Archivo para diciembre, 2011

En 2012, seguid disparando vuestra imaginación

Hasta el año que viene…


¡Feliz saturnalia!

Tanto hablar de la navidad, de la crisis ética de que si todos podemos o no celebrarla al ser un rito exclusivamente cristiano, y resulta que la navidad es más pagana que cristiana. Y no se llama navidad, sino saturnales (en honor a Saturno, dios de la agricultura), una antigua fiesta pagana que celebraba el solsticio de invierno y el fin de la siembra. Y es que antiguamente se creía que el sol viejo moría cada año (al acortarse los días a finales de diciembre), y el 25 de dicho mes se celebraba el nacimiento del “Sol Invictus”, la llegada de la nueva luz (los días son más largos). Es en realidad, pues, una festividad romana iniciada aproximadamente el 216 antes de Cristo, en la que los esclavos dejaban de serlo temporalmente, las gentes no trabajaban y se regalaban presentes unos a otros, decorando las viviendas con velas y adornos naturales, saliendo a la calle a cantar y beber… Luego llegó la iglesia cristiana y cambió fechas y acontecimientos (trasladó el nacimiento de Jesús de Nazaret al 25 de diciembre para hacerlo coincidir) para quedarse “saturnales” y convertirla en “navidad” (ya en el siglo III), para permitir la conversión de los últimos pueblos paganos resistentes y evitar enfrentamientos religiosos.
Ya comenté en otra entrada la total ausencia de remordimientos de este ateo completamente abierto de mente (que respeta profundamente el sentimiento cristiano a la hora de celebrar la navidad) cuando adorno mi casa con luces y adornos, cristianos o no. Para mí son fiestas familiares que cada uno vive a su manera. Pero ahora, tras “investigar” un poco sobre “saturnalia” (nombre latín de “saturnales”), con más razón viviré estas fechas con ilusión, alegría y sin prejuicios.

¡Feliz saturnalia a todos!

Orígenes de Saturnalia


Más de un destino

Ya no quedaban promesas al viento aquella tarde de invierno. La niebla mortecina era sólo el recuerdo de una mancha de humedad en la costura del tiempo. Paso a paso el caminante fue haciendo caminos y deshaciendo el hielo. El frío atraviesa la piel, pero no los huesos que se niegan a quedarse quietos.
    En una alfombra de hojas secas creció un poste. Por ramas le brotaron flechas y, al poco, nombres. Destinos fugaces de caminantes pensativos sin tiempo para decidir improvisando. Destinos a veces terminados, a veces con instrucciones de montado. Y las gentes en su eterno ir y venir desconfiaban de desconocidos, mas encomendaban la suerte de sus destinos al anónimo poste erguido. Pero al igual que sus semejantes de madera, a cada soplo de viento sus ramas se movían, y las flechas cambiaban girando sobre el vertical, escondiendo que cada uno tiene su propio camino, más de un destino y mil errores cometidos.

Y ellos nunca jamás lo sabrán.


Un paje muy especial…

…os desea Feliz Navidad: el excepcional piloto de Fórmula 1, Fernando Alonso. Dijo que iba a ir de rey mago, pero al final se presentó sin corona, así que le podemos considerar el paje más rápido del mundo. Sin corona en la cabeza, pero con dos campeonatos mundiales en su haber. Un genio.

Feliz Navidad.


El cielo en la tierra


Sereno

Nervioso al volver a la palestra. Sereno al regresar a casa satisfecho con un buen trabajo debajo del brazo. Contento por las felicitaciones. Orgulloso por comprobar que no soy menos que nadie, aunque nadie conozca mi nombre. Conocen mi trabajo. Y les gusta. Maravilloso anonimato. Por un día, aunque sólo fuera por un día, todos los complejos desaparecieron. Como un mar en calma que se deja llevar hasta una solitaria cala bajo un cielo crepuscular; sereno, sabio, tranquilo, humilde, sin pretensiones… Sólo con la infinita inocencia de quien no busca protagonismo, sino cumplir con lo que esperan de él. Hoy soy ese mar anónimo que hace poco ruido, pero que se cuela por entre las rocas de la tierra firme, golpeándola una y otra vez, para regresar mar adentro cuando baje la marea. Hasta la próxima tormenta.


Que hable vuestro perro

Quien se pasa por mi casa estos días suele sorprenderse al encontrar adornos navideños, al tratarse del hogar de un ateo. Y, a parte de algunas reliquias familiares cargadas de cariño de mi cónyuge, la mayoría de los adornos están desprovistos de mensajes religiosos. Porque uno respeta profundamente la manera personal de cada uno a la hora de celebrar la Navidad, y para mí sigue siendo esa fiesta familiar sin connotación cristiana. He montado muchos belenes tradicionales en casa, con mi familia, y aun así nunca hemos rezado. Contradictorio, lo sé. Pero es que no era la ilusión por los regalos ni la tradición cristiana lo que celebrábamos… Lo que me encantaba de aquellos días de mi infancia era que toda la familia nos reuníamos bajo el mismo techo y pasábamos las navidades enteras juntos: mis abuelos, mis padres, mi hermano, mis tíos, mi prima, el perro de la familia… Todos viviendo las navidades en nuestra casa familiar de campo. Eso sí que era mágico: levantarse por las mañanas para desayunar junto a la chimenea, mientras fuera soplaba el viento arropando la laguna con niebla matutina; preparar rosquillas con mi abuela en la cocina, amasando y horneando toda la tarde sin parar; ir al bosque de pinos a recoger piñas para luego adornar centros de mesa; jugar al mediodía por el cerro junto al perro de la familia, viendo el tranquilo y solitario paisaje de lagunas y cascadas mudas; cenar todos juntos en la mesa grande del comedor, hablando y riendo toda la noche, con el resplandor de las luces de colores parpadeando. Había adornos cristianos; había nieve artificial, árbol de navidad, villancicos tradicionales, que cantábamos los más pequeños al calor de la chimenea, mientras mi padre tocaba la guitarra… Y luego, por la noche, todo se silenciaba; la casa enmudecía y sólo se escuchaba el crepitar de las ascuas de la estufa de leña del pasillo, cuyo resplandor anaranjado teñía las blancas paredes y parte de mi habitación, hasta que el sueño me vencía, esperando con toda la ilusión del mundo que volviera a amanecer para, temprano, que “Coqui” saltara sobre mi cama para despertarme y volver a empezar otro día de juegos y risas.

Todo eso tenía lugar en navidades. Unas navidades preparadas con el amor y el cariño de toda mi familia, la mayoría atea. ¿Cómo no voy a celebrarla? No voy a renegar de estos días de ilusión, porque creo que lo importante es que cada uno los viva a su manera, y así siempre podemos encontrar algo positivo. Quedarse sólo con los adornos o las luces que decoran un hogar es erróneo: cuando uno habla o conversa sin prejuicios con los habitantes descubre que cada uno, cada familia, tiene sus tradiciones, su forma de vivir esta época, y a menudo comprendemos que todas tienen algo positivo, sea cristiano o no.

Por eso, mi deseo para estas navidades es que hable vuestro perro: