La Alcaicería

De mi visita a Granada recuerdo con cariño muchos lugares y rincones. Pero uno me llamó la atención, quizá no más que otros, pero sí de forma especial: el zoco conocido como la Alcaicería. Se trata de un barrio típicamente musulmán formado por un conjunto de callejuelas donde se situaba el mercado. En este zoco se fabricaba y vendía principalmente seda. El emperador Justiniano cedió este espacio a los árabes para que comercializaran, y en agradecimiento éstos le pusieron al lugar el nombre de al-Kaysar-ia (La casa del César), que degeneró en el actual. Hoy poco tiene que ver en uso y estética al original (sobre todo después del incendio en el siglo XIX), pero de alguna manera el espíritu es el mismo: un mercado en el que se mezclan paseantes y curiosos para comprar y vender. Ahora también se mezclan culturas, religiones y razas en un maravilloso y colorido escenario que es deleite del turismo. Después de cuatro años de obras, esta alquimia de colores luce en todo su esplendor. Ojalá fuera una metáfora para que, en nuestra sociedad, destruyéramos en un gran incendio palabras como “moro” o “sudaca” y aceptásemos que todos somos afortunada y enriquecedoramente distintos, porque al mismo tiempo todos somos también seres humanos. Ya lo dijo el poeta estadounidense Walt Whitman: “Cuando conozco a alguien no me importa si es blanco, negro, judío o musulmán. Me basta con saber que es un ser humano.” Y quien no lo comprenda probablemente debería preguntarse si él tiene la dignidad de ser uno de ellos. Quizá esta callejuela no sea la más fotografiada de la Alcaicería, pero este contraste entre el esmerado relieve árabe y la pared desconchada parece discurrir paralelo a la construcción de una sociedad imperfecta que evoluciona, en constante progresión y con grandes aspiraciones, donde poco a poco no tienen cabida las ideas radicales. Porque las fronteras son los límites de la creatividad. Y no hay peor frontera que la intolerancia.

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