Las veletas del siglo XXI

Pueblan nuestros tejados y tienen forma de flecha, pero no son veletas. Al hombre ya no le importa saber ni la intensidad ni la dirección del viento. Ya no hay Don Quijotes de madera ni siluetas de ciervos moviéndose al compás del aire. Ahora hay antenas. Antenas de televisión. Miremos por donde miremos, se adivina su inconfundible esqueleto ramificado en varas metálicas. Más altas, más potentes, más eficientes. Digitales y en alta definición. Y todo para ver ¿qué? ¿Informativos manipulados y famosos de plástico vacíos por dentro? ¿Insultos, discusiones y los peores seres humanos idolatrados para deleite de nuestra juventud? Nada ha cambiado: creo que fue hace ya veinte años cuando escuché por primera vez aquella expresión de mi profesora de primaria: “caja tonta”. La calificación más manida jamás empleada. Pero, sinceramente, desde aquella primera vez que mi profesora llamó así a la televisión, nunca la he compartido: incluso la televisión de entonces (aunque fuera tan prehistórica que no tuviera teletexto, TDT, HD y sólo escupiera cuatro canales) era maravillosa. Y lo sigue siendo. Igual que Internet. Igual que la radio. El problema, como siempre, es el uso que le demos. Pero lo más triste de todo es que grandes historias ignoradas y las infinitas posibilidades de un gran invento se pierdan ante audiencias millonarias empeñadas en ver las bazofias de siempre. Quizá haya que desterrar de una vez lo de la “caja tonta” y empezar a acuñar, de una vez por todas, otra más ajustada a la realidad: “audiencia tonta.”

Hasta septiembre.

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