Que hable vuestro perro

Quien se pasa por mi casa estos días suele sorprenderse al encontrar adornos navideños, al tratarse del hogar de un ateo. Y, a parte de algunas reliquias familiares cargadas de cariño de mi cónyuge, la mayoría de los adornos están desprovistos de mensajes religiosos. Porque uno respeta profundamente la manera personal de cada uno a la hora de celebrar la Navidad, y para mí sigue siendo esa fiesta familiar sin connotación cristiana. He montado muchos belenes tradicionales en casa, con mi familia, y aun así nunca hemos rezado. Contradictorio, lo sé. Pero es que no era la ilusión por los regalos ni la tradición cristiana lo que celebrábamos… Lo que me encantaba de aquellos días de mi infancia era que toda la familia nos reuníamos bajo el mismo techo y pasábamos las navidades enteras juntos: mis abuelos, mis padres, mi hermano, mis tíos, mi prima, el perro de la familia… Todos viviendo las navidades en nuestra casa familiar de campo. Eso sí que era mágico: levantarse por las mañanas para desayunar junto a la chimenea, mientras fuera soplaba el viento arropando la laguna con niebla matutina; preparar rosquillas con mi abuela en la cocina, amasando y horneando toda la tarde sin parar; ir al bosque de pinos a recoger piñas para luego adornar centros de mesa; jugar al mediodía por el cerro junto al perro de la familia, viendo el tranquilo y solitario paisaje de lagunas y cascadas mudas; cenar todos juntos en la mesa grande del comedor, hablando y riendo toda la noche, con el resplandor de las luces de colores parpadeando. Había adornos cristianos; había nieve artificial, árbol de navidad, villancicos tradicionales, que cantábamos los más pequeños al calor de la chimenea, mientras mi padre tocaba la guitarra… Y luego, por la noche, todo se silenciaba; la casa enmudecía y sólo se escuchaba el crepitar de las ascuas de la estufa de leña del pasillo, cuyo resplandor anaranjado teñía las blancas paredes y parte de mi habitación, hasta que el sueño me vencía, esperando con toda la ilusión del mundo que volviera a amanecer para, temprano, que “Coqui” saltara sobre mi cama para despertarme y volver a empezar otro día de juegos y risas.

Todo eso tenía lugar en navidades. Unas navidades preparadas con el amor y el cariño de toda mi familia, la mayoría atea. ¿Cómo no voy a celebrarla? No voy a renegar de estos días de ilusión, porque creo que lo importante es que cada uno los viva a su manera, y así siempre podemos encontrar algo positivo. Quedarse sólo con los adornos o las luces que decoran un hogar es erróneo: cuando uno habla o conversa sin prejuicios con los habitantes descubre que cada uno, cada familia, tiene sus tradiciones, su forma de vivir esta época, y a menudo comprendemos que todas tienen algo positivo, sea cristiano o no.

Por eso, mi deseo para estas navidades es que hable vuestro perro:

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