Manzanares, cruce de caminos

La Mancha forjó pueblos empedrados, resecos por el implacable sol, peinados por los vientos de la llanura y anclados en el tiempo por sus costumbres y regios edificios. Manzanares es encrucijada de caminos, y lo fue incluso antes de que naciera, cuando las calzadas romanas atravesaban sus tierras y, más tarde, cuando la Mesta lo usaba para el pasto de su ganado. Hoy Manzanares sigue siendo un cruce de caminos importante en la “Llanura manchega” o “Mancha baja”. No nos cansamos de caminar por las tierras y pueblos de La Mancha, y hoy toca detenernos en Manzanares.

Dicen que los mejores melones del mundo se cultivan en Manzanares. La ciudad de veinte mil habitantes ha aprovechado las inmensas llanuras circundantes y sus dehesas para, entre sabinas y chaparros, plantar cereales, viñedos, maizales, alfalfas y los ya citados melones. Los innumerables caminos que atravesaron la comarca y su término municipal propiciaron un próspero comercio, gracias a una inmejorable red de comunicaciones, primeramente con las calzadas romanas procedentes de Toledo y Mérida; posteriormente, las con cañadas reales; más recientemente, con el ferrocarril que llegó en 1860; y, finalmente, ya en los siglos XX y XXI, con las carreteras nacionales. El buen viajero gusta también de hacer un alto en el camino para descubrir nuevos lugares, y desde siempre aprovechaba las posadas y ventas de Manzanares, que se llenaban de gentes de todos los puntos que disfrutaban sus paseos y su gastronomía. Hoy somos nosotros los que nos detenemos, y aunque no pernoctaremos, sí que daremos un pequeño paseo para descubrir parte de sus encantos.

El punto de partida para visitar Manzanares surge de la Plaza del Ayuntamiento. En 2009 sufrió una profunda remodelación que eliminó gran parte del ajardinamiento existente desde principios del siglo XX. Los responsables alegaron que habían recuperado el aspecto original del lugar para recobrar la estética urbanística histórica, desprovista de jardines, pero eliminó una solución ajardinada interesante. La plaza y por ende el mismo pueblo se formó en torno a la Iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, antiguamente Nuestra Señora de Gracia, cuya planta original se remonta al Siglo XIV, de estilo gótico tardío. Fue remodelada en los siglos XVI y XIX, y ofrece un interesante punto cultural en nada acorde con sus responsables religiosos que custodiaban el edificio cuando entramos en el santuario, pues resultaron muy desagradables, antipáticos, groseros y altaneros, y expulsaron con malos modos y peor educación a este viajero respetuoso y silencioso cuando paseaba tranquilamente por su interior. Una desagradable e inédita experiencia, jamás vivida por este viajero en ningún otro lugar, pero sabemos que no representa a las buenas gentes de estas tierras, cuya cordialidad y amabilidad comprobamos en cuantos santuarios y establecimientos entramos.  Nuestra visita continuó agradablemente por calles medievales.

La prosperidad económica de familias hidalgas y labradores ricos propiciaron la abundancia de palacios en pleno casco urbano. Eran en realidad casonas que flirteaban con la magnificencia, con intenciones de deslumbrar al visitante para hacer gala del poderío económico y estar a la altura de la prosperidad familiar. Hay muchos ejemplos en las calles del caso viejo de Manzanares, casi todos cortados por el mismo patrón: gran portalón de madera y patio central cuadrangular con doble arcada. Hoy algunos de estos edificios han sido rehabilitados y afortunadamente tienen un uso público, cultural o pedagógico, que permite no sólo al pueblo disfrutar de sus instalaciones, sino que el visitante también puede admirar la arquitectura popular de siglos ha. En el interior de una de ellas encontramos el Museo Manuel Piña, dedicado al aclamado diseñador de moda nacido en esta ciudad en 1944 y fallecido en 1994, también en Manzanares.

De calle en calle vamos paseando, contemplando conventos, iglesias, palacios y casonas. Pero el estómago despierta y es hora de reponer energías. Preguntamos por algún buen restaurante y nos llevan al Hotel Menano, un edificio típico bien conservado, donde probamos el “machacón”, plato típico de Manzanares consistente en una sopa cocido con puré de patatas, chorizo y huevo cocido; hace frío y el plato entra solo. Regresamos a la calle para visitar el Gran Teatro, de cuyo edificio original (que en 2011 celebró el primer centenario de su inauguración, en la que se representó “La corte del faraón”) sólo queda el colorido rojo de su fachada. Manzanares tiene una gran tradición teatral, gracias a la cantidad de viajeros que ha acogido a lo largo de las décadas, entre los que hubo actores y poetas.

Al otro extremo de la ciudad se levanta un edificio completamente diferente. Y es que, al pasear tranquilamente, llegamos a una pequeña plaza presidida por la Ermita de la Veracruz, donde nos sorprenden almenas y murallas; se trata del Castillo de Pilas Bonas, construcción que se remonta a antes de la fundación de la ciudad. Fue construido por la Orden de Calatrava para asegurar el dominio de su emplazamiento una vez deslindados los términos con la de Santiago, en 1239. Su fin también era defender las importantes vías de comunicación de la época, principalmente las Cañadas Reales de Cuenca y Soria. La historia de este castillo ha sido turbulenta, pues se perdió en el olvido, y fue invadido por construcciones contemporáneas que desdibujaron y desfiguraron su original aspecto, hasta rebajarlo a las ruinas. Afortunadamente, ya en el siglo XXI ha sido rehabilitado, aunque de forma privada, y se ha convertido en una hospedería con su correspondiente restaurante con reconocimientos y premios a su labor hostelera. Dicha rehabilitación consiguió recuperar elementos históricos como la torre del homenaje, las cercas, las murallas y los patios, siempre siguiendo la documentación histórica y el asesoramiento de arqueólogos e historiadores.

Por último nos acercamos al pulmón de Manzanares: el Parque del Polígono. Situado sobre la antigua huerta, se trata de un gran recinto cercado donde podemos pasear entre las sombras de plantas tradicionales y vegetación arbórea. Existe un gran estanque habitado por patos y una exposición permanente, a lo largo de todo el parque, que recrea un paseo por el Sistema Solar. Existe también una escultura en memoria de Azorín, escritor que en el tercer centenario de la publicación de la 1ª parte de Don Quijote de La Mancha recorrió estas tierras para el periódico El imparcial.
Y aquí, acompañados por pavos reales y demás animalillos, nos despedimos de Manzanares con la tranquilidad de la caída de la tarde, con ocres colores estampándose en los edificios, y con la sensación de habernos enriquecido con experiencias y lugares que ya forman parte de nuestro recuerdo.

[Textos y fotografías: La Retina de Cristal. Información para la elaboración de los textos: “Plano de Manzanares”, editado por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Libro “Manzanares”, editado por el Ayuntamiento de Manzanares. Página oficial del Ayuntamiento de Manzanares. Página “Escultura y arte”. ]

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