Su sueño cumplido

Se van ocultando los brillos del sol en mi pequeña ciudad sin rascacielos. Se van desplegando las sombras anaranjadas de las farolas que empiezan a despertar en mi calle dormida. Tumbado en la cama acosado por el calor de una primavera sedienta, recojo en mis manos los sentimientos de papel de una amiga en la distancia. Y al abrir sus páginas sobrevuelan en mi habitación sensaciones extrañas, ajenas, pero tan cercanas, tan humanas y tan sinceras que desafían la timidez de quien es incapaz de desnudarse en un libro. Y verso a verso voy comprendiendo y aceptando que todos somos humanos, que el miedo y la valentía van de la mano, que el amor y el deseo son el combustible de nuestro corazón, y que coartar su voz es un homicidio en primer grado.
Ana lleva tiempo luchando, y de tanto luchar ha salido ganando. Sus trofeos son la gente que la quiere, un hombre que la ama, un hijo que la idolatra y un libro donde ha recopilado el largo y duro viaje contra una enfermedad incomprendida y otras visiones personales. Sumergirse en ellas ha sido mirar cara a cara al abismo, y dejarse llevar (también) por esa imaginación a ratos apasionada, a ratos pícara, a ratos picante, a ratos desbordada. El placer de pasar las páginas físicas de su obra en un mundo digital desprovisto de alma ha sido reconfortante. Sobre todo cuando no se trata de uno de esos inventos comerciales llamado “best seller”, sino el fruto de una pasión, una necesidad de compartir sentimientos, una cabezonería empujada por amigos y familiares realizada para seguir sintiendo y, quién sabe, seguir componiendo más versos. Su libro late, palpita, está vivo. Quizá un profano en poesía como yo no pueda valorar en toda su magnitud esta obra, pero ha disfrutado de cada página y entiende que detrás de cada palabra hay un mundo, una sensación, un pensamiento… Y una valentía que más quisiera uno.
Duerme la cálida noche en mi pequeña ciudad. Duerme entre árboles susurrantes por el leve viento de madrugada. Duerme y doy las buenas noches sin tardar. Sobre mi mesilla reposan “a solas” los “rincones de mujer” que mi amiga me ha regalado. Es un pequeño que respira y palpita, que ha estado jugando con mis dedos toda la tarde y pide su descanso al ser acabado. Así que quito el “marcapáginas” y le dejo reposar bajo la atenta mirada luminosa de mi lámpara de noche. Lo miro y sonrío, lo miro y reconozco la ilusión vertida en su tinta, la satisfacción de ver un sueño cumplido. Su sueño cumplido que, con permiso y por esta noche, también será mío.

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