Archivo para enero, 2012

Copia de seguridad

A finales del año pasado perdí por error un buen número de mis fotografías. Desde entonces he podido recuperar gran parte de ellas, casi todas, gracias a diversas copias de seguridad que tenía guardadas en diversos formatos. Pero aun así quedé bastante dolido por tres o cuatro carpetas concretas muy valiosas para mí que se habían esfumado. Y hoy, cuando ha pasado el tiempo suficiente como para pensar que todas esas imágenes se fueron para siempre, aparece mi novia para regalarme centenares de esas fotografías que quedaron sin rescatar, y que ella había guardado por su cuenta. Y al redescubrirlas recuerdo también momentos, lugares y fotografías que echaba en falta. Y, con ellas, otras imágenes que el caprichoso cerebro había olvidado, entre las que aparecieron personas, amigos, conocidos y familiares que casi había olvidado. Gentes que entraron y salieron de mi vida, algunos hoy no son más que datos digitales en soportes físicos. Copias de seguridad de mis propios recuerdos. Curiosamente ella, mi novia, aparece en todas las carpetas, atravesando mi etapa de fotógrafo analógico y adentrándose en la era digital. Como un puente que juntos pisamos y seguimos cruzando sin miedo, con seguridad y la misma ilusión. Por eso, esta fotografía (recuperada de las que ella misma ha redescubierto) no podía ser mejor para agradecerle no sólo su archivo fotográfico, sino el regalo de compartir su vida conmigo. Y eso sí que no necesita copia de seguridad, pues es para siempre e irrepetible.


Búscate un amigo

“No es preciso que sea perfecto; basta con que sea profundamente humano, que tenga sentimientos y un gran corazón. Que sepa compartir dolores y alegrías, hablar y saber callar. Sobre todo, saber escuchar y guardar un secreto. Tiene que sentir los días tristes y respetarlos. Saber renunciar en favor de alguien. Tener un ideal y, en caso de no tener, sentir el gran vacío que esto deja. Sentir pena de los que tuvieron y perdieron cosas queridas. Ser Quijote sin menospreciar a Sancho.
Búscate un amigo para pasear, disfrutar de la naturaleza, deleitarse con la música, leer… Sentirse un ser humano. Búscate un amigo que se entristezca con la separación, que quede conmovido, y con todo el corazón desee nuestro pronto regreso. Que se conmueva cuando sea llamado amigo. Búscate un amigo para no enloquecer, para poder contarle lo que se vio de bello y de triste durante el día, de los sustos, de las tristezas y de las alegrías. Un amigo que sepa conversar de cosas simples, del rocío, de la lluvia, el sol, las estrellas y de los recuerdos de la infancia. Búscate un amigo que no tenga miedo de decirte un defecto; y cuando lo haga, que sepa cómo hacerlo. Búscate un amigo que crea en nosotros, que nunca jamás sea irónico. Que nos sepa defender, de corazón libre y con toda franqueza, cuando somos atacados.
Búscate un amigo para tener la conciencia de que todavía vives.
Por favor, búscate un amigo.”

Anónimo


San Carlos del Valle

El viajero que camina con los ojos abiertos nunca dejará de sorprenderse. Y así, tras descubrir villas y ciudades magnificadas y soberbias, llega al sureste de la provincia de Ciudad Real, en pleno Campo de Montiel, y atraviesa viejas carreteras cuyo asfalto podría catalogarse como monumento histórico. Es la única manera de llegar a lugares adonde nadie iría, si no fuera atraído por las maravillas que le han contado otros viajeros que, como él, se aventuraron por tierras infinitas y secas. Y, de una u otra manera, nunca se defrauda.

Llegando al pequeño pueblo de San Carlos del Valle, la extraña, original y característica silueta de su iglesia se recorta en el cielo y crea una inédita sensación, como si esa construcción estuviera fuera de lugar, fuera de espacio, fuera de tiempo. La Plaza Roja rusa queda demasiado lejos, piensa el viajero, hasta que entra en las solitarias calles de San Carlos del Valle y descubre que está ante uno de los mejores exponentes del barroco final de la provincia: la Iglesia del Cristo del Valle. Este “Bien de interés cultural” con categoría de “Monumento” (1993) preside una de las plazas más hermosas de toda Castilla-La Mancha.

