Maktub

“Maktub” es una película ñoña, cursi, muy predecible, con un guión forzado y “facilón”. Pero, aun así, es maravillosa. Porque hay películas a las que se les perdona casi todo. Son las que llamo “películas amables”; largometrajes que no hieren la sensibilidad del espectador con escenas dantescas pensando en los rancios críticos acomplejados, sino que inyectan dosis de optimismo y ternura a sus espectadores, entre las que podríamos meter a “Amelie”, “Forrest Gump” o “El hijo de la novia.”
Cuando uno termina de ver “Maktub” cree que todo va a cambiar en su vida, que la va a vivir de otro modo, que la gente no es tan mala, que se puede cambiar a mejor, que el optimismo lo puede todo, que la Humanidad merece otra oportunidad, que todo es posible… Pero es sólo la sobredosis de dos horas de dulzona anestesia cinematográfica que empalaga. El humor y el amor se esfuman cuando terminan los títulos de crédito; el mundo no parece estar acompañado de ninguna banda sonora ni de actores capaces de reconocer sus errores y abandonar su engreído egoísmo.
Mi fe en mis congéneres, he de admitirlo, se debilita cada día. Me cuesta cada vez más encontrar gente “humana”, sincera, sin intenciones ulteriores, sencilla, generosa, modesta, que sepa escuchar simplemente para aprender de las opiniones de los demás. Me cuesta encontrar a gente que no se ría de valores hoy en día despreciados e incluso perseguidos, como la tolerancia, el altruismo, la bondad para con otras razas… La crisis económica en realidad no es la más grave que padecemos; pero es más mediática.
Dice el egiptólogo y escritor español Carlos Blanco (famoso entre otras circunstancias por aparecer como niño prodigio en el desaparecido programa televisivo de medianoche “Crónicas marcianas”) que cree profundamente en Dios porque se niega a pensar que en el fondo todos los logros humanos de la Historia son absurdos, y que tiene que haber un sentido a todo, un “horizonte de racionalidad”.
Salgo a la calle y la decepción se apodera de nuevo de mí al contemplar el panorama. Respeto la fe de Carlos, como la de cualquier ser humano bondadoso. Yo no creo en Dios. Pero, por mucho que  llegue a casa despotricando contra algún individuo que se cruzó en mi camino, ser ateo no implica creer que nada en este mundo tiene sentido. Quizá en el fondo no sé cuál es, pero en eso los creyentes y los ateos estamos empatados; la diferencia es que unos reconocemos nuestra ignorancia y otros no. Y cuando buscar en la tierra no da sus frutos, mirar un cielo estrellado bañado por la luz de la luna en mitad de una noche dormida cuando nosotros también deberíamos estarlo, abracemos la creencia que abracemos, al menos reconforta. Y uno piensa que si puede encontrar allí arriba cualquier palabra escrita con estrellas, quizá merezca la pena seguir creyendo. O mejor dicho: confiando.

Y si faltan estrellas para escribir, nos las inventamos.

[El PROYECTO MAKTUB, paralelamente a la película, pretende levantar un centro de transplantes de médula ósea en Madrid]

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