La Alpujarra

Al sur de Granada, arropada por Sierra Nevada, se abre un universo natural tapizado de contrastes. Federico García Lorca, Virginia Woolf y Antonio Gala son sólo algunos de los ilustres escritores que quedaron embelesados por sus paisajes. Es fácil: las montañas se abren y cierran en valles, barrancos y praderas siempre de intensos colores, a menudo verdes. Y por entre estos accidentados escenarios idílicos se levantan los pueblos más originales que la imaginación de sus fundadores, perdidos  en el tiempo, fueron capaces de crear. Adaptándose a la Naturaleza, y no al revés, levantaron algunos de los pueblos a mayor altitud de la Península Ibérica. Hoy son auténticos museos vivientes cuyos paseos son recomendables y placenteros; pero son museos funcionales en los que viven vecinos adaptados a su peculiar vida, casi aislados del resto del mundo en sus casas colgadas de los cerros, en escalones de terrazas visitadas por turistas asombrados. Casas blancas con pórticos, cuevas y pasadizos sobre las propias vías públicas. Casas de piedra y encaladas paredes, con tejados sin tejas que desafían a la lógica, con chimeneas que nacen como por arte de magia de la misma tierra. Un universo tan mágico que una sola entrada es insuficiente para abarcar todas sus deidades. Hoy nos quedamos a las puertas con este paisaje onírico y esta cascada que se desparrama como una arteria de agua buscando y dando la vida al mismo tiempo. Y mañana volveremos.

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