Archivo para septiembre, 2012

Azul

Una lugareña cruza la calle en Alcalá de Hernares (Madrid). Bidimensionalmente, el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha hace lo propio por un imaginario “Océano Cervantes”, que separa y une al mismo tiempo la población donde se cree que nació el escritor español más famoso con la población argentina Azul. Dos lados de un mismo charco; dos poblaciones y una misma lengua; gentes tan distantes pero tan cercanas. Hermanos de la misma tierra y de la misma lengua. Si un Don Quijote esquemático en dos dimensiones es capaz de atravesar semejante distancia como si nada, qué no podremos hacer nosotros, hombres y mujeres tridimensionales, dejando atrás diferencias, complejos, prepotencias y racismos. Me dicen que en Azul hay otro mural parecido al de Alcalá, que el mismo artista dibujó este año, para hermanarnos y recordarnos que todos somos igual de soñadores. Sé que desgraciadamente nunca podré fotografiarlo, pues mi situación económica y profesional me lo impide; pero quién sabe si algún día, cuando sea, me encontraré paseando por esas calles del otro lado del “Océano Cervantes”. Desde luego, si ocurre, no tendré ninguna venda que me tape los ojos.

Y es que si bien aquí acaba de empezar el otoño, allí comienza a brillar la primavera.

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Al-laqqat

Cada vez que alicatamos un cuarto de baño quizá desconocemos porqué poner azulejos en una pared se denomina así. En realidad estamos cometiendo un error, pues deberíamos decir “azulejar”, según la RAE, que es la palabra que se refiere a la acción de revestir de azulejos un muro. Entonces ¿de dónde viene la palabra alicatar? Alicatar quiere decir cortar azulejos para darles una forma conveniente. Pero sigue sin resolvernos la duda: ¿por qué “alicatar”?
Paseando (al fin) por el impresionante Real Alcázar de Sevilla (una maravillosa obra de arte en muchos sentidos), un simpático encargado de seguridad se me acerca cuando enfoco mi cámara a escasos centímetros de una pared laboriosamente decorada con azulejos. Esta fotografía iba a tener un destino claro: mi serie “Las partes de un todo”. Pero merece una historia y un protagonismo mayores: dicho guarda de seguridad, como comentaba, ante mi asombro por la meticulosidad de la composición realizada siglos atrás, me explicó que los árabes realizaban estos trabajos con infinita paciencia, cortando uno a uno los azulejos  hasta conseguir la forma deseada y encajarla con el resto; cada pequeña parte ha sido trabajada a mano; cada estrella, cada esquina, cada triángulo… No salgo de mi asombro. Y, entonces, sin quererlo, me da la solución a nuestra pregunta sobre el verbo “alicatar”: “Usaban alicates para cortar los azulejos”, me asegura. La palabra alicate proviene del término árabe “al-laqqat”, que significa tenaza.

Una vez más está comprobado que escuchar enriquece más que hablar.


Mis armas

Estas son mis armas: mi cámara y mi cabeza; ninguna se esconde cobardemente detrás de ningún casco ni escudo. Pero si alguna de ellas se dispara, serán más poderosas que vuestras porras. Porque nuestras balas no son de fogueo, y nada os causa más miedo que la libertad de las palabras y las imágenes indiscriminadas. Así que seguid temblando, malnacidos.

[Recuerda: el 3 de mayo es el día mundial de la libertad de prensa. Pero sólo tiene sentido si la ejercemos todos los días pese a las intimidaciones de las aberrantes autoridades incompetentes.]


