Archivo para abril, 2012

Fin del camino

“Se acabaron las palabras. Se rompieron los espejos desangrando la verdad. Algo se quebró dentro de mi y no hay vuelta atrás. Yo me iré. En el último minuto todo puede suceder. Decir adiós antes de que se aproxime el final. Yo me iré. Hoy palpita extraño mi corazón. Y decir adiós antes de que se aproxime…”

Es hora de cerrar los ojos. ¿Para siempre?


Lo desconocido

El miedo a lo desconocido en la piel.


Los deseos tirados en la cuneta

Me sorprende el ocaso como cada tarde desnudo de pensamientos. Indefenso y tiritando vuelvo a la realidad apartando el visor de mis ojos; como una bofetada violenta, mi retina se contrae. Llevo tanto tiempo mirando a través de estos cristales que todo depende del color de la realidad que me mira. Y pese a todo prefiero seguir apuntando con mi cámara; me hace menos daño. Aunque todo sea mentira. Como mi vida.
Los últimos pájaros buscan su nido por intuición; la oscuridad ha ganado la partida, como cada tarde, y el sol cae a plomo. El crujir de la tierra debajo de mis pies me reconforta. Mis zapatos están blancos, cubiertos por una pátina de polvo y estrellas. El polvo es real; las estrellas, espejismos. La vegetación se apiña en las márgenes del camino, respetándolo, como si fuera un ser vivo, como si fuera una serpiente infinita sin cola ni cabeza. El campo huele a sequía; el reseco valle bañado por el cadáver del Tajo despliega sus colores ante mí que, como un intruso, voy abandonándolo lentamente, recorriendo el viejo camino de vuelta a casa. Recorriendo la serpiente sin cascabel pero cargada de veneno en forma de melancolía que, sorbo a sorbo, bebo pusilánime.
¿Quién fue el primero que cogió este atajo? ¿Quién dijo: “Necesito aquí mismo una senda que me lleve a mi destino”? ¿Quién horadó en la tierra muescas para ir socavando el terreno y dominarlo para su propio provecho? Cada curva, cada repecho, cada recta conservada durante siglos… Son arterias de piedras que dan vida a pueblos, cortijos y caseríos. Me imagino cuántas historias guardan estas cunetas, cuantos viajes olvidados, cuantos secretos dormidos tirados en mitad de ninguna parte, como nubes anaranjadas que vienen y van lamidas por el sol crepuscular. Como los estúpidos deseos de este triste fotógrafo que, completamente confundido, se hace invisible y reza a sus dioses paganos para que le lleven lejos, muy lejos, adonde nadie llega y donde nadie labró ningún camino.  Porque allí, seguro, cerrará boca y corazón, dejará de soñar despierto y, quizá así, descanse en paz.

Y será sólo el estúpido recuerdo de mil deseos tirados en la cuneta de un camino perdido.


Nueva vida

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¿Cómo puede algo tan “feo” ser tan hermoso? Hoy mi princesa ha salvado una vida; y ahora forma parte de la nuestra. Se busca nombre.

Bienvenido, valiente.


La voz de Eco

Soy como Eco, repitiendo eternamente sus palabras, buscando una respuesta que nunca llegará; buscando mi propia voz que nunca escucharé. Soy como Eco, escondida en cuevas perdidas, viendo su silueta reflejarse en el limpio espejo de las aguas del estanque, queriendo apartar sus ojos de su propia imagen. Pero no puedo, y avergonzada me escondo en bosques verdes, por entre troncos altos y esbeltos, admirando la soberbia belleza de quien tuvo y nunca tendrá, porque de parsimonia se ahoga entre la indiferencia de un pedestal demasiado alto, demasiado frío, demasiado irreal.
Y le abandono antes de que su caída mortal levante un estruendo en el bosque, resquebraje su cuerpo de mármol en mil pedazos y se hunda en el estanque medio vacío de agua, pero lleno de orgullo mortal. Yo seguiré repitiendo las últimas palabras del viento, pero buscaré otra boca que invente lo que mi boca pronuncie, y eternamente me miraré en su espejo, donde será mi propio reflejo el que contemple.
Puede que yo nunca tenga mi propia voz, pero al menos no estoy muerto.


Manzanares, cruce de caminos

La Mancha forjó pueblos empedrados, resecos por el implacable sol, peinados por los vientos de la llanura y anclados en el tiempo por sus costumbres y regios edificios. Manzanares es encrucijada de caminos, y lo fue incluso antes de que naciera, cuando las calzadas romanas atravesaban sus tierras y, más tarde, cuando la Mesta lo usaba para el pasto de su ganado. Hoy Manzanares sigue siendo un cruce de caminos importante en la “Llanura manchega” o “Mancha baja”. No nos cansamos de caminar por las tierras y pueblos de La Mancha, y hoy toca detenernos en Manzanares.

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Ojos en las paredes

La tarde va cayendo y con ella las sombras, que cubren un paisaje pueblerino adormecido en el ancla del tiempo. Esta aldea es especial: desde la plaza se ve la iglesia; y desde la iglesia, el pueblo entero. Ambos, a distintos niveles, son microuniversos paralelos. La plaza, redonda y coqueta, en el centro de la poca acción cotidiana, como un agujero de arena y adoquines adonde convergen vidas, cotilleos y sueños. La Iglesia, arriba del todo, contemplando la villa, sus habitantes y sus diversas creencias. Y, desde esta privilegiada altura, me siento como un depredador atrapando almas en fotografías indiscretas. Veo palomas en los tejados, niños con bicicletas, viejas con el típico luto en sus trapos negros. Surgen encuadres, siluetas y experimentos, y al final una simple calle empedrada es el escenario perfecto. Está vacío, y lo ha estado durante mucho tiempo, pero de repente bajan tres personas y todo es perfecto: la luz de la tarde crea un ambiente de luces y sombras, de contrastes entre las blancas y viejas paredes encaladas, el camino oscuro de los adoquines y los abrigos oscuros de los caminantes. Los tejados, arriba del todo, son como el techo de la calle, y las ventanas y balcones parecen ojos acechando a nuestros protagonistas. Siempre hay ojos mirando; detrás de las ventanas o en el objetivo de un fotógrafo escondido sobre un mirador a decenas de metros. Siempre hay alguien mirando. Siempre he tenido esa sensación caminando por cualquier calle de cualquier pueblo o ciudad: alguien, siempre, me está mirando. El desorden de los edificios, que parecen apiñarse sin sentido ni planificación, como un conjunto amorfo de vidas ocultas tras paredes centenarias, parece abrirse al paso de los caminantes. Es como si las paredes se retiraran y la acera se convirtiera en una alfombra roja para guiarles. Detrás del soportal que conduce a la plaza, una mesa parece esperarles. Si se sentarán o no sólo lo sé yo. Y, lo crean o no, también forma parte de esta fotografía.