La fuente que recuperó sus cabezas

Normalmente son las malas noticias las que monopolizan los titulares. Normalmente nos gusta quejarnos por cualquier motivo, y a buen seguro es un sano y necesario ejercicio para reivindicar lo que creemos justo. Pero también es justo reconocer algo bueno, por aparentemente nimio que sea. Y como en esta y en otras “aventuras” nos empecinamos en denunciar las agresiones ecológicas o contra el patrimonio de nuestras ciudades, es de recibido quitarnos el sombrero ante ciertas actuaciones. Esta es una de ellas, pues aunque no sea nueva es relativamente reciente.
La Fuente del cisne o de las cabezas está situada en el Jardín del Príncipe de Aranjuez. Hacía más de ciento cincuenta años que desaparecieron los elementos que daban nombre al conjunto: las ocho cabezas que, yaciendo en el suelo, escupían agua hacia el centro de la fuente. La obra se realizó durante el reinado de Carlos IV y se restauró por orden de Fernando VII. En ella vemos a dos tritones (figuras mitológicas formadas por niños con colas de pescado) sujetando a un cisne que escupe agua. Desgraciadamente, y hasta su reciente restauración en 2009, las cabezas que estaban en los bordes del baso desaparecieron, y sólo quedaron los agujeros donde estaban colocadas. Pero paseando por el  jardín hoy podemos comprobar cómo las cabezas han regresado a su terrenal ubicación, y forman una extraña, original y atrayente imagen. Cuando están apagadas parecen querer gritar algo al viento, quizá dando las gracias por su resurrección del olvido.
Como curiosidad, la rehabilitación ha implicado cortar el acceso a la fuente, y ahora sólo se puede rodear sin acceder directamente a ella. ¿El motivo? Estamos tan poco civilizados que dejarnos acceder a un monumento con unos elementos histórico-artísticos tan al alcance de nuestras necias manos sería un peligro para la integridad de las esculturas. Es así de triste. Es así de cierto. Paradójicamente quedan sin uso los bancos y las papeleras que quedaron atrapados dentro del recinto ahora vedado. Al menos desde detrás de los setos (o “búnibos”, como dicen por aquí) podemos contemplar la fuente con las cabezas ya en su sitio, como si estuviéramos detrás de las barreras, pero no por estar en peligro, sino por ser nosotros el peligro mismo.
Ojalá no volvamos a “perder la cabeza.”

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