Dónde está Don Quijote

La crisis acecha implacable. La gente busca en los contenedores de basura cuando ayer veía su televisión de plasma sentada en su sofá de Ikea. No hay duda de que es más fácil que nunca caer de clase social. El capitalismo implacable lo posibilita. Pero desgraciadamente algunos “elementos” aprovechan este dramático hecho para acabar con aprendizajes inculcados durante generaciones. “Es que estamos en crisis”; y todo vale. ¿Todo? Porque queremos; porque nos dejamos engañar. Y no debemos olvidar que todo cómplice es igualmente culpable.
Don Quijote de La Mancha era un perturbado. Pero tenía en alta estima la justicia. Luchaba desde la peculiar perspectiva y la peligrosa valentía que dan unos sesos fritos por la locura. Pero sus valores no eran muy diferentes a los que nos inculcaron a los chavales que crecimos en los años 80 (y seguramente a muchas otras generaciones): solidaridad, igualdad, respeto, tolerancia… “Hay que ayudar a los que menos tienen”, “Todos somos iguales”, “Los más necesitados precisan nuestra comprensión”. Es tristemente estremecedor cómo estas palabras y frases hoy están vacías, e incluso sirven de mofa a terceros cuando uno los pronuncia. No sólo están vacías, sino que son despreciadas y ridiculizadas. “Es que estamos en crisis”, y quitamos la ayuda a los más necesitados. “Es que estamos en crisis”, y de repente el extranjero es la causa de todos nuestros males. “Es que estamos en crisis”, y la sanidad pública ya no es tan pública; ni tan solidaria. “Es que estamos en crisis”,  y de repente nos deshumanizamos; mejor dicho: nos deshumanizan. “Es que estamos en crisis”, y se acabaron los argumentos. Resulta que ahora los valores más básicos, esos que nos diferencian del resto del mundo (y de los animales), son los culpables de esta situación. Y somos tan tontos que nos lo creemos. Y ya no somos nunca más Don Quijote.
El sol se oculta en La Mancha. Las inmensas llanuras de tierra y campos de labor se adormecen. El color anaranjado de una día cálido llegando a su fin lo baña todo y nos sumerge en un telón casi irreal. Como si todo fuera un sueño. Pero no lo es. Como viejos fantasmas asoman las siluetas de tres molinos que quizá rondara Don Quijote. Miles de trabajadores se acuestan sin saber qué será de ellos. Es la incertidumbre de la clase media, de la clase trabajadora. Una clase que pese a todo siempre ha sido tradicionalmente solidaria para con quienes tienen incluso menos que ella. Pero nos están engañando, y ya  incluso cuestionamos nuestros propios valores: nos ponen unos contra otros, y mientras nos peleamos ellos siguen ganando; es lo que quieren: desquiciarnos y distraernos; dirigir nuestra rabia contra otras cabezas de turco. Y por eso ya no quedan Don Quijotes que recorran esta estepa. Ya no está de moda defender al más necesitado. No está de moda ser solidario ni tolerante. Nos quedamos en casa viendo nuestra tele de plasma en nuestro sillón de Ikea, pensando sólo en nosotros, en nuestro futuro, porque “es que estamos en crisis”. Tenemos miedo a no llegar a fin de mes, pero tenemos “Spartphones” con Internet incluido, nuestros niños juegan con “tabletas”  o “iphones”, compramos banderas de España para colgarlas en los balcones… Y dormimos tranquilos esperando ser ayudados cuando lo necesitemos, pero sin ayudar a nadie por el camino; y, además, ridiculizando, siempre ridiculizando. Porque en realidad estamos convencidos de que nosotros nunca  necesitaremos a ningún Don Quijote.

Pero los molinos siguen acechando en el anaranjado atardecer cuando dormimos. Un solo golpe y quizá todo vuelva a cambiar.  ¿Quién te va a ayudar entonces? “Es que estamos en crisis”; cierto: en crisis de valores.

(Afortunadamente en realidad sí quedan Don Quijotes; y muchos. Estos son sólo algunos: Médicos sin fronteras, Intermón-Oxfam, WWF, 

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