Rodeado de otras ilustres villas, como Manzanares, Valdepeñas, Villanueva de los Infantes o Villahermosa, San Carlos del Valle suele pasar desapercibida en las guías turísticas. No tiene grandes accesos ni ofrece las posibilidades de ocio propias de una ciudad. Pero sus mil doscientos habitantes a buen seguro se saben orgullosos de su pequeño pero importante patrimonio arquitectónico. El constante flujo de peregrinos para rogar al Cristo del Valle animaron a la Corona a construir, en el Siglo XVI, una ermita levantada sobre la antigua de Santa Elena, para darles cobijo. Es la versión oficial, pero más de una fuente cree que la intención verdadera era crear una construcción emblemática para la Corona Española, para demostrar su poderío. Sería una de las explicaciones para justificar la abundante presencia de símbolos cultos y paganos (o populares) mezclados en la decoración de la nueva iglesia, como las cuatro figuras grotescas que sorprenden al observador, custodiando las cuatro esquinas de la cúpula, debajo de las cuatro torres (abajo a la derecha, una de ellas).

Para cuando la obra de la nueva iglesia hubo finalizado (durante el reinado de Felipe V), la población estable aumentó tanto que se precisó una reordenación del casco urbano. Pablo de Olavide la realizó ya durante el mandato de Carlos III, dando forma a un plano rectangular u ortogonal que hoy rige las calles de la pequeña población. Y es que Carlos III quiso repoblar la zona con campesinos, y el trazado rectilíneo de los caminos de los campos de labranza dio origen al trazado de sus calles, con dos partes diferenciadas atravesadas por la calle principal (hoy carretera CR-644). Esta reordenación asumió el fuerte papel del atrio de la iglesia, adosada a ésta, que se convirtió en la Plaza Mayor de la localidad, y constituye una de las más hermosas y pintorescas de toda la comunidad, sin nada que envidiar a otras famosas como Villanueva de los Infantes o Almagro.

Las plazas mayores manchegas tienen su propia personalidad: no son grandes monumentos soberbios, sobrios o impresionantes en sí mismos; son pequeños lugares donde la población se reúne día a día, dándole vida y asumiendo otros papeles populares de vez en cuando, como corrales de comedias, plazas de toros, mercados y demás atractivos ociosos y funcionales. La arquitectura popular de La Mancha tiende a usar maderas y piedras de forma hábil y decorativa al mismo tiempo, algo que quizá en aquélla época no parecía reseñable, pero cuya conservación hoy en día supone el último reducto de una arquitectura ya en desuso, que alegra la vista de los paseantes y supone un gozo en su contemplación.

La Plaza Mayor de San Carlos del Valle sorprende por su excelente conservación, su estructura de columnas toscanas sosteniendo galerías de dinteles, zapas y balaustres de madera. Al fondo de la plaza, presidiéndola, el Ayuntamiento, diferente al resto de la plaza (ver fotografía superior), con balcón corrido voladizo sobre ménsulas de madera.

No es población de paso; las carreteras principales ni siquiera están cerca. Si alguien va a San Carlos del Valle lo hace convencido. Quizá por eso no existe sobreexplotación, ni turística ni urbanística, y por eso aún se conserva el aroma a historia, a pueblo anclado en sus propias tradiciones, y los tractores, los perros despreocupados y algún que otro vecino solitario son los únicos personajes que nos encontramos. La visita es sencilla, pequeña pero enriquecedora; como el propio San Carlos del Valle, que dejamos atrás rumbo a nuestro próximo destino. Por el retrovisor se va desdibujando la silueta de la Iglesia del Cristo del Valle, estampada contra un cielo gris invernal del que empiezan a descolgarse las primeras gotas.

