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Puede que uno no tenga la suerte (o el privilegio) de trabajar en lo que más le gustaría, pero todos tenemos nuestro corazoncito y nuestra profesionalidad. Y sea donde sea, debemos dejar una buena marca personal en nuestro trabajo, sea haciendo pasteles o cortando el césped, fabricando tornillos o piezas de tecnología punta del automóvil, como es mi caso. Por eso, justo cuando todo parecía más gris que nunca, un ascenso inesperado y un simple gesto de los superiores hace brotar la ilusión donde creía que jamás podría aparecer: en mi trabajo. Y realmente merece la pena el esfuerzo cuando se valora, por encima de las nimias mejoras económicas, por el reconocimiento de los jefes. Sí, aquellos con los que de vez en cuando nos cabreamos, pero que resulta que se dan cuenta de nuestro esfuerzo. Y nos lo premian. Quizá mi desempeño profesional no sea tan interesante como para monopolizar nunca ninguna conversación tomando unas cañas, pero me siento orgulloso de pertenecer a una empresa como Robert Bosch, pionera en tecnología, investigación y desarrollo, con una importante mentalidad ecológica siempre mejorable, pero al menos existente. No, esta entrada no está patrocinada, pero forma parte de mi vida igual que la Fotografía, y se merece un pequeño hueco, aunque sea para no volver a hablar sobre mi aburrido trabajo durante algún tiempo. Yo, al menos por dentro, seguiré celebrándolo.

Gracias.

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