis fotografías. Eso sí que me hace ilusión: compartir mi afición y que guste. La extraña relación entre la obra de un autor y su público se extiende a casi todas las manifestaciones del arte: ¿es mejor un disco por ser número uno en ventas? En absoluto. ¿Y un libro? Quizá menos todavía. Pero ¿es automáticamente una obra mala por convertirse en un “best seller”? Tampoco. ¿Es mejor un concierto en un estadio abarrotado que otro en una pequeña sala de jazz? Ni de coña. A mí no me obsesionan las visitas de mi blog, ni mido mi placer al hacer fotos y escribir por ellas. Pero esto tampoco tendría sentido si no hubiera nadie “al otro lado”. Sé que pasado mañana volveré a tener cincuenta visitas al día, algo más que paupérrimo en comparación con otros blogs, pero suficiente para mí. Y mientras me siga gustando mi trabajo, seguiré adelante. Mientras siga teniendo a mi pequeño grupo de seguidores y suscriptores, mientras mis amigos me sigan escribiendo sobre alguna entrada que he publicado, sentiré que hay alguien a quien le importan mis pequeñas tonterías, y merecerá la pena.

Porque al fin y al cabo, seamos francos, una fotografía no existe sin nadie que la mire.

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