La cordura de los locos

La ventana está cerrada. Quisiera abrirla y gritarle al mundo: “¡Estoy vivo! ¡Estoy vivo! ¡Todavía respiro!”. Pero la luz me daña las pupilas cada vez que me acerco al marco de madera carcomido por el tiempo. Nada tiene sentido aquí dentro: el aire está corrompido, hay una humedad mortal que cala hasta los huesos, y el silencio es tan penetrante que los tímpanos revientan sin concesión. No es el miedo a morir lo que me impide luchar, sino la creencia de no tener derecho a hacerlo. No es la soledad lo que me asusta, sino arrastrar a mi acompañante a esta habitación con puertas sin pomo, con marcos sin fotos, con la cordura de los locos. Y quedarnos aquí los dos atrapados, mirando cómo la vieja ventana se va pudriendo mientras también lo hace su corazón contaminado por el mío. Jugué sucio: no la advertí que debía mantenerme fuera del alcance de sus besos.
Y del techo siguen lloviendo escombros que reposan sobre el quicio de la ventana, rompiendo la simetría del cuadrado perfecto de luces y sombras que formaba. Alguien, desde fuera, llama con aldabones de ignorancia. Y, al abrir la puerta, las paredes se desmoronaron sobre nosotros. Y sólo quedó en pie la vieja ventana y una foto gastada en la que aparece una figura movida queriendo decir nada.

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