La cascada que recuperó su libertad

Hace mucho tiempo, el ser humano secuestró una cascada. La quitó la libertad. La mató. Y, hasta este mismo año, quien quería verla tenía que consultar el horario de visitas para saber cuándo llevaría agua. Como un condenado. Como un criminal. El ser humano era quien decidía darle o quitarle la vida al único río europeo que desembocaba en cascada en el mar: el Xallas, en la localidad gallega de Ézaro. Esta aberración se la debíamos a la presa de Santa Uxía (propiedad de Ferroatlántica) que regulaba el caudal del último tramo del río para su aprovechamiento hidroeléctrico, y mermaba hasta la completa extinción esta preciosa cascada. Desde el año 2000, un acuerdo con la Junta permitía la resurrección pactada de la cascada poco más de diez días festivos al año. Un insulto. Una total falta de respeto hacia la Naturaleza. Pero, afortunadamente, después de tres décadas de grifo cerrado, una resolución de la Junta de Galicia (gracias a una denuncia del colectivo ecologista Ríos con Vida) exige un caudal mínimo permanente de dos metros cúbicos por segundo. Y, así, el río vuelve a ser un río, y no un capricho del ser humano.
Hoy muchos cauces siguen presos, cautivos, secuestrados… La necesidad, el progreso, el cada vez más alto consumo de electricidad son algunas de las justificaciones de los partidarios del “todo vale” en la sobreexplotación de la naturaleza. Pero ¿qué es necesidad? ¿Vestir de luces la fachada del casino, plantar farolas en la autovía, comprar una casa de quinientos metros cuadrados y dejar todas las luces encendidas, instalar persianas eléctricas, poner calefacción en la taza del retrete, tener un toallero eléctrico, un grifo con luz, una piscina climatizada…? ¿Eso merece la muerte de una cascada?

Primero deberíamos distinguir entre “necesidad” y “lujo”. Si así fuera, más cascadas vivirían.

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