Archivo para febrero, 2012

Paisaje despreocupado

A la luz de una vela todos mis defectos se disimulan. A la luz del ocaso mortecino de una tarde dormida, el paisaje se difumina en siluetas y ecos negros. Ecos que no quisieron nacer, pero que convertidos en gritos perdidos deambulan buscando un destinatario que nunca aparece. Me asomo al borde del precipicio y me pregunto si podré volar. Me pregunto si mi cuerpo está preparado para dar un salto y, aleteando, despegará sobre este paisaje de luces y sombras. Luces y sombras; siempre luces y sombras. Cierro los ojos y sé que siguen ahí: la montaña presidiendo con su majestuosa estampa el lago apresado entre paredes de piedra y bosques infinitos; los brillos del agua, auténticas estrellas fugaces que de tanto correr por el cielo bajaron para beber un trago, y presas quedaron entre diminutas olas de aguas traidoras; sé que también está el camino que me trajo aquí, la baranda de madera sobre la que apoyo mis manos y el suelo que sujeta mi cuerpo; como un alfiler clavado a la Tierra. Sé que todo está ahí, aunque no lo vea. Respiro el sonido del silencio; escucho el aroma del viento jugando al escondite (ganando, siempre ganando); me como la cabeza y me bebo el corazón. Y pienso mientras caigo que por una vez habré perdido la razón.
Ahora sólo soy una estrella más ahogándose en su mar de aguas turbias y frías.


De cómo quiso trepar una muralla que creyó escalera

Observó la muralla que languidecía sobre el polvoriento camino cuyo trazado pocos pies pisaban, y aun menos almas pensaban. Observó la muralla y en verdad creyó que de una altísima escalera se trataba, por cuyo borde creyó conveniente trepar, para alcanzar “el mismísimo cielo” que a sus pies habían puesto las celestiales criaturas del paraíso que aseguraba ver, fruto de elucubraciones febriles convertidas, sin duda, en alucinaciones matutinas. Y no le importaron advertencias ni improperios algunos; manchó sus cuarteadas manos con la tierra y las piedras que formaban aquella muralla para ayudarse a escalar, sin saber muy bien qué debía alcanzar. Y paso sobre paso, más tembloroso el siguiente que el primero, y que el anterior, fue ascendiendo entre titubeos, blasfemias, tropiezos y torpes equilibrios a cuatro patas. A mitad de camino, al comprobar que su verticalidad casi no tenía sentido, creyó haberse equivocado, pero no cejó en su empeño, por no dar mal ejemplo al cuantioso gentío que a sus pies se había convocado. Las risas y burlas sonaban a ánimos y asombros en sus oídos. En su lento y caricaturesco ascenso, algunas piedras se desgarraron del cuerpo de la pared e impactaron contra el suelo con tanta furia que se partieron por su mitad. Pero ni el suicidio de las piedras impidió que coronase el muro, se pusiera de pie y mirase al horizonte con extraño orgullo, extremo cansancio y extraordinaria cordura. Comprendió que no había escalera, ni paraíso, ni criaturas maravillosas. Recobró el vértigo en sus ojos y las flaquezas en las piernas al mismo tiempo, antes de precipitarse con estruendo hacia el suelo, donde siete u ocho voluntarios le estaban esperando desde el inicio de su locura, conscientes de que tarde o temprano tenía que descender, y visto el estado mental de su azotea, no iba a ser de buenas maneras. Entre risas y gritos, fue manteado hasta quedar abandonado en el camino, donde yació mientras las burlas se fueron confundiendo con el viento que silenció el páramo manchego e hizo que la muralla recobrara su aspecto impertérrito. Sucio, vapuleado y humillado, sus fuerzas sólo alcanzaron a levantar su maltrecho cuerpo, frotarse las manos sacudiéndose el polvo, enjugarse el intenso sudor de su frente y exclamar a nadie:

-Majestuosa escalera la que aquí, perdida de la mano de Dios y abandonada por las gentes de estas baldías tierras, se atreve a retar a nuestro cielo azul, dando sin duda un noble ejemplo de superación que algún buen hombre, quién sabe cuándo, osará a subir hasta lo más alto. ¡Qué daría yo por verlo en vez de tener que seguir mis pasos y obviar tan sugerente reto!

Y prosiguió su marcha sin mirar atrás.


Dits et regret

“Dichos y lamento”. El caminar contemplativo nos da sorpresas. Y de tanto contemplar nos topamos a veces con mensajes perdidos en el tiempo. Auténticos viajeros que han atravesado siglos y se nos presentan como desafíos a nuestra realidad anodina. Alguien lo escribió para que lo leyésemos. Y si hoy lo resaltamos es porque ni esta inscripción es reciente ni está realizada sobre cualquier pared: son los ladrillos que conforman un histórico puente levantado en 1751 y por el que pasaron miembros de las Guardias Walonas muy cerca del Real Palacio de Aranjuez. Y en esta extrañamente calurosa tarde de febrero me imagino a las tropas descansando, recostados sobre estos mismos ladrillos, contemplando el río Tajo, arañando la pared para dejar una frase inquietante: “Dits et Regret”; dichos y lamento. Y la imaginación vuela. Y los ojos se mueven, descubriendo nuevos grabados, con fechas incluidas que se remontan a los siglos XVIII y XIX. Y nombres y frases van surgiendo. Algunas, vistas “in situ”. Otras, al desgranar píxel a píxel las instantáneas en el ordenador. Y vuelve a volar la imaginación…

