Dragón de agua

Del vacío de su boca quedé obsesionado. Un vacío perdido entre dientes de hojalata. Un vacío perpetuo por donde nunca saldría llama alguna. Aquel viejo dragón colgado del tejado de una casona parecía estar acechando eternamente a una presa que nunca llegará. Y su demostración de perseverancia se convierte en locura cuando esta tarde de nubes vacilonas se derrite en miles de gotas de lluvia. Gotas que inundan el tejado de la casona y discurren como ríos artificiales, como canales en miniatura por calles y escalones. Ríos que fluyen buscando su desembocadura en alcantarillas anegadas de papeles y basuras. Pero justo cuando me preparaba para guarecerme presto en los soportales de la plaza, sobre mi paraguas cae a borbollones la saliva del dragón, pues resulta no era dragón de fuego, sino dragón de agua, y en este incauto ensimismado (regado a discreción) ha encontrado a su presa descuidada, que de tanto mirar las nubes y su boca abierta fue blanco fácil y mofa segura de su eterna silueta.

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