Localización en Google Maps 

[Texto y fotografías: La Retina de Cristal]
[Información para la elaboración de los textos: folletos editados por la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha. Información aportada por la oficina de turismo de Manzanares. Web oficial “Turismo Castilla-La Mancha”. SIGPAC.]


Difuminarse en el olvido

Quisiera haber inventado esta escena en blanco y negro para una película con sabor a historia. Quisiera haber escrito el guión, dando papeles y vida a personajes de la nada, crearles un mundo sobre el que correr, soñar, sufrir y pensar. Quisiera haber llenado páginas y páginas relatando situaciones, conversaciones, historias e histerias, empaquetarlo en un libro con principio y final. Quisiera que esta madre y su pequeño retoño sean pintura, acuarela, óleo o pastel, ponerle un marco y firmar en la esquina. Quisiera transformar sus siluetas en notas de pentagrama y músicas inéditas. Quisiera haber sido el herrero que sometió con fuego y paciencia la puerta que se abre ante nosotros, con retorcidas y precisas formas, con funcionales y elegantes figuras estéticas. Quisiera haber sido el arquitecto que levantó piedras, losas y ladrillos que le sobrevivieron para recordarle por siempre, pues por siempre su pequeño gran hijo de columnas, peldaños, ventanas y vigas será utilizado y conservado, y más aun admirado, por ser el eterno caballero del tiempo que atraviesa siglos sin quedar nunca obsoleto, mas ganando elegancia.
Quisiera tener algo que ver en esta escena encontrada. Quisiera haber creado, inventado, soñado o imaginado, pero sólo soy un estúpido cazador de realidades que aprieta un botón y se difumina en el olvido como las tenues sombras estampadas en el suelo.


Detrás de tus mejores momentos

  No sé si dentro de quince, veinte o cuarenta años las nuevas generaciones sabrán qué era Kodak. No sé si la pionera marca estadounidense resucitará o logrará reinventarse exitosamente como fabricante de impresoras para editoriales. Pero hasta hoy Kodak era sinónimo de Fotografía. La marca amarilla ha presentado su quiebra oficial. Impensable décadas atrás. Y no valen los desinformados comentarios sobre que la tecnología digital ha acabado con una empresa sólida. Es más complicado. En realidad Kodak fue de las primeras marcas en desarrollar tecnología de almacenamiento digital, e inventó una de las primeras cámaras digitales prototipo. El problema fue que, en su día, Kodak se hizo con el mercado analógico vendiendo cámaras muy baratas y apostando principalmente por la venta de los rollos de revelado y su correspondiente proceso. Cuando intuyeron que lo digital iba a triunfar, invirtieron en la nueva tecnología sin complejos. Pero hubo un problema: los directivos eran expertos en la fotografía analógica, pero no sabían nada de lo digital. No aceptaron adaptarse rápidamente. Y la guerra interna acabó con ellos mismos, al ser adelantados por marcas que entraron más tarde pero tenían una visión más amplia. Y se acabó. Es un resumen muy simple, y seguramente injusto, pero groso modo valdría como explicación. El estancamiento pudo con ellos, no la fotografía digital. Porque sólo las especies más evolucionadas (adaptadas) sobreviven.
  Y cuando uno ve la noticia por la televisión y realmente se da cuenta de que no volverá a comprar un carrete Kodak, comprende que llevaba años sin hacerlo. Y, sin embargo, aún guarda rollos y rollos de negativos Kodak y sus correspondientes instantáneas en papel. Papel que se amarilleará y cuarteará con el paso de los años, pero cuyos negativos seguirán intactos. Es paradójico, pero no hace mucho perdí un buen número de fotografías digitales por un problema informático; esas instantáneas no sobrevivieron ni con la ayuda de copias de seguridad. Sin embargo, las viejas fotografías de mi ya olvidada Nikon F65 siguen ahí, perfectas, como el primer día, conservando el trabajo de un tiempo quizá más caro, quizá más incómodo, quizá más complicado… Pero también más romántico.


