“La oreja de Van Gogh”, en Alcorcón: “Día cero”

Volar cometas por el cielo es extraño: un ser de papel o tela disfrutando de la libertad del aire pero, al mismo tiempo, supeditado a la voluntad del que sujeta el cordel. Desde abajo se puede sentir el cielo; desde arriba, la falsa sensación de libertad del viento amarrado a una mano. Algo parecido ocurre con el último disco de “La oreja de Van Gogh”: cambio de sonido, apuesta clara por la electrónica pero sin perder su propia identidad. En realidad el cambio no es tan brutal, aunque en las primeras escuchas es como un martillo del que uno no sabe si dejarse golpear o protegerse. Pero finalmente las composiciones y la exquisita interpretación y arreglos terminan atrapando. Con nuevo productor y energías renovadas, el grupo donostiarra ha sabido reinventarse sin dejar, en realidad, de hacer lo mismo (en el sentido menos peyorativo). Anoche un excepcional concierto en la ciudad madrileña de Alcorcón terminó por confirmar que la madurez de esta formación musical es imparable. El sonido, potente y más roquero que nunca, hizo trizas los tópicos de grupo para quinceañeras; en realidad es para quinceañeras, quinceañeros, treintañeros y cualquier melómano sin complejos. Cada vez es más notable la presencia entre sus seguidores de varones y multitud de generaciones diferentes; normal en un grupo que va creciendo con ellos, madurando y sabiendo qué caminos recorrer, y por ende atrae a un sector más amplio de la sociedad.

De camino a Alcorcón, una pequeña lluvia a una hora del inicio del concierto parecía que iba a chafar la actuación. Me llegó el recuerdo de aquella noche en mi Aranjuez, cuando el agua enturbió una velada que no por eso dejó de ser inolvidable [VER FOTOGRAFÍAS DEL CONCIERTO DE ARANJUEZ DE 2010]. Pero las nubes esta vez se marcharon y no regresaron. El curioso auditórium al aire libre del parque de Alcorcón, con sus gradas a rebosar, estaba lleno a falta de más de media hora del inicio. Poco antes de la una de la madrugada empezó el espectáculo; y quedó claro desde ese mismo momento que la potencia y el rock iban a inundar la noche; el nuevo sonido de “La oreja de Van Gogh” ha ganado sobremanera (sin desmerecer el anterior), e instrumentos como la magnífica guitarra de Pablo Benegas lo agradecieron. Haritz sorprendió por sus originales percusiones, y se agradeció su mayor actividad en el escenario; en muchos sentidos ha mejorado como batería, sobre todo por su mayor garra en temas del último disco, como “Día cero” o “Cometas por el cielo”. Muy destacable, aunque desgraciadamente infravalorado por el público, son los arreglos y solo instrumentales en varios temas. La guitarra de Pablo y los geniales teclados de Xabi bien merecen un protagonismo que el público debería apreciar más. Xabi volvió a echar mano del curioso Theremin, un instrumento que se “toca” sin ser “tocado”, inventado en 1919 y usado hoy en día por otros monstruos como el dúo Amaral.

Para mí, el concierto de anoche fue difícil: en medio de un público especialmente marchoso, demasiado retrasado y detrás de varios gigantes de casi dos metros, encontrar un hueco para fotografiar fue complicado. Mi consuelo es que ya tenía magníficas fotografías del concierto de Aranjuez, así que iba más relajado. Aun así alguna interesante pude lograr de las cerca de trescientas que hice. La simpatía del grupo se manifestó cuando Leire le quitó la perenne gorra al bajista, el tímido Álvaro, cuando besó en la mejilla a Pablo (algo que realiza casi siempre en el tema “Rosas”), o cuando le puso un ramo de flores en la cabeza a Xabi. Sin contar con las innumerables “payasadas” del propio Xabi, con su habitual e inimitable humor. Cuando se dispusieron a tocar la lenta y terriblemente emocional “Jueves” (sólo voz y piano), el sonido residual de la feria les molestó notablemente; Leire bromeó antes de empezar, cantando las primeras estrofas a ritmo “Dance”. Pero la gran sorpresa no musical de la noche fue el anuncio en primicia de la próxima edición de un directo de “La oreja de Van Gogh”, posiblemente recogiendo la última gira de “Cometas por el cielo”, como anticipó la propia Leire: “¡Ya lo he dicho!”, no pudo reprimirse delante de su público. Tras complacer a sus seguidores con “Pop” en un bis verdaderamente improvisado (ya habían puesto la música de fondo), el concierto terminó por todo lo alto. Aproximadamente cien minutos se antojan pocos para una banda a la que se le acumulan las joyas en su discografía. Pero demasiado nos dieron para la entrada gratuita, y lo verdaderamente importante es la calidad, no la cantidad; en ese sentido, arrasaron. En mi cabeza todavía resuena un soberbio tema que no entra a la primera, pero que finalmente atrapa sin concesiones. Quizá sea por lo que dice la letra (algo que sólo quien ha tenido una relación sentimental puede comprender), por sus versos “in crescendo”, sus percusiones hipnóticas, ese bajo “atmosférico” (o estratosférico)… o todo a la vez. Sea como sea, es una pequeña joya que terminará por convertirse en un clásico; porque aunque la noche ya haya caído, toda leyenda comienza con un “día cero”.

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