Tradiciones

Las tradiciones son importantes en la vida de una comunidad. Normalmente tratan sobre gastronomía, religión u otros hábitos populares, como el encaje de bolillos en Almagro o las fresas con nata de Aranjuez. En muchas ocasiones están protegidas o han aguantado el paso del tiempo por sí solas, sin ayudas. Pero eso no implica que todas sean admirables, dignas, sanas ni respetables. El Anfiteatro Flavio, más conocido como el Coliseo de Roma, es todo un símbolo de una época, la Antigüedad Clásica. Un monumento arquitectónico impresionante digno de estudio y admiración por sus características físicas, declarado Patrimonio de la Humanidad hace más de treinta años. Sin haber estudiado un mínimo de historia nada hace suponer hoy, viendo sus ingeniosas soluciones que han servido de inspiración para nuestros modernos recintos deportivos, que en su interior tuvieron lugar los espectáculos más atroces que hoy somos incapaces, afortunadamente, de imaginar. Sólo en su inauguración, en el Siglo I, murieron decenas de personas a las que nos referimos con eufemismos como “gladiadores”. Sin contar con animales inocentes. El  público acudía en masa, gracias a la capacidad de cincuenta mil espectadores, para divertirse mientras en la arena se destrozaban los unos a los otros. Y así durante casi quinientos años. Una tradición que, final y lógicamente, desapareció.
El 11 de septiembre de este año, Volante (un toro de 623 kilogramos) morirá a lanzadas en Tordesillas, en la tradición llamada “El toro de la vega”, que consiste en perseguir a dicho animal principalmente a caballo por el monte y coserlo a lanzadas hasta darle la muerte, lenta, dolorosa y traumáticamente, con la “ayuda” de centenares de “personas”. Volante morirá en el campo, pero cada año muchos congéneres suyos lo hacen en esas plazas de torturas que llaman “de toros”. No son plazas de toros, en realidad, sino de matanzas. Son redondas, relativamente grandes y muchas de ellas centenarias. Pero, al contrario que en el Coliseo, en ellas aún se siguen practicando atrocidades, a pesar de que nos hayamos adentrado ya en el Siglo XXI. Quienes defienden estas salvajadas dicen que es una tradición antiquísima, que da trabajo y atrae al turismo. Exactamente igual que pasaba en Roma con el Coliseo. Y es que las tradiciones, por el hecho de ser tales, no implica que sean dignas de conservación.
Paseando por Toledo, esa mágica ciudad, uno descubre por sorpresa en un parque lejos del casco histórico los restos casi irreconocibles de lo que fuera un circo romano. Hasta hace bien poco, los coches aparcaban encima de sus restos, abandonados en un descampado, sin interesarles a las autoridades, que veían cómo se caían a trozos. Hoy la mitad de este monumento está rescatada (la otra mitad sigue sin excavarse). El circo romano de Toledo también data del Siglo I, como el Coliseo. Y, como en el Coliseo, los espectáculos que aquí se vieron quizá tampoco fueran demasiado culturales. Tras el Cristianismo, los visigodos expoliaron los sillares de granito para sus construcciones, mientras que los musulmanes le dieron otro uso a lo que quedó: los comerciantes montaron en las gradas sus establecimientos. Más tarde, los árabes lo reconvirtieron en cementerio.
Imagino que dentro de quinientos años no habrá polémica sobre los festejos de toros. Imagino (y sueño) con que algún historiador contará qué hacíamos en estas extrañas plazas redondas, hablando sobre una tradición perdida, mientras un documentalista rescata algunas fotografías, vídeos y demás material audiovisual (que pasará a ser arqueología algún día), y todos podrán ver, en color y quién sabe si en tres dimensiones, lo tremendamente salvajes que somos. Aunque probablemente yo no llegue a verlo, imagino que la lógica se impondrá, y despojándonos de nuestra cultura que ahora tenemos tan arraigada, poco a poco este infernal mundo de sangre y dolor quedará completamente injustificado y penado por leyes más modernas, justas y actualizadas (ojalá ni siquiera hicieran falta). Y así todas las plazas de toros podrán ser exclusivamente escenarios para representaciones teatrales, conciertos, talleres o grandes salones de baile. Darán trabajo y atraerán al turismo, pero sin sangre derramada. Y el toro, como tantas especies en peligro de extinción, ocupará su lugar natural, no el impuesto por el hombre para su exclusivo y dantesco uso y disfrute, con el prepotente pretexto (encima) de que lo estamos salvando de la extinción. Y si no ocurriera así, más vale extinguirse que vivir agonizando.

Igual que las tradiciones absurdas.

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