Mi pequeña nube de papel


Hemos visto universos que nadie creería. Hemos andado caminos que nadie se atreve a pisar. Nos hemos reído de las piedras por las que nos advirtieron. A veces nos equivocamos; otras, no. Hemos contemplado amaneceres y ocasos con la misma luz en nuestros ojos. Hemos volado mientras los demás tocaban fondo; y nos hemos ahogado en más de un fondo, bebiendo y viviendo las amarguras de la vida, recomponiéndonos siempre desde cero hasta alcanzar cientos de besos en los bolsillos del tiempo. Hemos corrido tan rápidos como los rayos estrellándose contra el horizonte. Hemos parado a descansar sin romper nunca nuestros lazos que, visibles o no, siempre nos han mantenido unidos a lo largo de los años, a lo largo de las distancias, a lo largo de los dedos de nuestras manos. Hemos creído en nosotros, porque nosotros éramos lo único que nos quedaba. Y nos quedan tantos motivos para seguir juntos que nada ni nadie podrá jamás saber lo que sentimos, pensamos, creemos o soñamos.
Esta tarde de invierno extraña, quieto en mi casa, a solas, en silencio, escucho en mi cabeza sus dulces palabras rebotando en mis entrañas. Y comprendo que sólo ella puede adivinar lo que siento mirándome a los ojos. Sólo ella escucha las palabras que no dejo nacer. Sólo sus defectos se convierten en virtudes que echo en falta cuando no los tengo. Y si nadie lo comprende, qué me importa. Sólo nosotros tenemos el valor de apreciar nuestros propios errores hasta convertirlos en éxitos. Porque ella siempre será mi pequeña nube de papel; el coraje, la furia, la belleza, la melosidad de su sonrisa estampada en mis labios… Ella, sal y azúcar en mi boca, que hace fácil lo difícil, que convierte nuestro mundo en el más cómodo del universo, cuya compañía es fresca, inocente, alocada, infantil a ratos, madura cuando se requiere… Ella y nadie más que ella, porque si fuera otra persona no me valdría. Ella, mi pequeño desastre animal; mi pequeña estatua de sal; mi pequeña esquimal; mi salto vital. Ella, mi afortunado error. Ella, mi “trasto” sin remedio, a quien quiero ver cuando no quiero ver a nadie.
Ella sigue creyendo en mí.

Y eso basta para dejar de pensar y hacer sonar al corazón.

Esta va por ti:


La paz comienza con una sonrisa

Alzar la vista tiene a veces recompensas importantes. Quizá así nuestro día a día sea más placentero. Una frase escrita en la pared resalta sobre las sombras de los caminantes anónimos. La ciudad sigue su curso olvidándose a veces de que está viva gracias a corazones andantes. A menudo me dicen que casi siempre estoy sonriendo. Y es verdad. Vaya como me vaya el día, bien o mal, casi nunca dejo de regalar sonrisas a mis compañeros. Eso no significa que sea optimista ni que no tenga mis momentos “grises” en los que no quiero ver a nadie. Pero si tenemos que vernos todos los días, si tenemos que trabajar juntos horas y horas, si pasamos tanto tiempo juntos… ¿Qué nos cuesta un gesto amable? A mí, nada. Quizá sea por pura ingenuidad o simplemente estupidez: aprecio la compañía humana de mis colegas y disfruto hablando con ellos sin prejuicios y sin sospechar de malas intenciones ocultas. ¿Soy mejor que nadie? En absoluto. Una apreciada compañera mía tiene una forma de ser completamente diferente: siempre seria, muy seria. Hay que ganarse su confianza y su sonrisa; pero, cuando se consigue, ésta brota tan fresca que contagia. “Ca uno es ca uno“, como dicen en “mi pueblo”. No tenemos porqué ser todos seres sonrientes. Pero si dejásemos a un lado las envidias, las intrigas y las suspicacias, quizá la paz no estaría tan lejos como una pintada en una pared.