Pensar en blanco y negro

En los albores de la Fotografía, el blanco y negro era una limitación. Hoy, en pleno Siglo XXI, es una opción. Y, sin duda, un arte. Y de hecho siempre lo ha sido. Aunque algunas fotografías son magníficas con el colorido que las modernas técnicas nos proporcionan, nada ha podido acabar con las imágenes en blanco y negro. Y no es una casualidad. Hay fotografías que precisan plasmar los vivos colores que nos ofrece el paisaje que tenemos delante. Pero hay otras ocasiones que piden a gritos la riqueza tonal de la escala de grises. Es el fotógrafo quien debe saber elegir entre una u otra opción, cada una de ellas necesaria para cada momento.
El color afecta también a la exposición y al carácter cromático de la instantánea, y en muchas ocasiones desluce (aunque parezca contradictorio) imágenes cargadas de fuerza y expresión, distrayendo la mirada con colores superfluos. Por eso cuando elegimos el blanco y negro lo hacemos convencidos. Con esta opción, la composición toma el protagonismo. Los tonos y las formas se revelan en toda su magnificencia, y las texturas se enriquecen. Desposeídos del color, el contraste se agudiza y permite que las imágenes “cobren vida”, sean casi “táctiles”. Esta Puerta del Sol toledana parece querer salirse de la pantalla. Casi sentimos la rugosidad de las piedras en primer plano y los relieves del arco al fondo. La sensación de profundidad se amplía. Como decía Ansel Adams, experto fotógrafo que sacó el máximo partido a esta técnica en el Siglo XX, todo depende de la habilidad de quien toma la fotografía, de su capacidad de “visualizar” en blanco y negro. Porque en la Fotografía (casi) nada es casual.

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