Construye tu ciudad

Joel no quería pasar cinco años de su vida en ese pueblo de mala muerte. Maldecía cada día por gastarlo en aquellas callejuelas aburridas, solitarias y perdidas de la mano de dios. Y ponía de manifiesto su descontento tanto como podía. Siempre. Con todos. Un día tras otro, y otro, y otro. 
Una fría tarde de invierno, cuando Joel por fin se marchó de aquella triste villa, no pudo evitar que una lágrima resbalara por su mejilla. Pero no era nostalgia, ni empatía por los amigos que dejaba atrás, sino arrepentimiento por no haber contribuido ni siquiera mínimamente a la historia cotidiana del lugar que le había acogido durante aquel período de su vida. Tardó demasiado en comprender que las ciudades no las hacen las calles, sino sus habitantes. Porque lo realmente importante no es el tiempo que se pasa en un lugar, sino lo que se hace en él durante ese tiempo. Y si algo es aburrido, triste o monótono, antes deberíamos preguntarnos si lo somos nosotros mismos y si hemos hecho algo para cambiarlo.

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