La esfera bioclimática

La esfera “bioclimática” era el icono de la Exposición Universal celebrada en Sevilla en 1992 (más conocida como “Expo 92”). Tenía quinientos micronizadores que pulverizaban gotas de agua que caían sobre los paseantes sin llegar a empaparlos, para aliviar el intenso calor de la ciudad española en pleno verano. Durante aquel año fue un auténtico símbolo innovador, cuyo funcionamiento fue pionero en investigaciones presentes. Yo tenía 10 años cuando estaba en funcionamiento (lo estuvo mientras duró la exposición: seis meses), pero nunca llegué a verlo en directo, sino sólo por medio de la televisión, los periódicos y las revistas. Si para un adulto parecía llamativo, para un párvulo era casi mágico; y más todavía: entrañable. A principios de los ahora tan lejanos años 90 se hablaba de las Olimpiadas de Barcelona y de la “Expo 92”. Para quienes éramos niños, al no haber tenido consciencia para vivir otros acontecimientos importantes, la “Expo 92” fue uno de los primeros contactos con la “realidad”. Por eso está presente, sin ser algo personal, como un entrañable recuerdo de nuestra infancia (Curro, Cobi…). A pesar de ni siquiera haber estado allí. Yo, por ejemplo, realicé un trabajo en EGB sobre la “Expo 92” a base de recortar fotografías de los periódicos (no existía Google).
Este verano se han cumplido veinte años de la “Expo 92”. Por cosas de la vida, sin haberlo planeado, me encuentro paseando por entre los restos de aquella exposición por la que tan orgullosos estábamos de nosotros mismos dos décadas atrás. Y por cosas de la vida, sin haberme nunca interesado especialmente por esta “Expo 92” durante este tiempo, reconozco lugares que nunca he visitado, edificios en los que nunca he estado, símbolos arquitectónicos que jamás había pisado y fuentes cuya agua jamás me había mojado. Y, sin embargo, todo es tan familiar; es como si hubiera viajado en el tiempo y estuviera literalmente viviendo dentro de mis propios recuerdos de mi infancia. Aunque estén en ruinas.
Hoy tengo 30 años y el sudor me resbala por la espalda. La cinta de mi cámara se me pega al hombro como los tentáculos de un pulpo, y me deja marcas del intenso calor, que me cuece la piel. Tengo el cuello rojo pero, al alzar la vista, veo la inmensa esfera bioclimática. Ya no parece tan inmensa ni hay visitantes refrescándose debajo; de hecho, toda la zona está desierta. Ahora es un espacio puramente empresarial, sin turistas ni lugareños. Las plazas y los parques están vacíos, y todo tiene un intenso hedor a abandono. Ya no le interesa a nadie. Tengo esa extraña sensación (que he tenido durante toda mi vida) de llegar siempre tarde a todo, incluso a mis propios recuerdos. Si me he citado conmigo mismo, llego veinte años tarde. Me mojo las manos en las pocas fuentes que aún funcionan, me empapo la cabeza y dejo que el agua me chorree por la espalda; hace tanto calor… Alzo la vista, saco la cámara de la funda, me sitúo encima del borde de unas de las fuentes y disparo. Imponente pero inerte, la esfera sigue presidiendo el lugar, impasible a la desolación que la rodea.

Y extrañamente me siento bien, como si hubiera cumplido una promesa que jamás realicé.


