Archivo para agosto, 2012

Tradiciones

Las tradiciones son importantes en la vida de una comunidad. Normalmente tratan sobre gastronomía, religión u otros hábitos populares, como el encaje de bolillos en Almagro o las fresas con nata de Aranjuez. En muchas ocasiones están protegidas o han aguantado el paso del tiempo por sí solas, sin ayudas. Pero eso no implica que todas sean admirables, dignas, sanas ni respetables. El Anfiteatro Flavio, más conocido como el Coliseo de Roma, es todo un símbolo de una época, la Antigüedad Clásica. Un monumento arquitectónico impresionante digno de estudio y admiración por sus características físicas, declarado Patrimonio de la Humanidad hace más de treinta años. Sin haber estudiado un mínimo de historia nada hace suponer hoy, viendo sus ingeniosas soluciones que han servido de inspiración para nuestros modernos recintos deportivos, que en su interior tuvieron lugar los espectáculos más atroces que hoy somos incapaces, afortunadamente, de imaginar. Sólo en su inauguración, en el Siglo I, murieron decenas de personas a las que nos referimos con eufemismos como “gladiadores”. Sin contar con animales inocentes. El  público acudía en masa, gracias a la capacidad de cincuenta mil espectadores, para divertirse mientras en la arena se destrozaban los unos a los otros. Y así durante casi quinientos años. Una tradición que, final y lógicamente, desapareció.
El 11 de septiembre de este año, Volante (un toro de 623 kilogramos) morirá a lanzadas en Tordesillas, en la tradición llamada “El toro de la vega”, que consiste en perseguir a dicho animal principalmente a caballo por el monte y coserlo a lanzadas hasta darle la muerte, lenta, dolorosa y traumáticamente, con la “ayuda” de centenares de “personas”. Volante morirá en el campo, pero cada año muchos congéneres suyos lo hacen en esas plazas de torturas que llaman “de toros”. No son plazas de toros, en realidad, sino de matanzas. Son redondas, relativamente grandes y muchas de ellas centenarias. Pero, al contrario que en el Coliseo, en ellas aún se siguen practicando atrocidades, a pesar de que nos hayamos adentrado ya en el Siglo XXI. Quienes defienden estas salvajadas dicen que es una tradición antiquísima, que da trabajo y atrae al turismo. Exactamente igual que pasaba en Roma con el Coliseo. Y es que las tradiciones, por el hecho de ser tales, no implica que sean dignas de conservación.
Paseando por Toledo, esa mágica ciudad, uno descubre por sorpresa en un parque lejos del casco histórico los restos casi irreconocibles de lo que fuera un circo romano. Hasta hace bien poco, los coches aparcaban encima de sus restos, abandonados en un descampado, sin interesarles a las autoridades, que veían cómo se caían a trozos. Hoy la mitad de este monumento está rescatada (la otra mitad sigue sin excavarse). El circo romano de Toledo también data del Siglo I, como el Coliseo. Y, como en el Coliseo, los espectáculos que aquí se vieron quizá tampoco fueran demasiado culturales. Tras el Cristianismo, los visigodos expoliaron los sillares de granito para sus construcciones, mientras que los musulmanes le dieron otro uso a lo que quedó: los comerciantes montaron en las gradas sus establecimientos. Más tarde, los árabes lo reconvirtieron en cementerio.
Imagino que dentro de quinientos años no habrá polémica sobre los festejos de toros. Imagino (y sueño) con que algún historiador contará qué hacíamos en estas extrañas plazas redondas, hablando sobre una tradición perdida, mientras un documentalista rescata algunas fotografías, vídeos y demás material audiovisual (que pasará a ser arqueología algún día), y todos podrán ver, en color y quién sabe si en tres dimensiones, lo tremendamente salvajes que somos. Aunque probablemente yo no llegue a verlo, imagino que la lógica se impondrá, y despojándonos de nuestra cultura que ahora tenemos tan arraigada, poco a poco este infernal mundo de sangre y dolor quedará completamente injustificado y penado por leyes más modernas, justas y actualizadas (ojalá ni siquiera hicieran falta). Y así todas las plazas de toros podrán ser exclusivamente escenarios para representaciones teatrales, conciertos, talleres o grandes salones de baile. Darán trabajo y atraerán al turismo, pero sin sangre derramada. Y el toro, como tantas especies en peligro de extinción, ocupará su lugar natural, no el impuesto por el hombre para su exclusivo y dantesco uso y disfrute, con el prepotente pretexto (encima) de que lo estamos salvando de la extinción. Y si no ocurriera así, más vale extinguirse que vivir agonizando.

Igual que las tradiciones absurdas.


A la deriva

A veces uno se siente tan perdido y a la deriva como una diminuta hoja flotando en un inmenso océano. Literalmente.


