Archivo para junio, 2012

La Alpujarra (Bubión)

Bubión se descuelga a 1.300 metros del Parque Natural de Sierra Nevada al noroeste de la Alpujarra granadina. Cuando uno pasea por sus callejuelas tiene a menudo la impresión de estar caminando sobre los tejados; literalmente. Y es que gran parte de las casas de Bubión carece de tejado. En su lugar encontramos amplias explanadas llamadas “terraos”, construidos con launa (una arcilla compuesta de pizarra descompuesta) de los que nacen como setas las típicas chimeneas blancas. Aunque se cree que sus orígenes son romanos, fueron los árabes los que mayor impulso dieron a esta zona. Hoy somos nosotros los que pasearemos por sus encaladas calles, probablemente las más  pintorescas de cuantos pueblos hayamos visto.

Cuando uno pasea por Bubión tiene que tener en cuenta que una calle aquí puede zigzaguear por escaleras, meterse por debajo de alguna casa a través de algún hueco abierto en una pared o pasar por túneles de porches (llamados “tinaos”) durante varias decenas de metros. Y es que el concepto de calle cobra otro sentido en Bubión. La arquitectura bereber ha sobrevivido hasta nuestros días y se conserva gracias a la declaración de Conjunto Histórico-Artístico que se asoma al barranco de Poqueira, en pleno centro de La Alpujarra. Y en nuestro pasear contemplativo nos acompaña el fluir de manantiales que recorren las calles por regueros, acequias y demás canalizaciones antiquísimas. De aquí proviene el nombre de Bubión, pues el agua “bulle” por cualquier lugar, y los “bubioneros” la aprovechan para sus huertas y para sus guisos. Aún se conservan algunos lavaderos antiquísimos por donde el agua todavía transcurre, como vestigio viviente de un pasado muy lejano.

Los “tinaos” son porches que cubren algunas calles como túneles, y permiten que las casas superiores los usen como terrazas. Subiendo y bajando calles pasamos la tarde y disfrutamos del ambiente hogareño que desprende todo el conjunto. El murmullo del agua parece despedirnos mientras continuamos el viaje por la Alpujarra, descubriendo más lugares pintorescos y despertando los sentidos.


La Alpujarra

Al sur de Granada, arropada por Sierra Nevada, se abre un universo natural tapizado de contrastes. Federico García Lorca, Virginia Woolf y Antonio Gala son sólo algunos de los ilustres escritores que quedaron embelesados por sus paisajes. Es fácil: las montañas se abren y cierran en valles, barrancos y praderas siempre de intensos colores, a menudo verdes. Y por entre estos accidentados escenarios idílicos se levantan los pueblos más originales que la imaginación de sus fundadores, perdidos  en el tiempo, fueron capaces de crear. Adaptándose a la Naturaleza, y no al revés, levantaron algunos de los pueblos a mayor altitud de la Península Ibérica. Hoy son auténticos museos vivientes cuyos paseos son recomendables y placenteros; pero son museos funcionales en los que viven vecinos adaptados a su peculiar vida, casi aislados del resto del mundo en sus casas colgadas de los cerros, en escalones de terrazas visitadas por turistas asombrados. Casas blancas con pórticos, cuevas y pasadizos sobre las propias vías públicas. Casas de piedra y encaladas paredes, con tejados sin tejas que desafían a la lógica, con chimeneas que nacen como por arte de magia de la misma tierra. Un universo tan mágico que una sola entrada es insuficiente para abarcar todas sus deidades. Hoy nos quedamos a las puertas con este paisaje onírico y esta cascada que se desparrama como una arteria de agua buscando y dando la vida al mismo tiempo. Y mañana volveremos.


Marcas en la piel

Nuestra piel habla con lunares, pliegues, arrugas, cicatrices… La de los árboles, también. Al fin y al cabo, igual que nosotros, son seres vivos. También enferman, tienen cicatrices y verrugas. En Aranjuez hay una calle en sus famosos sotos históricos llamada “Verruga”. Hace referencia a estas malformaciones que aparecen abundantemente en los árboles de la zona. Esta corteza fotografiada en primer plano no presenta ninguna enfermedad aparente (aunque quizá mi amiga M. logre ver lo que yo soy incapaz). Parece perfecta: una coreografía de pliegues y estrías que cumple su función silenciosamente. Lo normal es fijarse en las copas más altas, en las ramas más anchas y en las hojas más verdes. Pero nada se tendría en pie sin las raíces y el tronco. A nosotros nos pasa igual: sólo cuando nos llama la atención algo en nuestra piel la prestamos atención. Al menos hoy, de momento e igual que este árbol, puedo respirar tranquilo.


