Lo que me dejé en Oporto

Aún recuerdo el caluroso día de verano donde mi futuro pudo ser y no fue. Donde me lo jugué todo a una carta marcada y contando con un tiempo que no tenía. Aquel día tardó tanto en llegar que cuando llegó lo hizo demasiado pronto. Y me pilló fuera de casa. Y aunque dejé las luces encendidas, estaba a demasiados kilómetros como para coger el tren a tiempo, y lo perdí por dormir poco y mal. Y al regresar a casa, con todo jugado y perdido, el mar siguió rugiendo en Oporto, donde sonó la primera y única llamada que seguirá repicando en el tiempo de mi pensamiento, como un fantasma susurrando al oído: “Lo tuviste y lo perdiste”. Porque el problema no es mojarse; el problema es ahogarse.

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