Maldita preciosa postal

Odio cuando me dicen: “Esta foto es de postal”. No hay peor insulto para un fotógrafo, con todos mis respetos a los fabricantes de recuerdos bidimensionales. Una postal es una imagen comercial, sin ninguna pretensión artística, tan típica y tópica sobre algún lugar, algún monumento, algún paisaje que no entraña habilidad alguna. Simplemente apretar el botón y hacer un plano general esperando que sea el lugar, el monumento o el paisaje el que haga todo el “trabajo”. Sí, eso mismo es lo que hacemos los fotógrafos en ocasiones cuando documentamos. Pero es en la fotografía de autor donde se desmarcan los verdaderos cazadores de imágenes, aquellos que encuentran obras de arte donde aparentemente no hay nada, de los que simplemente “tiran” fotos delante de algo bonito sin ningún tipo de esfuerzo creativo. Por eso, aunque en realidad tuve mucha paciencia para esperar a que el pavo dichoso posara para mí donde yo quería, y acabé con agujetas al disparar y disparar de cuclillas durante un cuarto de hora…

…Odio esta maldita preciosa postal.


Cruceiros

Diseminadas por toda Galicia, según vamos viajando, nos topamos con numerosos monumentos que, eclipsados por los más famosos y voluminosos hórreos, habitualmente pasan desapercibidos al despistado forastero. Pero ya sea en plenas ciudades o fuera de ellas, aparentemente en medio de ningún lado, se levantan estas columnas de granito coronadas por cruces y demás representaciones religiosas. Algunas son simples, muy simples; otras son auténticas obras de arte con finas representaciones en las que se mezclan elementos paganos y cristianos. Pero todos son cruceros, o “cruceiros” (como se los conoce en estas tierras). Ancestrales monumentos cuya ubicación no está dejada al azar, pues cumple una función en lugares especiales: combatir el mal en sitios de gran simbolismo o devoción, proteger al viajero de la Santa Compaña en los peligrosos cruces de caminos, delimitación del terreno de una parroquia, señalización de paradas en rutas peregrinas… Pero en realidad no tienen origen gallego (aunque aquí encontramos la mayor cantidad: unos diez mil) ni son exclusivos de aquí: se cree que llegan de Irlanda, cuando  el advenimiento del cristianismo reconvirtió parte de los menhires desde el siglo VI. Y se encuentran también en Castilla y León, Portugal, Irlanda, Inglaterra o Brasil. Los cruces de caminos en aquella época eran lugares peligrosos, pues obligaban al viajero o peregrino a elegir su destino. Su decisión implicaba riesgo; no sólo por el camino en sí, sino por quién nos podríamos encontrar en él. La cultura popular vio en estos lugares, por este motivo, una puerta de entrada hacia posibles inframundos. Había que santificar semejantes peligros; los cruceros cumplieron esa función o, al menos, calmaban a los viajeros, que al encontrarse con su figura, respiraban aliviados, como un auténtico placebo de piedra.
Uno no es religioso ni supersticioso; es fácil en el siglo XXI. Pero sé detenerme a admirar estos viajeros del pasado que han sobrevivido hasta nuestros días. Pienso en las penurias que pasaron nuestros ancestros, en sus miedos y supersticiones, que les hizo levantar estas y otras obras que hoy se antojan faltas  de sentido. Algunos “cruceiros” parecen desubicados en plenas ciudades, en medio de calles abarrotadas de coches, que los rodean entre cláxones y humos capaces de asustar hasta la misma Santa Compaña. Pero ahí siguen, quién sabe si protegiéndonos o sólo decorando. Quién sabe si manteniendo tradiciones o sólo atrayendo al turismo. Quién sabe si calmando mentes atormentadas o sólo sirviendo de excusa al viajero para pararse, contemplar el mar y reflexionar sobre la vida, la muerte, nuestra alma, nuestras elecciones, nuestro futuro, nuestros errores…

Si es así, siglos después de su construcción, este “cruceiro” de Vigo cumplió su misión conmigo.


Breve espiral de hojas

Por alguna razón (que ignoro) en mis fotografías nunca o casi nunca hay movimiento ni desenfoque general. Por alguna razón hoy la norma se rompe. Llevaba demasiado tiempo enfadado con mi propia cámara después de varias escapadas sin material interesante que guardar. Quizá por eso esta calurosa mañana las ideas se acumulaban y era capaz de “ver” las fotografías antes de hacerlas. Eso me permitió echar mano de técnicas que normalmente no uso: larga exposición, desenfoque, movimientos… Y color, mucho color. Después de demasiado tiempo he sentido esa extraña sensación, mezcla de alegría y satisfacción, al lograr la imagen perfecta que estaba buscando. Y por eso hoy todo tiene sentido. Intentaré no pensar en exceso y creer que ha merecido la pena. Por una vez seré feliz sólo haciendo fotos; haciendo fotos y nada más. Esta espiral de hojas ocres no es casual: tras más de veinte intentos, la imagen se forma y siento que es la correcta. No sé si es una metáfora de mi mundo girando, quizá demasiado deprisa, quizá demasiado incontrolado; pero me siento satisfecho y cómodo en esta breve espiral de hojas. Todo lo demás no importa. Al mirar por el visor desaparece mi vida y sólo el ruido del obturador existe en mi universo.

Y vuelvo a comprender por qué me gusta tanto la Fotografía.


El árbol caído

Nadie hará leña de este árbol caído; es de carne.


Atardecer apagado

Esta vez me pillo los dedos.
Esta vez me muerdo los labios.
Esta vez me trago el silencio.
Esta vez me quedo a tu lado.

Esta vez me mata la pena.
Esta vez ni tanto ni calvo.
Esta vez no importa mi condena.
Esta vez te sigo esperando.