Maktub

“Maktub” es una película ñoña, cursi, muy predecible, con un guión forzado y “facilón”. Pero, aun así, es maravillosa. Porque hay películas a las que se les perdona casi todo. Son las que llamo “películas amables”; largometrajes que no hieren la sensibilidad del espectador con escenas dantescas pensando en los rancios críticos acomplejados, sino que inyectan dosis de optimismo y ternura a sus espectadores, entre las que podríamos meter a “Amelie”, “Forrest Gump” o “El hijo de la novia.”
Cuando uno termina de ver “Maktub” cree que todo va a cambiar en su vida, que la va a vivir de otro modo, que la gente no es tan mala, que se puede cambiar a mejor, que el optimismo lo puede todo, que la Humanidad merece otra oportunidad, que todo es posible… Pero es sólo la sobredosis de dos horas de dulzona anestesia cinematográfica que empalaga. El humor y el amor se esfuman cuando terminan los títulos de crédito; el mundo no parece estar acompañado de ninguna banda sonora ni de actores capaces de reconocer sus errores y abandonar su engreído egoísmo.
Mi fe en mis congéneres, he de admitirlo, se debilita cada día. Me cuesta cada vez más encontrar gente “humana”, sincera, sin intenciones ulteriores, sencilla, generosa, modesta, que sepa escuchar simplemente para aprender de las opiniones de los demás. Me cuesta encontrar a gente que no se ría de valores hoy en día despreciados e incluso perseguidos, como la tolerancia, el altruismo, la bondad para con otras razas… La crisis económica en realidad no es la más grave que padecemos; pero es más mediática.
Dice el egiptólogo y escritor español Carlos Blanco (famoso entre otras circunstancias por aparecer como niño prodigio en el desaparecido programa televisivo de medianoche “Crónicas marcianas”) que cree profundamente en Dios porque se niega a pensar que en el fondo todos los logros humanos de la Historia son absurdos, y que tiene que haber un sentido a todo, un “horizonte de racionalidad”.
Salgo a la calle y la decepción se apodera de nuevo de mí al contemplar el panorama. Respeto la fe de Carlos, como la de cualquier ser humano bondadoso. Yo no creo en Dios. Pero, por mucho que  llegue a casa despotricando contra algún individuo que se cruzó en mi camino, ser ateo no implica creer que nada en este mundo tiene sentido. Quizá en el fondo no sé cuál es, pero en eso los creyentes y los ateos estamos empatados; la diferencia es que unos reconocemos nuestra ignorancia y otros no. Y cuando buscar en la tierra no da sus frutos, mirar un cielo estrellado bañado por la luz de la luna en mitad de una noche dormida cuando nosotros también deberíamos estarlo, abracemos la creencia que abracemos, al menos reconforta. Y uno piensa que si puede encontrar allí arriba cualquier palabra escrita con estrellas, quizá merezca la pena seguir creyendo. O mejor dicho: confiando.

Y si faltan estrellas para escribir, nos las inventamos.

[El PROYECTO MAKTUB, paralelamente a la película, pretende levantar un centro de transplantes de médula ósea en Madrid]


Creencias

Si no puedo creer en mi propia sombra, que siempre por las noches me abandona;
si no puedo creer en las promesas de abril, ¿cómo puedes creer tú en mí?
Una tonta silueta que sin tu sol se difumina, se reduce a un montón de mentiras.
Viejo loco que por soñar olvidó la medicina, y ahora vive en tu cuerpo de plastilina.

Por el escenario de tu boca se encalan las viejas paredes de mi torpe ventana,
que mira disimulando la luna en tu ombligo; me paso la vida pendiendo de tu hilo.
No tiene sentido seguir entre estos vicios: acechar y mirar sin ser visto,
aprender las reglas de un juego prohibido del que fui excluido;
porque todos saben que irremisiblemente, al final, mi condena es el olvido.


Día marrón

“Pienso al despertar que es un día ingrato. Y voy a llorar casi todo el rato. El aire se perfuma de aprensión: voy a tener un día marrón. Día bruma en mi corazón. Se presenta mal hoy el panorama; me voy a arropar dentro de mi cama. Me clava la amargura su aguijón: voy a tener un día marrón. Día de bruma en mi corazón. Un día tonto de pronto sin una razón, no es gris ni negro, es sólo marrón. El día en que se te pega al cuerpo el camisón, no es gris ni negro; es sólo marrón. Pienso al despertar que es un día ingrato. Y voy a llorar casi todo el rato. Crece como espuma mi obsesión: voy a tener un día marrón. Día de bruma en mi corazón. Un día tonto de pronto sin una razón, no es gris ni negro, es sólo marrón. No es gris ni negro, sólo marrón.”

Hay días marrones en los que sólo la maravillosa música de Luz, aunque sea melancólica (o precisamente por eso), es capaz de darle brillo a la bruma. Hoy las percusiones no valen para nada. “Feliz” día marrón.


Senna

Yo, cautivado por los pioneros paisajes de Ansel Adams, atrapado por los retratos sarcásticos de Robert Doisneau, maravillado por el instante decisivo del maestro Henri-Cartier Bresson, acomplejado por el coraje de Robert Capa, ensimismado por la realidad paralela de la irónica imaginación de Chema Madoz, enamorado de la sutil mordacidad de Elliott Erwitt… Sólo podía tener una gata en blanco y negro.