El río que volvió

De niña acudía a la llamada de grullas y aguiluchos a la orilla del río. Ella no tenía mar adonde ir a llorar desconsolada, como en los típicos cuentos tópicos, las tardes de invierno para ser calmada por olas de sal y espuma; ella vivía dentro de la tierra, donde el agua es un espejismo dulce en medio de la llanura, donde no se refleja el horizonte, sino la propia realidad de  sus gentes. El río de su vida bañaba su pueblo caprichosamente según los estíos y los deshielos. Por eso había aprendido que en esta vida uno nunca puede dar por sentado que encontrará lo que quiere cuando quiere; un mar tiene mareas predecibles y fieles, pero el río está a merced de la sed de la tierra traidora. Y un día de calor que salió a bañarse los pies encontró la tierra reseca y el embarcadero de madera solitario. Se sentó en la tierra a esperar a que el río volviera, como si de un amigo se tratara. Pero nunca regresó. Y es que, como un amigo líquido, había desaparecido por el maltrato sufrido por sus vecinos. Porque un río, a diferencia de un mar, puede marcharse si no se le cuida y se le mima.
Hoy la niña es mujer; y los mismos ojos enseñan a su pequeño retoño la magia del río: “¡Ha vuelto! ¿Ves?”, le dice a su niña, que ensimismada contempla la compleja coreografía de aves acuáticas que a lo lejos danzan, cantan y se muestran ante ella como un inmenso teatro de agua dulce. La mujer nunca creyó que volvería a ver aquel lugar lleno de agua, y mucho menos acompañada de un pedazo de sí misma en forma de infante. El esqueleto de madera del embarcadero volvió a recuperar su función y, aunque ya no había barcas a las que ayudar, tenía sentido en el mundo personal de la mujer, que no cambiaría ni la más pequeña piedra de aquel paisaje de su infancia que, como un sueño, había regresado a la vida tantos años después, quizá para conocer a la pequeña niña y saludarla con un reflejo del sol estampado en su superficie cristalina.
Y la niña comprendió, a su corta edad, el valor de apreciar lo que el presente nos brinda, para ser conscientes de que mañana, simplemente mañana, todo puede cambiar.

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