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La fuente que recuperó sus cabezas

Normalmente son las malas noticias las que monopolizan los titulares. Normalmente nos gusta quejarnos por cualquier motivo, y a buen seguro es un sano y necesario ejercicio para reivindicar lo que creemos justo. Pero también es justo reconocer algo bueno, por aparentemente nimio que sea. Y como en esta y en otras “aventuras” nos empecinamos en denunciar las agresiones ecológicas o contra el patrimonio de nuestras ciudades, es de recibido quitarnos el sombrero ante ciertas actuaciones. Esta es una de ellas, pues aunque no sea nueva es relativamente reciente.
La Fuente del cisne o de las cabezas está situada en el Jardín del Príncipe de Aranjuez. Hacía más de ciento cincuenta años que desaparecieron los elementos que daban nombre al conjunto: las ocho cabezas que, yaciendo en el suelo, escupían agua hacia el centro de la fuente. La obra se realizó durante el reinado de Carlos IV y se restauró por orden de Fernando VII. En ella vemos a dos tritones (figuras mitológicas formadas por niños con colas de pescado) sujetando a un cisne que escupe agua. Desgraciadamente, y hasta su reciente restauración en 2009, las cabezas que estaban en los bordes del baso desaparecieron, y sólo quedaron los agujeros donde estaban colocadas. Pero paseando por el  jardín hoy podemos comprobar cómo las cabezas han regresado a su terrenal ubicación, y forman una extraña, original y atrayente imagen. Cuando están apagadas parecen querer gritar algo al viento, quizá dando las gracias por su resurrección del olvido.
Como curiosidad, la rehabilitación ha implicado cortar el acceso a la fuente, y ahora sólo se puede rodear sin acceder directamente a ella. ¿El motivo? Estamos tan poco civilizados que dejarnos acceder a un monumento con unos elementos histórico-artísticos tan al alcance de nuestras necias manos sería un peligro para la integridad de las esculturas. Es así de triste. Es así de cierto. Paradójicamente quedan sin uso los bancos y las papeleras que quedaron atrapados dentro del recinto ahora vedado. Al menos desde detrás de los setos (o “búnibos”, como dicen por aquí) podemos contemplar la fuente con las cabezas ya en su sitio, como si estuviéramos detrás de las barreras, pero no por estar en peligro, sino por ser nosotros el peligro mismo.
Ojalá no volvamos a “perder la cabeza.”


Aproximaciones a mis sueños

La mañana cantaba canciones nebulosas: los ríos eran pianos cristalinos, líquidos instrumentos de la naturaleza desbordada; cada árbol era un sonido lanzado al viento; y el viento, el pentagrama donde cada nota quedaba estampada una décima de segundo hasta de convertirse en eterna en la memoria del recuerdo.
Echando atrás cabeza y vista, recuerdo pasear triste por tierras perdidas en un planeta pequeño. Recuerdo el aroma del viento y las nubes lamiendo el cerro, bajando y subiendo. Recuerdo tumbarme en la hierba y quedarme dormido un momento. Recuerdo despertar al día siguiente y creer que todo fue un sueño. Pero ni rojo ni negro: la apuesta la perdí sobre el terreno cuando alcé la vista y me topé con mi maestro: ave libre que surca sin miedo los cielos, que baila sobre la nebulosa mañana y sobre los líquidos instrumentos. Y sigue, y sigue, y sigue… Y baila, y baila, y baila. Y yo, quieto, sólo quieto, eternamente quieto. Unido por pies y mente a una tierra que se desvanece por momentos.
Anuncia el sol que va a acostarse sobre el cielo. Y las sombras salen de sus cuevas arrastrándose sobre el barro, ocupando su lugar enganchadas a nuestros cuerpos. Parece querer levantarse la niebla, pero no hay colores que tiñan la estampa, sólo el vacío mudo del eco. Tumbado boca arriba siento el peso del universo clavado en mi pecho. Siento el peso de satélites y estrellas, de blancas lunas y agujeros negros. Y justo cuando mis ojos sucumbían al sueño espeso, vencidos por el viento acariciando mis mejillas en silencio, el ave suicida se precipitó sobre el techo del mundo, rompiendo la burbuja y dejando entrar de un golpe la nada infinita con todo su peso. Y flotando a la deriva quedamos en un mar de confusiones, en un mar de desencuentros, en un mar de locuras sin ningún barco ni puerto. 

Y si todo esto fue mentira y no lo recuerdo, es porque sólo soy un personaje dentro de su propio sueño.


Tarde de domingo en Madrid

Hoy sobran las palabras que no estén en pancartas.

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Un maestro

Aún quedan sabios y genios vivos. Lástima que sus palabras no estén de moda.

“El miedo es mucho más fuerte casi, desgraciadamente, que el altruismo, que el amor, que la bondad.”
“Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión no tiene ningún valor.”