Alegoría del verano muerto

Estoy de nuevo a tu lado. Hay un extraño ambiente de verano terminado. De verano muerto que quiere descansar, pero que sigue dando coletazos. No hay nadie que nos moleste. Nada rompe este musitado silencio que nunca debería desaparecer. Alguna garza se alza mientras el sol desciende; lenta, tan lentamente, que creo que ambos están acompasados. Cierro los ojos y dejo que la brisa me despeine; inflo mis pulmones y puedo reconocer tu aroma, puedo sentir tu ser en mi frente. Aroma a carrascas, a encinas; aroma a laguna viva. Ese olor de agua que casi se mastica. ¡Cuánto tiempo sin probarlo! Abro los ojos y la claridad del cielo inmenso me hace daño en las pupilas. Pero el paisaje me protege: no hay edificios, no hay carreteras, no hay peatones, semáforos ni carreras por las aceras. Todo es tranquilidad; la tranquilidad del paso del tiempo por puro placer. Me quedaría toda la vida simplemente tumbado en tu regazo de tierra y piedras, fundido en tu cuerpo inerte, para saber cómo desaparecer completamente y no volver a ser encontrado. Me asomo a tu solitaria orilla y me sorprende un despliegue de turquesas, de verdes esmeraldas y profundos azules imposibles; creo que ningún impresionista sería capaz de mezclar esta paleta en un lienzo creíble. Han pasado diez meses desde que mis ojos se llenaron de tus colores por última vez, y me parece una eternidad. No sé si rompí alguna promesa de primavera, pero todo apunta a que sí. La promesa de mi fidelidad hacia tu fragilidad. Hoy te he venido a buscar y me esperas con un cielo de nubes juguetonas, que pintan figuras abstractas, iluminándose caprichosas con el ocaso, creando y destruyendo obras de arte efímeras que se reflejan en tus aguas. Y soy incapaz de apresarlas con mi cámara.
Esta noche te he escuchado llorar. Una lluvia de agua que me anuncia el otoño. Y el otoño cae a plomo, de un día para otro, sin previo aviso, congelando mi cuerpo. Lejos de arroparme, salgo afuera para sentir tu fuerza en mi piel. Es temprano por la mañana y el sol ya ha nacido, pero las nubes ocultan su fuerza tras cortinas de lluvia. Escucho el estruendo del viento y el agua golpeando el suelo. Dejo que me riegues, y lo haces sin compasión: la fría agua se estrella contra mi pelo, resbala por mi espalda y acaricia mi cuello. Completamente empapado, sé que es hora de marcharme, igual que el verano. Y sé también que no lloras por mí, pues no soy más que un viajero que ha regresado, pero que volverá a abandonarte una y otra vez, eternamente, porque ese es mi destino. Y el día que me muera seguirá habiendo garzas, seguirá reinando el silencio, volverá a morir el verano, seguirán los turquesas y esmeraldas, seguirá cayendo la lluvia…

Y no me echarás de menos.


Descomponiendo trazos

Sé que voy a perder antes de haber jugado.
Mi destino es ocultarme cada noche en tu regazo.
Más que componer relatos, descompongo en trazos
lo que dije ayer, lo que he soñado.

Miro alrededor, con mis ojos de bicho raro,
que sin condena, cárcel ni perdón se siente ya apresado.
Y calmar mi desazón con lo único que queda claro:
Qué fácil es rimar mi boca con tus labios.

Nadie nunca podrá entender estos ojos llorados.
Nunca nadie podrá leer esta mirada perdida.
No hay presente, mañana ni pasado.
Siempre es el mismo día que al oído me grita.

Seré el puntal de tu risa cuando a plomo caiga.
Pero es la sombra de su tristeza, no te engaño,
La que hunde mis cimientos y parte el forjado
de mis costillas, de mi alegría, de mi sangrante herida.

No sé si volveré a esta ciudad maldita.
Donde las negras sombras confunden árboles
con el perfil de rascacielos asonantes.
Siempre supe que lo que ven mis ojos es mentira.

Llevo seiscientas noches sin dormir.
Me quedan seiscientos días sin vivir.
Y guardo seiscientos sueños por cumplir.

Juego en tu regazo los trazos de lo que he soñado. 
Raro es estar apresado en el claro de tus labios. 
Llorados mis ojos, perdida mi mirada, el pasado me grita. 
Que caiga el engaño del forjado de mi sangrante herida. 
La ciudad maldita de los árboles asonantes es mentira. 
Dormir, vivir y sueños cumplir me cuesta seiscientos días. 


Las partes de un todo (2): Acueducto Romano de Segovia

Serie fotográfica: “Las partes de un todo”
2: Acueducto Romano de Segovia, en su parte central (28 metros de altura).