El peor ciego no es el que no quiere ver

Suena mi viejo piano de pared. Suena mi viejo corazón que toca techo. Suenan a la vez, y a la vez que suenan salen estrellas en el fondo del espejo. Cada punto de luz que brilla, cada viaje por el cielo, cada lágrima de luz que tiñe nuestros sueños. (Nunca) es demasiado tarde para aprender; (nunca) es demasiado pronto para morir. Y sigo caminando sin destino ni sentido. Suena mi vieja guitarra sin cuerdas. Creo que están oxidadas en el cajón. Anoche olvidé sacar la basura. Y ha cobrado vida. Y se sienta frente a mí. Y cree que es hora de sacarme a la calle. Y pienso quién tiene razón de los dos.
Suena mi viejo acordeón sin aire en sus pulmones llenos de agujeros. Suena el silencio en la casa vacía de sonidos, pero llena de aire. Y mientras todo suena me asomo a la ventana. La ciudad ya duerme, todo está en calma. Pego la frente al frío cristal y mi vaho empaña la realidad. Suena el reloj de pared, sin agujas ni péndulo, y sé que es hora de irse a dormir. Pero baja una estrella por la calle desierta, dejando su estela sobre el asfalto… Y comprendo que el peor ciego no es el que no quiere mirar, sino el que no deja ver a los demás.

Cierro la persiana y, para el mundo, ya he dejado de existir.

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