El escultor del sonido

Desde que con casi 11 años descubriera un disco azul llamado Tubular Bells II, este pequeño mortal comprendió el sentido de ponerse unos cascos y dejarse llevar por un universo musical que no ha vuelto a encontrar en ningún otro artista del mundo. Aquella música fue la guinda a los vinilos que mi padre ponía los domingos en el viejo tocadiscos de su casa, cuando yo aún era demasiado pequeño como para apreciar esa amalgama de sonidos en todo su esplendor. Pero las percusiones de Crises y los increíbles directos de Exposed habían sido la banda sonora de mi vida desde que nací sin darme cuenta, junto con otros monstruos como Alan Parsons, Dire Straits o Pink Floyd. Quizá esa fue la clave para que más tarde quedara enganchado a una música que era tachada de “marginal”, “extraña”, “estúpida” o “aburrida” en los años 90. Y desgraciadamente, en una época en la que casi nadie tenía Internet y sólo los “pijos” presumían de teléfono móvil, quedarse enamorado musicalmente de Mike Oldfield era duro para un adolescente: los demás te miraban con cara rara, no podías hablar con nadie sobre sus discos, y lo peor de todo: no había absolutamente ninguna información sobre él en los medios de comunicación, demasiado ocupados con las miles de estrellas acomodadas en los temas vocales. Por eso, encontrarse con sus discos en las tiendas de Madrid (casi como perlas perdidas en un mar de pop prefabricado) era una especie de descubrimiento del Santo Grial: miraba la portada, siempre extraña y misteriosa, desgranaba los títulos de sus temas e imaginaba cómo sonaría en el nuevo reproductor de discos compactos que la gente empezaba a llamar “cedé”. Y al pulsar el “play” los sonidos podían ser de cualquier tipo. Eso es algo que jamás ningún otro músico ha conseguido: reunir en su discografía baladas, rock sinfónico, rock a secas, pop, largas suites instrumentales, música clásica, jazz, blues, tecno, folk, rap, “new age”, “ambient”… Cualquier tipo de música podía aparecer como por arte de magia sin previo aviso. A lo largo de su carrera, Mike Oldfield no se ha cortado y siempre ha intentado experimentar, casi siempre de forma acertada, algunas de forma dudosa; es lo que tiene arriesgar, supongo. Ser un maravilloso compositor, un deslumbrante productor, un ingenioso ingeniero de sonido, un “multiinstrumentista” capaz y uno de los mejores guitarristas de todos los tiempos le pone a otro nivel. Amar su trabajo en la adolescencia, una época de la vida donde la música juega un papel fundamental en la personalidad de los adolescentes, era como rebelarse inconscientemente contra lo esperado, contra lo establecido, contra lo “normal”, contra lo “fácil”… Mientras los demás cantaban estribillos con los que autoidentificarse, un solo de guitarra, un piano cristalino, un xilófono o una flauta eran los mejores emisores de mis propios sentimientos. ¿Qué adolescente podría entenderlo? Así aprendió Oldfield a expresarse: niño prodigio de padres divorciados y huérfano de madre a los 20 años, con problemas sociales y adicto a las drogas y al alcohol, con constantes ataques de pánico, Mike se refugió en su música para sobrevivir. Le costó varias décadas, pero lo logró. Y por el camino ha dejado las melodías más maravillosas y los sonidos mejor elaborados. Se dice que a cada escucha de un tema de Oldfield se descubre una melodía oculta, un sonido nuevo, una percusión perdida… Es parte de su magia. Es parte de su encanto. En sus propias palabras, Oldfield se autodefine como un “ejemplar en peligro de extinción: el músico.” Un “escultor del sonido” que siempre busca nuevas metas, aunque lleve cuarenta años de una búsqueda cuyo fin sólo es en sí mismo su principio. Y aunque hoy podríamos decir que extraoficialmente está retirado, siempre nos quedarán sus inimitables trabajos; y eso vale más que alargar una carrera a base de repetir estribillos, repetir formatos, repetir sonidos, repetir la misma canción con diferente letra… Y dejar de ser un escultor para convertirse en un molde prefabricado.

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Una respuesta

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